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El sacerdote, la mujer, y el confesionario - Capítulo II

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

Aunque su amante madre todavía estaba llorando sobre su tumba, como es usual, pronto había sido olvidada por la mayor parte de los que la habían conocido; pero estaba constantemente presente en mi mente. Nunca entré a la casilla del confesionario sin oír su solemne, aunque tan suave voz, diciéndome: "Debe haber, en alguna parte, algo equivocado en la confesión auricular. Dos veces he sido destruida por mis confesores; y he conocido a varias otras que han sido destruidas de la misma forma."

Más de una vez, cuando su voz estaba repicando en mis oídos desde su tumba, yo había derramado amargas lágrimas por la profunda e insondable degradación en la cual, junto a los otros sacerdotes, habíamos caído en la casilla del confesionario. Porque muchas, muchas veces, historias tan deplorables como aquella de esta desafortunada muchacha me fueron confesadas por mujeres de la ciudad, así como del campo.

Una noche fui despertado por el ruido de un trueno, cuando oí a alguien que golpeaba la puerta. Me apresuré a salir de la cama para preguntar quien estaba allí. La respuesta fue que el Rev. Sr. _- estaba muriendo, y que quería verme antes de su muerte. Me vestí, y pronto estuve en el camino. La oscuridad era aterradora; y muchas veces, si no hubiera sido por los relámpagos que estaban casi constantemente rasgando las nubes, no habríamos conocido donde estábamos. Después de un largo y difícil viaje a través de la oscuridad y la tormenta, llegamos a la casa del sacerdote moribundo. Fui directamente a su habitación, y lo encontré realmente muy apagado: apenas podía hablar. Con una señal de su mano pidió a su sirvienta, y a un hombre joven que estaban allí, que salieran, y lo dejaran solo conmigo.

Entonces me dijo, en voz baja: "¿Fue usted quien preparó a la pobre María para morir?"

"Sí, señor", contesté.
"Por favor dígame la verdad. ¿Es un hecho que ella murió la muerte de una reprobada, y que sus últimas palabras fueron, '¡Oh mi Dios! ¡Estoy perdida!'?"

Le respondí: "Como yo fui el confesor de esa muchacha, y estabamos hablando sobre asuntos que pertenecían a su confesión en el mismo momento que era llamada a comparecer ante Dios, no puedo responderle su pregunta de ninguna manera; por favor, entonces, excúseme si no puedo decirle nada más sobre el asunto: pero dígame ¡¿quién le ha asegurado que ella murió la muerte de una reprobada?!"

"Fue su propia madre", respondió el moribundo hombre. "La semana anterior ella vino a visitarme, y cuando estaba sola conmigo, con muchas lágrimas y llanto, me dijo cómo su pobre hija había rehusado recibir los últimos sacramentos, y cómo su último clamor fue, '¡estoy perdida!'". Ella añadió que ese grito: '¡Perdida!', fue pronunciado con una potencia tan aterradora que fue oído por toda la casa."

"Si su madre le dijo eso, le respondí, usted puede creer lo que quiera acerca del modo en que murió esa pobre pequeña. Yo no puedo decir una palabra—usted lo sabe—acerca del asunto."

"Pero si ella está perdida", replicó el viejo, moribundo sacerdote, "yo soy el miserable que la ha destruido. Ella era un ángel de pureza cuando fue al convento. ¡Oh, querida María, si tú estás perdida, yo estoy mil veces más perdido! ¡Oh, mi Dios, mi Dios! ¿qué será de mí? ¡Estoy muriendo; y estoy perdido!"

Era una cosa verdaderamente tremenda ver ese viejo pecador retorciendo sus manos, y revolcándose sobre su cama, como si estuviera sobre tizones encendidos, con todos los signos de la más aterradora desesperación sobre su rostro, gritando: "¡Estoy perdido! ¡Oh, mi Dios, estoy perdido!"

