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El sacerdote, la mujer, y el confesionario - Capítulo V

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

Pero, como el Papa quiere conquistar al mundo por medio de la mujer, es supremamente importante que la esclavice y degrade manteniéndola a sus pies como su banquillo, para que pueda ser un instrumento pasivo para el cumplimiento de su extenso y profundo plan.
A fin de dominar perfectamente a las mujeres en los altos círculos sociales, el Papa ordena a cada confesor a que aprenda la más complicada y perfecta estrategia. Él debe estudiar un gran número de tratados sobre el arte de persuadir al bello sexo para que le confiese directamente, claramente, y en detalle, todo pensamiento, todo secreto deseo, palabra, y obra, exactamente como ocurrieron.

Y ese arte es considerado tan importante y tan dificultoso que todos los teólogos de Roma lo llaman "el arte de los artes".

Dens, San Liguori Chevassu, el autor de "El Espejo del Clero", Debreyne, y una multitud de autores demasiado numerosa para mencionar, han dado las reglas inquisidoras y científicas de ese secreto arte.

Todos ellos coinciden en declarar que es un arte sumamente difícil y peligroso; todos ellos reconocen que el menor error de juicio, la menor imprudencia o temeridad, cuando se invade la inexpugnable ciudadela, trae la segura muerte, (espiritual, por supuesto), para el confesor y la penitente.

Al confesor se le enseña a dar los primeros pasos hacia la ciudadela con suma cautela, para que su penitente femenina no pueda sospechar al principio, lo que él quiere que le revele; porque eso generalmente provocaría que ella cerrara para siempre la puerta de la fortaleza contra él. Después de avanzar los primeros pasos, se le aconseja que retroceda varios pasos, y que se ponga en una especie de emboscada espiritual, para ver el efecto de su primer avance. Si hay alguna perspectiva de éxito, entonces es dada la palabra "¡adelante!", y una posición más avanzada de la ciudadela debe ser tanteada e invadida, si fuera posible. De esa manera, poco a poco, todo el lugar es bien rodeado, tan bien estropeado, desnudado y desmantelado, que cualquier otra resistencia parece imposible para el alma rebelde.

Entonces, se ordena la última carga, el asalto final es hecho; y si Dios no realiza un verdadero milagro para salvar esa alma, las últimas paredes se desmoronan, las puertas son derribadas; entonces el confesor hace una triunfante entrada en el lugar; el mismo corazón, el alma, la conciencia, y la inteligencia son conquistados.

Una vez que son los amos del lugar, los sacerdotes visitan todos sus más secretos recovecos y rincones; curiosean en sus más sagradas habitaciones. El lugar conquistado está total y absolutamente en sus manos; él es el amo supremo; porque la rendición ha sido incondicional. El confesor se ha hecho el único infalible soberano en el lugar conquistado— es más, él se ha hecho su único Dios—porque en el nombre de Dios lo ha asediado, invadido y conquistado; en el nombre de Dios, de aquí en adelante, hablará y será obedecido.

Las palabras humanas no pueden transmitir adecuadamente una idea de la ruina irreparable que sigue a la exitosa invasión y la incondicional rendición de esa, alguna vez, noble fortaleza. Cuanto más tiempo y más fuerte ha sido la resistencia, más terrible y completa es la destrucción de su belleza y fuerza; cuanto más noble ha sido la lucha, más irreparables son las ruinas y las pérdidas.

Así como cuanto más alto y fuerte es construido el dique para detener la corriente de las rápidas y profundas aguas del río, más terrible serán los desastres que siguen a su destrucción; así es con aquella noble alma. Un poderoso dique ha sido construido por la misma mano de Dios, llamado autorespeto y pudor femenino, para guardarla de las contaminaciones de este mundo pecador; pero el día que el sacerdote de Roma triunfa, después de muchos esfuerzos, en destruirlo, el alma es arrastrada por un poder irresistible a insondables abismos de iniquidad. Entonces es que la una vez respetada dama consentirá en oír, sin avergonzarse, cosas por las cuales la mujer más degradada cerraría indignada sus oídos. Entonces es que ella habla libremente con su confesor sobre asuntos, que por reimprimirlos un impresor en Inglaterra ha sido enviado recientemente a la cárcel.

