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El sacerdote, la mujer, y el confesionarios - Capítulo III

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

No hay asunto, quizás, por el cual los sacerdotes muestren tanto celo y seriedad, y del cual hablen tan frecuentemente. Porque esta institución es realmente la piedra angular de su estupendo poder; ésta es el secreto de su casi irresistible influencia. Que las personas abran sus ojos, hoy, a la verdad, y entiendan que la confesión auricular es uno de los más asombrosos engaños que Satanás ha inventado, para corromper y esclavizar al mundo; que las personas abandonen hoy al confesionario, y mañana el Romanismo caerá en el polvo. Los sacerdotes entienden esto muy bien; por ello sus constantes esfuerzos para engañar al pueblo sobre esa cuestión. Para alcanzar su objetivo, deben recurrir a la mentiras más burdas; las Escrituras son malinterpretadas; a los santos Padres, [n. de t.: también llamados Padres de la Iglesia, que eran maestros destacados de los primeros siglos del cristianismo], se les hace decir totalmente lo opuesto a lo que ellos siempre han pensado o escrito; y son inventados los más extraordinarios milagros e historias. Pero dos de los argumentos a los que más frecuentemente recurren, son los grandes y perpetuos milagros que Dios hace para mantener inmaculada la pureza del confesionario, y maravillosamente sellados sus secretos. Ellos hacen creer al pueblo que el voto de perpetua castidad cambia su naturaleza, los convierte en ángeles, y los pone por encima de las debilidades normales de los caídos hijos de Adán.

Osadamente, y con un rostro inmutable, cuando son interrogados sobre ese asunto, dicen que ellos poseen gracias especiales para permanecer puros y sin mancha en medio de los mayores peligros; que la Virgen María, a quien están consagrados, es su poderosa abogada para obtener de su Hijo aquella virtud sobrehumana de la castidad; para que lo que sería una causa de segura perdición para los hombres comunes, sea sin peligro y amenaza para un verdadero Hijo de María; y, con sorprendente estupidez, el pueblo acepta ser embaucado, cegado, y engañado por aquellas tonterías.

Pero ahora, que el mundo aprenda la verdad como es, de uno que conoce perfectamente todo adentro y afuera de las murallas de esa Moderna Babilonia. Aunque muchos, lo sé, no me creerán y dirán: "Esperamos que esté equivocado; es imposible que los sacerdotes de Roma resulten ser semejantes impostores; ellos pueden estar equivocados; pueden creer y repetir cosas que no son verdaderas, pero son honestos; no pueden ser engañadores tan descarados."

Sí; aunque sé que muchos difícilmente me creerán, yo debo decir la verdad.

Aquellos mismos hombres, quienes, hablan a la gente con palabras tan efusivas de la maravillosa manera en que son mantenidos puros, en medio de los peligros que los rodean, honestamente se sonrojan—y muchas veces lloran—cuando hablan entre ellos, (cuando están seguros de que nadie, excepto sacerdotes, les oyen). Ellos deploran su propia degradación moral con suma sinceridad y honestidad; piden a Dios y a los hombres, perdón por su inenarrable depravación.

Tengo aquí—en mis manos, y bajo mis ojos—unos de sus más destacados libros secretos, escrito, (o al menos aprobado), por uno de sus más grandes y mejores obispos y cardenales, el Cardenal de Bonald, Arzobispo de Lyons.

El libro está escrito sólo para el uso de los sacerdotes. Su título en francés es: "Examen de Conscience des Pretres", [Examen de Conciencia de los Sacerdotes]. En la página 34, leemos:

"¿He dejado a ciertas personas hacer las manifestaciones de sus pecados de tal forma que la imaginación, una vez tomada e impresionada por imágenes y representaciones, podría ser arrastrada en un largo camino de tentaciones y amargos pecados? Los sacerdotes no prestan suficiente atención a las continuas tentaciones causadas por oír las confesiones. El alma es gradualmente debilitada de tal forma que, finalmente, la virtud de la castidad es perdida para siempre".