Me alegró que los ruidos de truenos que estaban estremeciendo la casa, y rugiendo sin cesar, impidieran que la gente afuera de la habitación oyera los gritos de consternación del sacerdote, a quien todos consideraban un gran santo.

Cuando me pareció que su terror había disminuido algo, y que su mente se había calmado un poco, le dije: "Mi querido amigo, no debe entregarse a semejante desesperación. Nuestro misericordioso Dios ha prometido perdonar al pecador arrepentido que acude a él, aún en la última hora del día. Diríjase a la Virgen María, ella pedirá y obtendrá su perdón."

"¿No cree que es demasiado tarde para pedir perdón? El doctor honestamente me ha advertido que la muerte está muy cercana, y siento que precisamente ahora estoy muriendo. ¿No es demasiado tarde para pedir y obtener perdón?" preguntó el sacerdote moribundo.

"¡No! mi querido señor, no es demasiado tarde, si se arrepiente sinceramente de sus pecados. Arrójese a los brazos de Jesús, María, y José; haga su confesión sin más demora; yo lo absolveré, y usted será salvado."

"Pero nunca hice una buena confesión. ¿Me ayudará a hacer una general?"

Era mi deber otorgarle su pedido, y el resto de la noche la pasé oyendo la confesión de su vida entera.

No quiero dar muchos detalles de la vida de ese sacerdote. Primero: fue entonces que entendí por qué la pobre María era absolutamente reacia a mencionar las iniquidades que había cometido con él. Ellas eran simplemente incomparablemente horribles— inmencionables. Ninguna lengua humana puede expresarlas—pocos oídos humanos aceptarían oírlas.

La segunda cosa que estoy obligado por mi conciencia a revelar es casi increíble, pero sin embargo es verdad. El número de mujeres casadas y solteras que él había oído en el confesionario era de aproximadamente 1.500, de las cuales él dijo que había destruido o escandalizado a por lo menos 1.000 al preguntarles sobre las cosas más depravadas, por el simple placer de satisfacer a su propio corazón corrupto, sin permitirles saber nada de sus pecaminosos pensamientos ni de sus criminales deseos hacia ellas. Pero confesó que había destruido la pureza de noventa y cinco de aquellas penitentes, que habían consentido pecar con él.

Y hubiera querido Dios que este sacerdote hubiera sido el único que conocí que se perdió por causa de la confesión auricular. Pero, ¡ay! ¿cuántos son los que han escapado de las asechanzas del tentador comparados con los que han perecido? ¡He oído la confesión de más de 200 sacerdotes, y para decir la verdad, como Dios la conoce, debo declarar, que sólo veintiuno no lloraron por los pecados secretos o públicos cometidos por causa de las influencias irresistiblemente corruptoras de la confesión auricular! [N. de t.: no se perdieron por el solo hecho de haber cometido esos terribles pecados, por cuanto ante Dios todo el que viene a este mundo es pecador y está bajo la condenación, pero sin duda muchos de esta clase de hombres poseen un muy alto grado de hipocresía y envilecimiento, quedando demasiado insensibles y enredados en su maldad como para arrepentirse y escapar del "lazo del diablo", (Lucas 13:1-5; 1 Timoteo 4:1-3; 2 Timoteo 3:6-8)].

Ahora tengo más de setenta y un años, y en poco tiempo estaré en mi tumba. Deberé dar cuenta de lo que ahora digo. Bien, ante la presencia de mi gran Juez, con mi tumba ante mis ojos, declaro al mundo que muy pocos—sí, muy pocos—sacerdotes escapan de caer en el abismo de la más horrible depravación moral que el mundo jamás ha conocido, por medio de la confesión de mujeres.