Al principio, a pesar de ella misma, pero pronto con un verdadero placer sensual, aquel ángel caído, cuando está solo, pensará en lo que ha oído, y lo que ha dicho en la casilla del confesionario. Luego, a pesar de ella misma, los más viles pensamientos, al principio llenarán irresistiblemente su mente; y pronto los pensamientos engendrarán tentaciones y pecados. Pero aquellas viles tentaciones y pecados, que la habrían llenado con horror y pesar antes de su entera rendición en las manos del enemigo, engendran muy diferentes sentimientos, ahora que no se posee y no se guía más a sí misma. La convicción de sus pecados no está más conectada con la idea de un Dios, infinitamente santo y justo, a quien ella debe servir y temer. La convicción de sus pecados ahora está inmediatamente conectada con la idea de un hombre con quien tendrá que hablar, y que fácilmente hará todo justo y puro en su alma por su absolución.

Cuando llega el día para ir a confesarse, en vez de estar triste, inquieta y vergonzosa, como acostumbraba a estar en el pasado, ella se siente complacida y gozosa por tener una nueva oportunidad de conversar sobre aquellos temas sin ser impropio o pecaminoso para sí misma; porque ahora está totalmente convencida de que no hay impropiedad, ni vergüenza, ni pecado; es más, ella cree, o trata de creer, que es una cosa buena, honesta, Cristiana, y piadosa conversar con su sacerdote sobre esos asuntos.

Sus horas más felices son cuando está a los pies de aquel médico espiritual, mostrándole todas las recientes heridas de su alma, y explicando todas sus constantes tentaciones, sus malos pensamientos, sus más íntimos secretos deseos y pecados.

Es entonces cuando los secretos más sagrados de la vida matrimonial son revelados; es entonces cuando las misteriosas y preciosas perlas que Dios ha dado como una corona de misericordia a aquellos que ha hecho un cuerpo, un corazón y alma, por los benditos lazos de una unión Cristiana, son arrojadas a manos llenas a los cerdos. La bella penitente y el Padre Confesor pasan horas enteras hablando con suma libertad, sobre temas que la clasificarían entre las mujeres más libertinas y perdidas, si esto sólo fuera sospechado por sus amigos y parientes. Una sola palabra de aquellas conversaciones íntimas sería seguida por un acta de divorcio de parte de su marido si estas fueran conocidas por él.

Pero el traicionado marido nada sabe de los oscuros misterios de la confesión auricular; el padre engañado nada sospecha; una nube del infierno ha oscurecido la inteligencia a ambos, y les ha cegado. Por el contrario, esposos y padres, amigos y parientes, se sienten reconfortados y complacidos con el conmovedor espectáculo de la piedad de la Señora y la Señorita _. En el pueblo, así como en la ciudad, todos tienen una palabra de alabanza para ellas. ¡La Señora _ es vista tan a menudo humildemente postrada a los pies, o al lado, de su confesor; la Señorita _ permanece tanto tiempo en la casilla del confesionario; ellas reciben la santa comunión tan frecuentemente; ellas hablan tan elocuentemente y tan frecuentemente de la admirable piedad, modestia, santidad, paciencia y caridad, de su incomparable Padre espiritual!

Todos las felicitan por su nueva y ejemplar vida, y ellas aceptan el cumplido con suma humildad, atribuyendo su rápido progreso en las virtudes Cristianas a la santidad de su confesor. Él es un hombre tan espiritual; ¿quién no podría hacer rápidos avances bajo una guía tan santa?

Cuando más constantes son las tentaciones, más abruman al alma los secretos pecados, y más aires de paz y santidad se aparentan. Cuando más impuras son las secretas emanaciones del corazón, la bella y refinada penitente más se rodea por una atmósfera de los más fragantes perfumes de una piedad fingida. Cuando más corrompido está el interior del sepulcro, más brillante y blanco se mantendrá el exterior.

