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El sacerdote, la mujer, y el confesionario - Capítulo IV

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

Alrededor del año 1830, estaba en Quebec un joven sacerdote de buen aspecto; él tenía una voz magnífica, y era bastante buen orador. Por respeto a su familia, que es todavía numerosa y respetable, no daré su nombre: lo llamaré Rev. Sr. D_-. Habiendo sido invitado a predicar en una parroquia de Canadá, distante alrededor de 100 millas de Quebec, llamada Vercheres, también se le pidió que oyera las confesiones, durante algunos días de una especie de Novena (nueve días de avivamiento), que estaba aconteciendo en ese lugar. Entre sus penitentes estaba una hermosa muchacha joven, de alrededor de diecinueve años. Ella quería hacer una confesión general de todos sus pecados desde la temprana edad cuando empezó a tener inteligencia, y el confesor le concedió su petición. Dos veces, cada día, ella estaba allí, a los pies de su atractivo joven médico espiritual, diciéndole todos sus pensamientos, sus acciones, y sus deseos. A veces se destacaba por haber permanecido una hora entera en la casilla del confesionario, acusándose de todas sus fragilidades humanas. ¿Qué dijo? Sólo Dios lo sabe; pero lo que desde ese momento llegó a ser conocido por una gran parte de toda la población de Canadá es, que el confesor se enamoró de su bella penitente, y que ella se quemó con los mismos fuegos irresistibles por su confesor—como sucede tan frecuentemente.

Él ha muerto hace mucho.

No fue una cuestión fácil para el sacerdote y la joven muchacha encontrarse en una entrevista tan completamente a solas como ambos querían; porque había demasiados ojos sobre ellos. Pero el confesor era un hombre de recursos. En el último día de la Novena, dijo a su amada penitente: "Ahora estoy por ir a Montreal; pero en tres días, tomaré el barco a vapor para volver a Quebec. Ese barco a vapor acostumbra detenerse aquí. Alrededor de las doce, a la noche, vete al muelle vestida como un hombre joven; pero no permitas que nadie conozca tu secreto. Tú abordarás el barco a vapor, donde no serás conocida, si tienes un poco de prudencia. Vendrás a Quebec, donde serás contratada como un sirviente para el cura, de quien yo soy el vicario. Nadie conocerá tu sexo excepto yo, y, allí, seremos felices juntos".

El cuarto día después de esto, hubo una gran desolación en la familia de la muchacha; porque había desaparecido repentinamente, y sus ropas habían sido encontradas en las orillas del Río San Lawrence. No había la menor duda en las mentes de todos los parientes y amigos, que la confesión general que ella había hecho, había trastornado enteramente su mente; y en un exceso de locura, se arrojó en las profundas y rápidas aguas del San Lawrence. Se hicieron muchas búsquedas para encontrar su cuerpo; pero, por supuesto, todo fue en vano. Se ofrecieron a Dios muchas oraciones públicas y privadas para ayudarla a escapar de las llamas del Purgatorio, donde podría estar condenada a sufrir por muchos años, y fue dado mucho dinero a los sacerdotes para celebrar misas cantadas, a fin de extinguir los fuegos de esa quemante prisión, donde todo Católico Romano cree que debe ir para ser purificado antes de entrar en las regiones de felicidad eterna.

No daré el nombre de la muchacha, aunque lo tengo, por compasión a su familia; la llamaré Geneva.

Bien, cuando el padre y la madre, los hermanos, las hermanas, y los amigos estaban derramando lágrimas por el triste fin de Geneva, ella estaba en la casa parroquial del rico Cura de Quebec, bien pagada, bien alimentada, y vestida —feliz y contenta con su amado confesor. Ella era sumamente pulcra, siempre servicial, y lista para correr y hacer lo que usted quisiera al mero pestañeo de su ojo. Su nuevo nombre era José, con el cual la nombraré ahora.

Muchas veces había visto al elegante José en la casa parroquial de Quebec, y admiraba su cortesía y buenos modales; aunque me parecía, a veces, que se veía demasiado como una muchacha, y que era demasiado distendido con el Rev. Sr. D_, y también con el Justo Rev. Obispo M_. Pero cada vez que me venía la idea de que José era una muchacha, me sentía indignado conmigo mismo.

El alto respeto que tenía por el Obispo Coadjutor, quien era también el Cura de Quebec, hacía casi imposible imaginar que él alguna vez permitiría a una bella muchacha que durmiera en la habitación contigua a la suya, y que le sirviera día y noche; porque el dormitorio de José estaba justo al lado de la del Coadjutor, quien, por varias dolencias físicas, (que no eran un secreto para nadie), necesitaba la ayuda de su sirviente varias veces durante la noche, así como durante el día.

Las cosas continuaron muy tranquilamente con José durante dos o tres años, en la casa del Obispo Coadjutor; pero finalmente, le pareció a mucha gente exterior, que José estaba tomando demasiados aires de confianza con los jóvenes vicarios, e incluso con el venerable Coadjutor. Varios de los ciudadanos de Quebec, que estaban yendo más frecuentemente que otros a la casa parroquial, estaban sorprendidos y conmocionados por la confianza de aquel sirviente con sus amos; él parecía a veces estar realmente en iguales términos con ellos, si no un poco por sobre ellos.