No digo esto porque tenga algunos malos sentimientos contra aquellos sacerdotes; Dios sabe que no tengo ninguno. Los únicos sentimientos que tengo son de suprema compasión y lástima. No revelo estas cosas horribles para hacer creer al mundo que los sacerdotes de Roma son un grupo de hombres peor que el resto de los innumerables caídos hijos de Adán; no; yo no admito esas opiniones; porque después de ser considerado, y ponderado todo en la balanza de la religión, la caridad y el sentido común, pienso que los sacerdotes de Roma están lejos de ser peores que cualquier otro grupo de hombres que fuera arrojado en las mismas tentaciones, peligros, e inevitables ocasiones de pecado.

Por ejemplo, tomemos abogados, comerciantes, o campesinos, e impidámosles que vivan con sus legítimas esposas, rodeemos a cada uno de ellos desde la mañana a la noche, por diez, veinte, y a veces más, hermosas mujeres y tentadoras muchachas, que les hablen de cosas que pulverizarían a una roca de granito escocés, y usted verá cuantos de aquellos abogados, comerciantes, o campesinos saldrán de ese terrible campo de batalla moral sin ser mortalmente heridos.

La causa de la suprema—me atrevo a decir increíble, aunque insospechada—inmoralidad de los sacerdotes de Roma es una muy evidente y lógica. El sacerdote es puesto por el diabólico poder del Papa, fuera de los caminos que Dios ha ofrecido a la generalidad de los hombres para ser honestos, justos y santos.* Y después que el Papa los ha privado del gran, santo, y Divino, (en el sentido que viene directamente de Dios), remedio que Dios ha dado a los hombres contra su propia concupiscencia—el santo matrimonio, ellos son puestos desprotegidos e indefensos en los más peligrosos, difíciles, e irresistibles peligros morales que el ingenio o la depravación humanos pueden concebir. Aquellos hombres solteros son forzados, de la mañana a la noche, a estar en medio de hermosas muchachas, y tentadoras, encantadoras mujeres, que deben decirles cosas que derretirían el acero más duro. ¿Cómo puede usted esperar que ellos cesarán de ser hombres, y que se volverán más fuertes que los ángeles?

  1. "A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su mujer, y cada una tenga su marido." (1 Corintios 7:2).

Los sacerdotes de Roma no sólo están privados por el maligno del único remedio que Dios ha dado para ayudarles a mantenerse firmes, sino que en el confesionario tienen las mayores facilidades que pueden ser imaginadas para satisfacer todas las malas inclinaciones de la naturaleza humana caída. En el confesionario ellos saben quienes son fuertes, y también saben quienes son débiles entre las mujeres por las que están rodeados; saben quien resistiría cualquier intento del enemigo; y saben quienes están dispuestas—más aún, quienes están anhelando los engañosos encantos del pecado. Como ellos todavía poseen la naturaleza caída del hombre, ¡qué terrible hora es para ellos, qué espantosas batallas dentro del pobre corazón, qué esfuerzo y poder sobrehumanos serían requeridos para salir vencedores del campo de batalla, donde un David y un Samsón han caído mortalmente heridos!

Es simplemente un acto de suprema estupidez tanto de parte del público Protestante como del Católico, suponer o sospechar, o esperar que la generalidad de los sacerdotes puede soportar semejante prueba. Las páginas de la historia de la misma Roma están llenas con pruebas irrefutables de que la gran generalidad de los confesores caen. Si no fuera así, el milagro de Josué, deteniendo la marcha del sol y la luna, sería un juego de niños comparado con el milagro que detendría y revertiría todas las leyes de nuestra común naturaleza humana en los corazones de los 100.000 confesores Católicos Romanos de la Iglesia de Roma. Si estuviera intentando probar, por hechos públicos, lo que conozco de la horrible depravación causada por la casilla del confesionario entre los sacerdotes de Francia,