Entonces, a menos que Dios realice un milagro para prevenirlo, la ruina de aquella alma está sellada. ¡Ella ha bebido de la venenosa copa llenada por la "madre de las rameras", ella ha encontrado el vino de su prostitución dulce! De ahora en adelante se deleitará en sus orgías espirituales y secretas.

Su santo (?) confesor le ha dicho que no hay impropiedad, vergüenza, ni pecado, en esa copa. El Papa ha escrito sacrílegamente la palabra "Vida" sobre esa copa de "Muerte". ¡Ella ha creído al Papa; el terrible misterio de iniquidad está completado!

"Ya está obrando el misterio de iniquidad; cuyo advenimiento es según operación de Satanás, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos, y con todo engaño de iniquidad en los que perecen; por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por tanto, pues, les envía Dios operación de error, para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad." (2 Tesalonicenses. 7-12).

Sí; el día que la rica y bien educada dama renuncia a su autorespeto, y rinde incondicionalmente la ciudadela de pudor femenino ante las manos de un hombre, cualquiera sea su nombre o sus títulos, para que él pueda hacerle las preguntas de la más vil especie, que ella debe contestar, es descarriada y degradada, igual que si fuera la más humilde y pobre muchacha sirviente.

Yo digo intencionalmente "la rica y bien educada mujer", porque sé que hay una opinión predominante de que la posición social de su clase la pone por sobre las influencias corruptoras del confesionario, como si estuviera fuera del alcance de las miserias comunes de nuestra pobre caída y pecaminosa naturaleza pecaminosa.

En la medida que la bien educada dama hace uso de sus talentos para defender la ciudadela de su autorespeto femenino ante el oponente—en la medida que mantiene estrictamente cerrada la puerta de su corazón ante su mortal enemigo—ella está segura.

Pero que nadie olvide esto: ella está segura solamente en la medida que no se rinda.

Cuando el enemigo es una vez amo del lugar, repito enfáticamente, las ruinosas consecuencias son tan grandes, si no mayores, y más irreparables que en las clases más bajas de la sociedad. Arroje un pedazo de precioso oro en el lodo, y dígame si no se hundirá más profundo que un pedazo de madera podrida.

¿Qué mujer podía ser más noble, más pura, y más fuerte que Eva cuando surgió de las manos de su divino Creador? ¡Pero cuán rápidamente cayó cuando prestó oídos a la seductora voz del tentador! ¡Cuán irreparable fue su ruina cuando complacientemente miró al fruto prohibido, y creyó la voz mentirosa que le dijo que no había pecado en comerlo!

Solemnemente, en la presencia del gran Dios, quien en breve, me juzgará, doy mi testimonio sobre este grave asunto. Después de 25 años de experiencia en el confesionario, declaro que el mismo confesor encuentra peligros más terribles cuando escucha las confesiones de damas refinadas y altamente educadas, que cuando escucha a aquellas penitentes de las clases más humildes.

Solemnemente testifico que la dama bien educada, cuando se ha rendido una vez al poder de su confesor, llega a ser por lo menos igual de vulnerable a las flechas del enemigo que la más pobre y menos educada. Es más, debo decir que, una vez en el descendente camino de perdición, la dama de elevada crianza corre de cabeza al foso con una rapidez más deplorable que su hermana más humilde.

Todo Canadá es testigo de que hace unos pocos años, sucedió entre los más altos rangos sociales que el Gran Vicario Superior del colegio de Montreal, estaba eligiendo sus víctimas, cuando el clamor público de indignación y vergüenza forzó al Obispo a enviarlo de regreso a Europa, donde, poco después, murió. ¿No fue entre las más altas clases sociales que un superior del Seminario de Quebec estaba destruyendo almas, cuando fue detectado, y forzado durante una noche oscura, a huir y a esconderse detrás de las murallas del Monasterio Trapense de Iowa?
Muchos serían los grandes tomos que tendría para escribir, si publicara todo lo que mis veinticinco años de experiencia en el confesionario me han enseñado sobre la inexpresable corrupción secreta de la mayor parte de las así llamadas damas respetables, quienes se han rendido incondicionalmente en las manos de sus santos (?) confesores. Pero el siguiente hecho será suficiente para aquellos que tienen ojos para ver, oídos para oír, y una inteligencia para entender:

En uno de los más hermosos y prósperos pueblos junto al Río San Lawrence, vivía un rico comerciante. Él era joven, y su matrimonio con una sumamente encantadora, rica y dotada dama lo había hecho uno de los hombres más felices de la tierra.