Un amigo íntimo del Obispo —un Católico Romano sumamente devoto — quien era mi pariente cercano, se encargó un día de decirle respetuosamente al Justo Rev. Obispo que sería prudente echar a ese insolente joven de su palacio —porque era objeto de fuertes y sumamente deplorables sospechas.

La posición del Justo Rev. Obispo y sus vicarios, fue, entonces, una no muy placentera. Evidentemente su barca había quedado a la deriva entre peligrosas rocas. Mantener a José entre ellos era imposible, después del amistoso consejo que había venido de tan alto lugar; y despedirlo no era menos peligroso; él sabía demasiado de las internas y secretas vidas de todos estos santos (?) célibes, para tratar con él como con cualquier otro sirviente normal. Con una sola palabra de sus labios podría destruirlos: ellos estaban como atados a sus pies con cuerdas, que, al principio, parecían hechas con dulces pasteles y helados, pero que repentinamente se habían vuelto ardientes cadenas de acero. Pasaron varios días de ansiedad, y muchas noches de insomnio sucedieron a las muy felices de tiempos mejores. ¿Pero que debía hacerse? Habían escollos levantando olas adelante, escollos a la derecha, a la izquierda, y en todos lados. Sin embargo, cuando todos, especialmente el venerable (?) Coadjutor, se sentían como criminales que esperan su sentencia, y cuando su horizonte parecía absolutamente rodeado sólo por oscuras y tormentosas nubes, repentinamente una feliz salida se presentó ante los preocupados marineros.

El cura de "Les Eboulements", el Rev. Sr. Clement, justo había venido a Quebec por algunos asuntos privados, y había elegido su alojamiento en la hospitalaria casa de su viejo amigo, el Justo Rev. _, Obispo Coadjutor. Ambos habían estado en relación muy estrecha por muchos años, y en muchas ocasiones habían sido de gran utilidad el uno con el otro. El Pontífice de la Iglesia de Canadá, esperando que su amigo quizás le ayudaría a salir de la terrible dificultad del momento, francamente le dijo todo acerca de José, y le preguntó lo que debía hacer bajo tan difíciles circunstancias.

"Mi Señor", dijo el cura de Les Eboulements,
"José es justo el sirviente que quiero. Págale bien, para que pueda permanecer como tu amigo, y para que sus labios puedan quedar sellados, y permite que lo lleve conmigo. Mi casera me dejó hace unas pocas semanas; estoy solo en mi casa parroquial con mi viejo sirviente, José es justo la persona que quiero".

Sería difícil expresar el júbilo del pobre Obispo y sus vicarios, cuando vieron esa pesada roca que tenían sobre sus cuellos así removida.
José, una vez instalado en la casa parroquial del piadoso (?) sacerdote de la parroquia de Le Eboulements, pronto se ganó el favor de todo el pueblo por sus buenos y encantadores modales, y cada feligrés felicitaba al cura por la elegancia de su nuevo sirviente. El sacerdote, por supuesto, conocía un poco más de esa elegancia que el resto del pueblo. Pasaron tres años muy tranquilamente. El sacerdote y su sirviente parecían estar en los más perfectos términos, La única cosa que arruinaba la felicidad de esa feliz pareja era que, de vez en cuando, alguno de los campesinos cuyos ojos eran más penetrantes que los de sus vecinos, parecían creer que la intimidad entre los dos estaba yendo un poco demasiado lejos, y que José realmente estaba teniendo en sus manos el cetro del pequeño reino sacerdotal. Nada podía hacerse sin su consejo; él estaba entrometido en todos los grandes y pequeños asuntos de la parroquia, y a veces el cura parecía ser más bien el sirviente antes que el amo en su propia casa y parroquia. Los que habían, al principio, hecho estos comentarios en privado, comenzaron, poco a poco, a transmitir sus opiniones a su vecino próximo, y éste al siguiente; de ese modo, al fin del tercer año, graves y serias sospechas comenzaron a difundirse de uno a otro de tal manera que los Marguilliers (una especie de Ancianos), creyeron apropiado decir al sacerdote que sería mejor para él echar a José en vez de mantenerlo más tiempo. Pero el viejo cura había pasado tantas felices horas con su fiel José que renunciar a él era tan duro como la muerte.

Él sabía, por confesión, que una muchacha en la vecindad estaba entregada a una inmencionable abominación, a la cual José también era adicto. Él acudió a ella y le propuso que se casara con José, y que él, (el sacerdote), les ayudaría a vivir cómodamente. Para vivir cerca de su buen amo, José también aceptó casarse con la muchacha. Ambas sabían bien lo que la otra era. Las proclamas de casamiento fueron publicadas durante tres domingos, tras lo cual el viejo cura bendijo el matrimonio de José con la muchacha de su feligrecía.