Canadá, España, Italia, e Inglaterra, tendría para escribir muchos grandes volúmenes. En favor de la brevedad, hablaré sólo de Italia. Tomaré ese país, porque estando bajo los mismos ojos de su infalible y sumamente santo (?) pontífice, estando en la tierra de los milagros diarios de las Madonas pintadas, [n. de t.: pinturas de la Virgen], que lloran y giran sus ojos a la izquierda y derecha, arriba y abajo, en una manera muy maravillosa, estando en la tierra de medallas milagrosas y favores espirituales celestiales, fluyendo constantemente desde el sillón de San Pedro, los confesores en Italia, viendo cada año la milagrosa licuación de la sangre de San Jenaro, teniendo en medio de ellos el cabello de la Virgen María, y una parte de su túnica, están en las mejores circunstancias posibles para ser fuertes, fieles y santos. Bien, escuchemos el testimonio de una testigo ocular, una contemporánea, y una testigo irreprochable de la manera en que los confesores tratan con las penitentes en la santa, apostólica, infalible (?) Iglesia de Roma.

La testigo que oiremos es de la sangre más pura de las princesas de Italia. Su nombre es Henrietta Carracciolo, hija del Mariscal Carracciolo, Gobernador de la Provincia de Bari, en Italia. Escuchemos lo que dice ella de los Padres Confesores, después de veinte años de experiencia personal en diferentes conventos de monjas de Italia, en su asombroso libro, "Misterios de los Conventos Napolitanos", págs. 150, 151, 152: "Mi confesor vino el día siguiente, y le manifesté la naturaleza de las preocupaciones que me molestaban. Más tarde en ese día, viendo que yo había bajado al lugar donde solíamos recibir la santa comunión, llamado Communichino, la conversación de mi tía logró que el sacerdote viniera con el píxide*. Él era un hombre de alrededor de cincuenta años de edad, muy corpulento, con un rostro rubicundo, y un tipo de fisonomía tan vulgar como repulsiva.

  1. Una caja de plata conteniendo pan consagrado, que se piensa que es el verdadero cuerpo, sangre y divinidad de Jesucristo.

"Me acerqué a la pequeña ventana para recibir la sagrada hostia sobre mi lengua, con mis ojos cerrados, como es usual. La puse sobre mi lengua, y, cuando retrocedía, sentí mis mejillas acariciadas. Abrí mis ojos, pero el sacerdote había retirado su mano, y, pensando que había sido engañada, no preste más atención a esto.

"En la siguiente ocasión, olvidada de lo que había ocurrido antes, recibí el sacramento con los ojos cerrados nuevamente, de acuerdo al precepto. Esta vez sentí claramente que mi mentón fue acariciado otra vez, y al abrir mis ojos repentinamente, encontré al sacerdote contemplándome groseramente con una sonrisa sensual en su rostro.

"Ya no podía haber más duda alguna; estos acercamientos no fueron el resultado de un accidente.

"La hija de Eva está dotada con una mayor proporción de curiosidad que el hombre. Se me ocurrió ubicarme en un cuarto contiguo, donde podía observar si este libertino sacerdote estaba acostumbrado a tomarse libertades similares con las monjas. Lo hice, y fui completamente convencida de que sólo las ancianas eran dejadas sin ser acariciadas.

"Todas las otras le permitían hacer con ellas como quisiera, e incluso, al despedirse de él, lo hacían con suma reverencia.

"'¿Es este el respeto', me dije, 'que los sacerdotes y las esposas de Cristo tienen por su sacramento de la eucaristía? ¿Será atraída la pobre novicia a abandonar al mundo para aprender, en esta escuela, semejantes lecciones de autorespeto y castidad?'"

En la página 163, leemos: "La pasión fanática de las monjas por sus confesores, sacerdotes, y monjes, sobrepasa la religión. Lo que hace especialmente soportable su reclusión es la ilimitada oportunidad que disfrutan para ver y corresponder a aquellas personas de quienes están enamoradas. Esta libertad las limita y las identifica con el convento tan estrechamente, que son infelices, cuando, por causa de alguna seria enfermedad, o mientras se preparan para tomar los hábitos, son obligadas a pasar algunos meses en el seno de sus propias familias, en compañía de sus padres, madres, hermanos, y hermanas. No se supone que estos parientes permitan a una muchacha joven que pase muchas horas, cada día, en un misterioso diálogo con un sacerdote, o un monje, y que mantenga con él esta relación. Esta es una libertad que sólo pueden disfrutar en el convento.