Unos pocos años después de su casamiento, el Obispo destinó a aquel pueblo a un joven sacerdote, realmente admirable por su elocuencia, celo, y amables cualidades; y el comerciante y el sacerdote pronto se conectaron por lazos de la más sincera amistad.

La joven y completa esposa del comerciante pronto se convirtió en la mujer modelo del lugar bajo la dirección de su nuevo confesor.

Muchas y largas eran las horas que ella acostumbraba a pasar junto a su padre espiritual para ser purificada y esclarecida por sus piadosos consejos. Ella pronto fue vista a la cabeza de los pocos que tenían el privilegio de recibir la santa comunión una vez por semana. El esposo que era un buen Católico Romano, bendijo a Dios y a la Virgen María, porque tenía el privilegio de vivir con semejante ángel de piedad.

Nadie tuvo la mínima sospecha de lo que estaba sucediendo bajo aquel santo y blanco manto de la más exaltada piedad. Nadie excepto Dios y sus ángeles, podía oír las preguntas hechas por el sacerdote a su bella penitente, y las respuestas dadas durante las largas horas de conversación privada en la casilla del confesionario. ¡Nadie excepto Dios podía ver los fuegos infernales que estaban devorando los corazones del confesor y su víctima! Por casi un año, el joven sacerdote y su paciente espiritual disfrutaron, en aquellas conversaciones íntimas y secretas, todos los placeres que los amantes sienten cuando pueden hablar libremente el uno al otro de sus secretos pensamientos y de su amor.

Pero esto no era suficiente para ellos. Ambos querían algo más real; aunque las dificultades eran grandes, y parecían insuperables. El sacerdote tenía a su madre y su hermana con él, cuyos ojos eran demasiado astutos como para permitirle invitar a la dama a su propia casa para algún propósito criminal, y el joven esposo no tenía negocios, a una distancia, que pudieran mantenerlo el tiempo suficiente fuera de su feliz hogar como para permitirle al confesor del Papa que lograra sus diabólicos deseos.

Pero cuando una pobre caída hija de Eva tiene resuelto hacer una cosa, pronto encuentra los medios, particularmente si una educación elevada fue añadida a su sagacidad natural.

Y en este caso, como en muchos otros de naturaleza similar que me han sido revelados, ella pronto descubrió como lograr su objetivo sin comprometerse a sí misma o a su santo (?) confesor. Un plan fue pronto encontrado y entusiatamente acordado; y ambos esperaron pacientemente su oportunidad.

"¿Por qué no has ido a misa hoy y no has recibido la santa comunión, mi querida?" dijo el esposo. "Yo había ordenado al sirviente que preparara al caballo en el carruaje ligero para ti, como es usual." "No estoy muy bien, mi amado; he pasado una noche de insomnio por un dolor de cabeza." "Haré llamar al médico", contestó el esposo.

"Sí, mi querido, haz llamar al médico—quizás me hará bien."

Una hora después llegó el médico, y encontró a su bella paciente un poco afiebrada, declaró que no había nada serio, y que ella pronto estaría bien. Le dio un pequeño polvo, para ser tomado tres veces al día, y se fue; pero a las nueve de la noche, ella se quejaba de un gran dolor en el pecho, y pronto se desmayó y cayó al suelo.

El doctor fue otra vez inmediatamente buscado, pero no estaba en su casa; tomó alrededor de media hora antes de que pudiera venir. Cuando llegó, la alarmante crisis había acabado— ella estaba sentada en un sillón, con algunas mujeres vecinas, que estaban aplicándole agua fría y vinagre a su frente.