He aquí el discurso de un sacerdote a otros sacerdotes, cuando supone que nadie más que sus hermanos pecadores como él le oyen. He aquí el honesto lenguaje de la verdad.

En la presencia de Dios aquellos sacerdotes reconocen que no tienen suficiente temor de aquellas constantes, (¡qué palabra—que reconocimiento—constantes!) tentaciones, y confiesan honestamente que estas tentaciones vienen de oír las confesiones de tantos pecados escandalosos. Aquí los sacerdotes reconocen honestamente que aquellas constantes tentaciones, finalmente, destruyen para siempre en ellos la santa virtud de la pureza.

Y remarco, que todos sus autores religiosos que han escrito sobre ese asunto mantienen el mismo lenguaje. Todos ellos hablan de aquellas continuas degradantes tentaciones; todos ellos lamentan los destructivos pecados que siguen a aquellas tentaciones; todos ellos ruegan a los sacerdotes que luchen con aquellas tentaciones y se arrepientan de aquellos pecados.

¡Ah! ¡quiera Dios que todas las honestas muchachas y mujeres que el maligno atrapa en las trampas de la confesión auricular, puedan oír los gritos de angustia de aquellos pobres sacerdotes a quienes han tentado—destruidos para siempre! ¡Quiera Dios que ellas puedan ver los torrentes de lágrimas derramadas por tantos sacerdotes, porque, por oír las confesiones, ellos han perdido para siempre la virtud de la pureza!

Ellas entenderían que el confesionario es una trampa, un pozo de perdición, una Sodoma para el sacerdote; y serían conmocionadas con horror y vergüenza ante la idea de las continuas, vergonzosas, deshonestas y degradantes tentaciones con las que su confesor es atormentado día y noche; ellas se sonrojarían a causa de los vergonzosos pecados que han cometido sus confesores; llorarían por la irreparable pérdida de su pureza; prometerían ante Dios y los hombres que nunca más verían la casilla del confesionario; preferirían ser quemadas vivas, si les quedara algún sentimiento de honestidad y caridad, antes que consentir ser una causa de constantes tentaciones y condenables pecados para ese hombre.
¿Iría todavía esa respetable dama a confesarse a aquel hombre, si, después de su confesión, pudiera oírle lamentándose por las continuas, vergonzosas tentaciones que le asaltan día y noche, y por los graves pecados que ha cometido, a causa de lo que ella le ha confesado? ¡No! ¡mil veces, no!

¿Permitiría aquel honesto padre a su amada hija que todavía fuera a aquel hombre a confesarse, si pudiera oír sus gritos de angustia, y ver sus lágrimas fluyendo, porque el oír aquellas confesiones es la fuente de constantes, vergonzosas tentaciones y degradantes iniquidades?
¡Oh! quiera Dios que los honestos Romanistas de todo el mundo —porque hay millones, quienes, aunque engañados, son honestos— puedan ver lo que está sucediendo en el corazón, y la imaginación del pobre confesor cuando él está allí, rodeado por atractivas mujeres y tentadoras muchachas, hablándole desde la mañana hasta la noche sobre cosas que un hombre no puede oír sin caer. Entonces, aquella moderna pero gran impostura, llamada el Sacramento de la Penitencia, sería pronto finalizada.

Pero aquí, de nuevo, ¿quién no lamentará las consecuencias de la total perversidad de nuestra naturaleza humana? Aquellos mismísimos sacerdotes que, cuando están solos, ante la presencia de Dios, hablan tan directamente de las constantes tentaciones por las cuales son asaltados, y que tan sinceramente lloran por la irreparable pérdida de la virtud de su pureza, cuando piensan que nadie los oye, sin embargo, en público, con un rostro inmutable, niegan aquellas tentaciones. ¡Ellos lo increparán a usted indignadamente como un calumniador si dice algo que les haga suponer que usted teme por su pureza, cuando ellos oyen las confesiones de muchachas o mujeres casadas!