"Muchas son las horas que la Eloísa pasa en el confesionario, en ameno pasatiempo con su Abelardo en sotana.

"Otras, cuyos confesores están viejos, tienen además un director espiritual, con quien ellas se distraen mucho tiempo todos los días en entrevistas a solas, en el locutorio. Cuando esto no es suficiente, ellas simulan una enfermedad, para tenerlo solo en sus propias habitaciones."

En la página 166, leemos: "Otra monja, estando algo enferma, confesó a su sacerdote en su propia habitación. Después de un tiempo, la incapacitada penitente fue encontrada en lo que se llama una situación interesante, por lo que, al declarar el médico que su dolencia era hidropesía, fue enviada lejos del convento."

Página 167: "Una joven educanda tenía la costumbre de bajar, todas las noches, al lugar de sepultura del convento, donde, por un pasadizo que se comunicaba con la sacristía, entraba en conversaciones con un joven sacerdote asignado a la iglesia. Consumida por una pasión amorosa, no fue impedida por mal tiempo ni por el temor de ser descubierta.

"Una noche, oyó un gran ruido cerca de ella. En la densa oscuridad que la rodeaba, imaginó que vio una víbora enrrollándose en sus pies. Ella fue tan abrumada por el miedo, que murió por los efectos de esto algunos meses más tarde."

Página 168: "Uno de los confesores tenía una joven penitente en el convento. Regularmente era llamado a visitar a una hermana moribunda, y así pasaba la noche en el convento, esta monja subía por la divisoria que separaba su habitación de la suya, y acudía al amo y director de su alma.
Otra, durante el delirio de una fiebre tifoidea que estaba sufriendo, constantemente imitaba la acción de enviar besos a su confesor, quien permanecía al lado de su cama. Él, cubierto de rubor por causa de la presencia de extraños, sostenía un crucifijo delante de los ojos de la penitente, y exclamaba en un tono compasivo: '¡Pobrecilla, besa a tu propio esposo!'"

Página 168: "Bajo el compromiso de silencio, una educanda de delicado porte y agradables modales, y de una noble familia, me confió el hecho de haber recibido, de las manos de su confesor, un libro muy interesante, (como ella lo describió), que narraba la vida monástica. Le expresé mi deseo de conocer el título, y ella, antes de mostrármelo, tomó la precaución de cerrar con llave la puerta.

Éste resultó ser el Monaca, por D'alembert, un libro que como todos saben, está lleno de la más repugnante obscenidad.

Página 169: "Una vez recibí, de un monje, una carta en la cual me daba a entender que apenas me había visto cuando 'concibió la dulce esperanza de llegar a ser mi confesor'. Un lechuguino de primera clase, un petimetre de perfumes y eufemismos, no podría haber empleado frases más melodramáticas, para averiguar si él podía abrigar esperanzas o abandonarlas".

Página 169: "Un sacerdote que poseía la reputación de ser incorruptible, cuando me veía pasar por el locutorio, acostumbraba a dirigirse a mí de la siguiente manera:

"'¡Ps, querida, ven aquí; ps, ps, ven aquí!'

"Estas palabras, dirigidas a mí por un sacerdote, eran nauseabundas en extremo.

"Finalmente, otro sacerdote, el más molesto de todos por su obstinada persistencia, buscaba obtener mi afecto a toda costa. No había imagen de poesía profana que podía ayudarle, ni sofisma que podía tomar prestado de la retórica, ni artificiosa interpretación que podía dar a la Palabra de Dios, que no empleara en convencerme para hacer sus deseos. Aquí está un ejemplo de su lógica:

"'Bella hija', me dijo un día, '¿sabes quien es Dios verdaderamente?'