El médico estaba realmente con dudas para decir la causa de una enfermedad tan repentina. Finalmente, dijo que podría ser un ataque de "ver solitaire", (lombriz solitaria). Afirmó que esto no era peligroso; que sabía como curarla. Ordenó que se ingiriera algún nuevo polvo, y se fue, después de haber prometido regresar al día siguiente. Media hora después, ella comenzó a quejarse de un dolor sumamente terrible en su pecho, y se desmayó de nuevo; pero antes de hacerlo, dijo a su esposo: "Mi querido, tú vez que el médico no entiende absolutamente nada de la naturaleza de mi enfermedad. No tengo la más mínima confianza en él, porque siento que sus polvos me empeoran. No quiero verle más. Sufro más de lo que supones, mi amado; y si no hay un cambio pronto, para mañana puedo estar muerta. Él único médico que quiero es nuestro santo confesor, por favor date prisa para ir a traerlo. Quiero hacer una confesión general, y recibir el santo viáticum (la comunión) y la extremaunción antes de ponerme peor."

Fuera de sí por la ansiedad, el perturbado esposo ordenó que fuera preparado el caballo para el carruaje ligero, e hizo que le acompañara su sirviente sobre el lomo del caballo, para hacer sonar la campana, mientras su pastor llevaba "el buen dios", (Le Bon Dieu), [la hostia], a su querida esposa enferma.

Encontró al sacerdote leyendo piadosamente su breviarium (su libro de oraciones diarias), y admiró la caridad y prontitud con que su buen pastor, en esa noche oscura y helada, estaba listo para dejar su cálida y confortable casa parroquial ante la primer solicitud de ayuda de la enferma. En menos de una hora, el esposo había llevado al sacerdote con "el buen dios" desde la iglesia hasta la habitación de su esposa.

A lo largo del camino, el sirviente había hecho sonar una gran campana de mano, para despertar a los campesinos dormidos, quienes, ante el sonido, debían saltar, medio desnudos, fuera de sus camas, y adorar, arrodillados, con sus rostros abatidos en el suelo, "al buen dios" que estaba siendo llevado a la enferma por el santo (?) sacerdote.

Al llegar, el confesor, con toda la apariencia de sincera piedad, depositó "el buen dios" (Le Bon Dieu) sobre una mesa ricamente preparada para una ocasión tan solemne, y, acercándose a la cama, inclinó su cabeza hacia su penitente, y le preguntó cómo se sentía.

Ella le respondió: "Estoy muy enferma, quiero hacer una confesión general antes de morir."
Hablando a su esposo, le dijo, con una voz tenue: "Por favor, mi querido, di a mis amigos que se retiren de la habitación, para que no pueda ser distraída cuando haga lo que puede ser mi última confesión."

El esposo requirió respetuosamente a los amigos que dejaran la habitación con él, y cerró la puerta, para que el santo confesor pudiera estar solo con su penitente durante su confesión general.
Uno de los planes más diabólicas, bajo el pretexto de la confesión auricular, había resultado perfectamente. La madre de las rameras, la gran encantadora de las almas, cuya sede está en la ciudad de las "siete colinas", tenía allí, su sacerdote para traer vergüenza, desgracia, y maldición, bajo la máscara del Cristianismo.

El destructor de almas, cuya obra maestra es la confesión auricular, tenía allí, por millonésima vez, una nueva oportunidad de insultar al Dios de la pureza por medio de una de las acciones más criminales que las oscuras sombras de la noche pueden ocultar.

Pero pongamos un velo sobre las abominaciones de esa hora de iniquidad, y dejemos al infierno sus oscuros secretos.
Después de haber consumado la ruina de su víctima y de haber abusado de la manera más cruel y sacrílega de la confianza de su amigo, el joven sacerdote abrió la puerta de la habitación y dijo, con un aire santurrón: "Ahora pueden entrar a orar conmigo, mientras doy el último sacramento a nuestra querida hermana enferma."