No hay uno solo de los autores Católicos Romanos, que han escrito sobre ese asunto para los sacerdotes, que no hayan deplorado sus innumerables y degradantes pecados contra la pureza, por causa de la confesión auricular; pero aquellos mismos hombres serán los primeros en tratar de probar exactamente lo contrario cuando escriben libros para el pueblo. No tengo palabras para expresar cual fue mi sorpresa cuando, por vez primera, vi que esta extraña duplicidad parecía ser una de las piedras fundamentales de mi Iglesia.

No fue mucho después de mi ordenación, cuando un sacerdote vino a confesarme las cosas más deplorables. Me dijo honestamente que no hubo una sola de las muchachas o de las mujeres casadas a quienes había confesado, que no habían sido una secreta causa de los más vergonzosos pecados, en pensamiento, deseos, o acciones; pero él lloraba tan amargamente por su degradación, su corazón parecía tan sinceramente quebrantado por causa de sus propias iniquidades, que no pude contenerme de mezclar mis lágrimas con las suyas; yo lloré con él, y le di el perdón por todos sus pecados, porque pensaba entonces que tenía la autoridad y el derecho para darlo.

Dos horas después, ese mismo sacerdote, que era un buen orador, estaba en el púlpito.

¡¡¡Su sermón era sobre "La Divinidad de la Confesión Auricular"; y, para probar que era una institución proveniente directamente de Cristo, dijo que el Hijo de Dios estaba realizando un constante milagro para fortalecer a sus sacerdotes, y para evitar que cayeran en pecados, a causa de lo que podrían haber oído en el confesionario!!!

Las diarias abominaciones, que son el resultado de la confesión auricular, son tan horribles y tan bien conocidas por los papas, los obispos, y los sacerdotes, que varias veces, se han hecho intentos públicos para disminuirlas castigando a los sacerdotes culpables; pero todos estos loables esfuerzos han fallado.

Uno de los más sobresalientes de esos esfuerzos fue hecho por Pío IV alrededor del año 1560. Él publicó una Bula, por la cual a todas las muchachas y mujeres casadas que habían sido seducidas a pecar por sus confesores, se les ordenaba denunciarlos; y un cierto número de altos oficiales de la Santa Inquisición fueron autorizados para tomar las declaraciones de las caídas penitentes. La cuestión, al principio, fue tratada en Sevilla, una de las principales ciudades de España. Cuando se publicó primeramente el edicto, el número de mujeres que se sintieron obligadas por su conciencia a ir y declarar contra sus padres confesores, fue tan grande, que aunque habían treinta notarios, y otros tantos inquisidores, para tomar las denuncias, ellos fueron incapaces de hacer el trabajo en el tiempo establecido. Se dieron treinta días más, pero los inquisidores fueron tan abrumados con las innumerables declaraciones, que fue dado otro período de tiempo de la misma extensión. Pero éste, nuevamente, resultó insuficiente. Finalmente, se encontró que el número de sacerdotes que habían destruido la pureza de sus penitentes era tan grande que era imposible castigarlos a todos. La investigación fue abandonada, y los confesores culpables quedaron sin castigo. Varios intentos de la misma naturaleza han sido probados por otros papas, pero con casi el mismo éxito.

Pero si aquellos honestos intentos de parte de algunos papas bien intencionados, para castigar a los confesores que destruyen la pureza de las penitentes, han fallado en perturbar a los grupos culpables, aquellos son, en la bondadosa providencia de Dios, testigos infalibles para decir al mundo que la confesión auricular no es otra cosa que una trampa para el confesor y sus crédulos. ¡Sí, aquellas Bulas de los papas son un testimonio indiscutible de que la confesión auricular es la más poderosa invención del diablo para corromper el corazón, contaminar el cuerpo, y arruinar el alma del sacerdote y su penitente femenina!

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