"'Él es el Creador del Universo', respondí secamente.

"'¡No, no, no, no! eso no es suficiente', replicó, riendo por mi ignorancia. 'Dios es amor, pero amor en lo abstracto, que recibe su encarnación en el afecto mutuo de dos corazones que se idolatran uno al otro. Tú, entonces, no sólo debes amar a Dios en su existencia abstracta, sino que también debes amarlo en su encarnación, es decir, en el exclusivo amor de un hombre que te adora. 'Quod Deim est amor, nee colitur nisi amando'. [N. de t.: aclaramos rápidamente que el Nuevo Testamento usa la palabra ágape para referirse al amor que proviene de Dios, y se diferencia de la palabra eros que se refiere al amor sexual; esta palabra, eros, nunca se usa en la Biblia. Véanse algunos ejemplos del uso de la palabra amor en los siguientes pasajes: Juan 15:12, 13; 1 Corintios 13: 4-7; 16: 24; 1 Juan 3:16-18].

"'Entonces', respondí, '¿una mujer que adora a su propio amante adoraría a la misma Divinidad?'

"'Seguro', reiteró el sacerdote, una y otra vez, tomando valor por mi comentario, y sonriendo por lo que le parecía ser el efecto de su catecismo.
"'En ese caso', dije, rápidamente, 'debería seleccionar para mi enamorado un hombre del mundo antes que un sacerdote.'

"'¡Dios te preserve, mi hija! ¡Dios te preserve de ese pecado!' agregó mi interlocutor, aparentemente atemorizado, '¡Amar a un hombre del mundo, un pecador, un miserable, un incrédulo, un infiel! ¿Por qué irías inmediatamente al infierno? El amor de un sacerdote es un amor sagrado, mientras que el de un hombre profano es una deshonra; la fe de un sacerdote emana de la que concede la santa Iglesia, mientras que la del profano es falsa—falsa como la vanidad del mundo. El sacerdote purifica sus sentimientos diariamente en comunión con el Espíritu Santo; el hombre del mundo, (si es que alguna vez conoce mínimamente el amor), pasa por los enlodados cruces de las calles día y noche.'
"'Pero es el corazón, así como la conciencia, el que me impulsa a huir de los sacerdotes', repliqué.

"'Bien, si no puedes amarme porque soy tu confesor, encontraré los medios para ayudarte a librarte de tus escrúpulos. Pondremos el nombre de Jesucristo delante de todas nuestras demostraciones de afecto, y así nuestro amor será una grata ofrenda al Señor, y ascenderá como fragante perfume al Cielo, como el humo del incienso del santuario. Dime, por ejemplo: "Te amo en Jesucristo; la última noche soñé contigo en Jesucristo"; y tendrás una conciencia tranquila, porque al hacer así santificarás cada rapto de tu amor.'

"Varias circunstancias no indicadas aquí, casualmente, me obligaron a estar en frecuente contacto con este sacerdote después, y, por eso, no doy su nombre."

"De un monje muy respetable, respetable tanto por su edad como por su carácter moral, averigüé qué significaba anteponer el nombre de Jesucristo a exclamaciones amorosas."

"'Ésta es', dijo él, 'una expresión usada por una secta horrible, y desafortunadamente muy numerosa, que, abusando así del nombre de nuestro Señor, permite a sus miembros el libertinaje más desenfrenado."

Y es mi triste deber decir, ante todo el mundo, que sé que largamente la mayor parte de los confesores en América, España, Francia, e Inglaterra, razonan y actúan exactamente como ese libertino sacerdote italiano.

¡Naciones cristianas! ¡Si pudieran conocer lo que sucederá a la virtud de sus bellas hijas si permiten a los encubiertos o públicos esclavos de Roma bajo el nombre de Ritualistas que restauren la confesión auricular, con qué tormenta de santa indignación derrotarían sus planes!

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