Ellas vivieron juntas como marido y mujer, en tal armonía que nadie podía sospechar la horrible depravación que estaba encubierta tras esa unión. José continuó, con su esposa, trabajando con frecuencia para su sacerdote, hasta que después de cierto tiempo ese sacerdote fue removido, y otro cura, llamado Tetreau, fue enviado en su lugar.

Este nuevo cura, sin saber absolutamente nada de ese misterio de iniquidad, también empleó a José y a su esposa, varias veces. Un día, cuando José estaba trabajando en la puerta de la casa parroquial en presencia de varias personas, un extraño arribó, y le preguntó si el Rev. Sr. Tetreau, el cura, estaba allí.

José respondió: "Sí, señor. Pero como usted parece ser un extraño, ¿me permitiría preguntarle de dónde viene?"
"Señor, es muy fácil satisfacerle. Vengo de Vercheres", contestó el extraño.

Tras la palabra "Vercheres", José se puso tan pálido que el extraño no pudo más que impresionarse con su repentino cambio de color.
Entonces, fijando sus ojos sobre José, exclamó: "¡Oh mi Dios! ¡Qué veo aquí! ¡Geneva! ¡Geneva! ¡Te reconozco, y aquí estás disfrazada como un hombre!"

"¡Querido tío!" (porque él era su tío), "¡por Dios!", exclamó ella, "¡no diré una palabra más!"

Pero era demasiado tarde. La gente, que estaba allí, había oído al tío y la sobrina. Sus secretas sospechas de largo tiempo, estaban bien fundadas—¡uno de sus antiguos sacerdotes había mantenido una muchacha bajo el disfraz de un hombre en su casa! ¡Y, para cegar más completamente a su pueblo, había casado a esa muchacha con otra, para tenerlas a ambas en su casa cuando quisiera, sin despertar ninguna sospecha!

Las noticias fueron casi tan rápido como el relámpago desde un extremo al otro de la parroquia, y se difundieron por todo el norte del país regado por el río San Lawrence.

Es más fácil imaginar que expresar los sentimientos de sorpresa y horror que llenaron a todos. Los jueces de paz trataron el asunto, José fue llevado ante el tribunal civil, que decidió que un médico fuera encargado para hacer una pericia, no post mortem, sino ante mortem.

El ilustre Lateriere, quien fue llamado, e hizo la pericia adecuada, declaró que José era una muchacha; y los vínculos del matrimonio fueron disueltos legalmente.

Durante ese tiempo el honesto Rev. Sr. Tetreau, horrorizado, había enviado un mensaje urgente al Justo Reverendo Obispo Coadjutor, de Quebec, informándole que el joven hombre que había mantenido en su casa varios años, bajo el nombre de José, era una muchacha.

¿Qué iban a hacer ahora con la muchacha, después de que todo fue descubierto? Su presencia en Canadá comprometería para siempre a la santa (?) Iglesia de Roma. ¡Ella conocía demasiado bien como los sacerdotes, por medio del confesionario, seleccionan sus víctimas, y se ayudan con su compañía, a mantener sus solemnes votos de celibato! ¿Qué hubiera pasado con el respeto dado al sacerdote, si ella hubiera sido tomada de la mano e invitada a hablar valiente y osadamente ante el pueblo de Canadá?
El santo (?) Obispo y sus vicarios entendieron estas cosas muy bien.

Inmediatamente enviaron un hombre de confianza con £500, para decir a la muchacha que si permanecía en Canadá, podía ser enjuiciada y castigada severamente; que era para su bien que dejara el país, y emigrara a los Estados Unidos. Le ofrecieron las £500 si prometía irse y nunca volver.

Ella aceptó la oferta, cruzó las fronteras, y nunca volvió a Canadá, donde su triste historia es bien conocida por miles y miles.
Por la providencia de Dios fui invitado a predicar en esa parroquia poco después, y conocí estos hechos con precisión.
El Rev. Sr. Tetreau, bajo cuyo pastorado fue detectada esta gran iniquidad, desde ese tiempo comenzó a tener abiertos sus ojos a la horrible depravación de los sacerdotes de Roma por medio del confesionario.

Él lloró y se lamentó por su propia degradación en medio de esa moderna Sodoma. Nuestro misericordioso Dios miró con compasión hacia él, y le envió su gracia salvadora. No mucho después, envió al Obispo su renuncia a los errores y abominaciones del Romanismo.

Hoy él está trabajando en la viña del Señor con los Metodistas en la ciudad de Montreal, donde está presto para probar la exactitud de lo que digo.

Esto fue escrito en 1874. Ahora, en 1880, debo decir que el Rev. Sr. Tetreau murió en 1877, en la paz de Dios, en Montreal. Dos veces antes de su muerte echó a los sacerdotes de Roma, que habían ido a tratar de convencerle para hacer la paz con el Papa, llamándoles "Ayudantes de Satanás"—"Mensajeros del Maligno".

Que aquellos que tienen oídos para oír, y ojos para ver, entiendan, por este hecho, que las naciones paganas no han conocido una institución más corruptora que la Confesión Auricular.

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