Ellos entraron; "el buen dios" (Le Bon Dieu) fue dado a la mujer; y el esposo, lleno de gratitud por la considerada atención de su sacerdote, lo llevó a su casa parroquial, y le agradeció muy sinceramente por haber ido a visitar tan amablemente a su esposa en una noche tan helada.

Diez años más tarde fui llamado a predicar un retiro, (una especie de avivamiento) en esa misma parroquia. Esa dama, entonces una absoluta extraña para mí, vino a mi casilla del confesionario y me confesó aquellos detalles como los doy ahora. Ella parecía estar realmente arrepentida, y le di la absolución y el perdón total de sus pecados, como mi Iglesia me dijo que hiciera. En el último día del avivamiento, el comerciante me invitó a una gran cena. Fue entonces que llegué a conocer quien había sido mi penitente. ¡No debo olvidar mencionar que ella me había confesado que, de sus cuatro hijos, los tres últimos pertenecían a su confesor! Él había perdido a su madre, y, habiéndose casado su hermana, su casa parroquial había llegado a ser más accesible a sus bellas penitentes, muchas de las cuales se aprovecharon de esa oportunidad para practicar las lecciones que habían aprendido en el confesionario. El sacerdote había sido trasladado a una posición superior, donde, más que nunca, disfrutó la confianza de sus superiores, el respeto del pueblo, y el amor de sus penitentes femeninas.

Nunca en mi vida me sentí tan avergonzado como cuando estuve en la mesa de aquel hombre tan cruelmente victimizado. Apenas comenzamos a tomar nuestra cena cuando me preguntó si había conocido al anterior pastor de ellos, el amable Rev. Sr. _.
Le contesté: "Sí, señor, lo conozco."
"¿No es él un sacerdote sumamente cabal?"
"Sí, señor, él es un hombre sumamente cabal", le contesté.
"¿Por qué es?", replicó el buen comerciante, "¿que el Obispo lo ha quitado de entre nosotros? Él estaba haciendo tanto bien aquí; había ganado tan merecidamente la confianza de todos por su piedad y sus corteses modales que hicimos todos los esfuerzos para mantenerlo con nosotros. Yo mismo redacté una petición, que firmó todo el pueblo, para inducir al Obispo para que le permitiera permanecer en nuestro medio; pero fue en vano. Su señoría nos respondió que lo quería para un lugar más importante, por causa de su rara habilidad, y debimos ceder. Su celo y consagración no conocían límites; en las noches más oscuras y tormentosas siempre estaba listo para venir al primer llamado del enfermo; nunca olvidaré cuan rápida y animadamente respondió a mi solicitud, hace unos pocos años, yo fui, en una de nuestras noches más frías, a requerirle que visitara a mi esposa, quien estaba muy enferma."

En esta etapa de la conversación, debo confesar que casi me reí abiertamente. La gratitud de ese pobre crédulo del confesionario con el sacerdote que había traído vergüenza y
destrucción a su hogar, y la idea de ese mismo hombre yendo a llevar a su casa al corruptor de su propia esposa, me parecía tan ridícula que por un momento, debí hacer un esfuerzo sobrehumano para controlarme.

Pero pronto fui traído a mi mejor juicio por la vergüenza que sentí ante la idea de la inenarrable degradación y la secreta infamia del clero del cual yo era un miembro. En ese momento, cientos de casos de similar, si no de mayor, depravación, que me habían sido revelados por medio del confesionario, vinieron a mi mente, y me angustiaron y disgustaron tanto que mi lengua estaba casi paralizada.

Después de la comida, el comerciante pidió a su señora que llamara a los niños para que pudiera verlos, y no pude sino admirar la belleza de ellos. Pero no necesito decir que el placer de ver aquellos entrañables y preciosos pequeños fue muy arruinado por el secreto, aunque seguro, conocimiento que tenía, de que los tres más jóvenes eran los frutos de la inenarrable depravación de la confesión auricular en las clases más altas de la sociedad.

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