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La confesión auricular destruye todos los sagrados vínculos del matrimonio y de la sociedad humana - Capítulo VI

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

¡No! Seguro que no.

¿Cómo es entonces, que ese mismo banquero permite a ese sacerdote que abra el corazón de su esposa, manipule su alma, y curiosee en las habitaciones más sagradas de sus más íntimos y secretos pensamientos?

¿¡No son el corazón, el alma, la pureza, y el autorespeto de su esposa tesoros tan grandes y preciosos como la seguridad de su banco!? ¿No son los riesgos y los peligros de las tentaciones, imprudencias e indiscreciones, muchos más grandes y más irreparables en el segundo caso que en el primero?

¿Permitiría el joyero o el orfebre que su sacerdote venga, cuando deseara, y manipulara los ricos artículos de su tienda, que registrara de arriba abajo el escritorio donde es depositado el dinero, y que jugara con éste como le plazca?

¡No! Seguro que no.

¿Pero no son el corazón, el alma, y la pureza de su querida esposa e hija mil veces más valiosos que sus piedras preciosas, o sus mercancías de plata y oro? ¿No son los peligros de tentación y falta de tacto, para el sacerdote, más formidables e irresistibles en el segundo caso que en el primero?

¿Permitiría el dueño de caballos que su sacerdote tomara sus caballos más valiosos y difíciles de manejar, cuando él deseara, y los condujera solo, sin ninguna otra consideración y seguridad que la prudencia de su sacerdote?

¡No! Seguro que no.

Ese dueño de caballos sabe que sería arruinado pronto si hiciera así. Cualquiera pudiera ser su confianza en la discreción, honestidad, y prudencia de su sacerdote, él nunca llevará tan lejos su confianza como para darle el control incondicional de los nobles y briosos animales que son la gloria de sus establos y el sostén de su familia.

¿Cómo puede entonces, el mismo hombre confiar la entera y absoluta dirección de su esposa y sus queridas hijas al control de aquel, a quien no confiaría sus caballos?

¿No son su esposa e hijas tan preciosas para él como aquellos caballos? ¿No hay mayores peligros de falta de tacto, malos manejos, errores irreparables y fatales de parte del sacerdote, tratando solo con su esposa e hijas, que cuando conduce caballos? Ningún acto de insensatez, depravación moral, y carencia de sentido común puede igualar al permiso dado por un hombre a su esposa para ir y confesarse con el sacerdote.

¡Ese día, él renuncia a la noble—yo casi dije divina—dignidad de marido; porque es de parte de Dios que la posee; su corona es perdida para siempre, su autoridad quebrantada!

¿Qué haría usted a alguno que fuera lo bastante ruin como para espiar o escuchar a través del ojo de la cerradura de su puerta con el fin de oír o ver algo que fuera dicho o hecho adentro? ¿Mostraría usted tan poco autorespeto como para tolerar semejante indiscreción? ¿No tomaría más bien un látigo o un bastón, y echaría al villano? ¿Incluso no pondría en peligro su vida para librarse de su insolente curiosidad?

¿Pero qué es el confesionario? sino el ojo de la cerradura de su casa y de su propia habitación, a través del cual el sacerdote puede oír y ver sus más secretas palabras y acciones; no, es más, conocer sus más íntimos pensamientos y aspiraciones.

¿Son ustedes dignos del nombre de hombres cuando se someten a tan maliciosa e insultante inquisición? ¿Merecen el nombre de hombres, quienes aceptan dar lugar a tan innoble ofensa y humillación?

"El marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia". "Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo." (Efesios v). Si estas solemnes palabras son los verdaderos oráculos de la sabiduría divina, ¿no es el marido designado divinamente el único orientador, consejero, y ayuda de su esposa, exactamente como Cristo es el único orientador, consejero, y ayuda de su Iglesia?

Si el Apóstol no era un impostor cuando dijo que la esposa es para su marido lo que el cuerpo es para la cabeza, y que el marido es para su esposa lo que la cabeza es para el cuerpo: ¿no es el marido designado por Dios para ser la luz y la guía de su esposa? ¿No es su deber, así como su privilegio y gloria, consolarla en sus aflicciones, fortalecerla en sus horas de debilidad, sostenerla de pie cuando está en peligro de desmayar, y animarla cuando está en los escarpados y empinados caminos de la vida?

Si Cristo no ha venido para engañar al mundo por medio de su Apóstol, ¿no debe la esposa acudir a su marido para recibir consejo? ¿No debe ella esperar de él, y de él solo, después de Dios, la luz que ella quiere y el consuelo del que está necesitada? ¿No es a su marido, y a él solo, después de Dios, a quién ella debe recurrir por socorro en sus días de prueba? ¿No es bajo su único liderazgo que ella debe luchar la batalla de la vida y vencer? ¿No es este mutuo y cotidiano compartir de las ansiedades de la vida, este constante apoyarse en el campo de batalla, y esta recíproca y mutua protección y ayuda renovada en cada hora del día, lo que forma, bajo los ojos y por la misericordia de Dios, los más santos y puros encantos de la vida en matrimonio? ¿No es esa confianza sin reservas unos con otros lo que mantiene juntos a aquellos eslabones de oro del amor Cristiano que los hace felices en el mismo centro de las pruebas de la vida? ¿No es solamente por medio de esta confianza mutua que ellos son uno como Dios quiere que sean uno? ¿No es en esta unidad de pensamientos, temores y esperanzas, alegría y amor, que viene de Dios, que ellos pueden cruzar con ánimo el espinoso valle, y alcanzar sin ningún daño la tierra Prometida?

¡El Evangelio dice que el marido es a su esposa lo que Cristo es a su Iglesia! ¿No es, entonces, una sumamente sacrílega iniquidad para una esposa recurrir a otro antes que a su propio marido para obtener tal consejo, sabiduría, fortaleza, y vida, como él está autorizado, capacitado, y listo para ofrecer? Así como ningún otro hombre tiene el derecho al amor de ella, así ningún otro hombre tiene derecho alguno a su absoluta confianza. Así como ella se hace una adúltera el día que da su cuerpo a otro hombre, ¿es ella menos adúltera el día que da su confianza y encomienda su alma a un extraño? El adulterio del corazón y el alma no es menos criminal que el adulterio del cuerpo; y cada vez que la esposa va a los pies del sacerdote para confesarse, ¿no se hace culpable de esa iniquidad?

En la Iglesia de Roma, por medio del confesionario, el sacerdote es mucho más el marido de la esposa que el hombre con el que se casó al pie del altar. El sacerdote tiene la mejor parte de la esposa. Él tiene la médula, cuando el marido tiene los huesos. Él tiene el jugo de la naranja, el marido la cáscara. Él tiene el alma y el corazón, el marido el esqueleto. Él tiene la miel, el marido el panal vacío. Él tiene la suculenta ostra, el marido el caparazón seco. Así como el alma es más elevada que el cuerpo, tanto más altos son los poderes y privilegios del sacerdote que los poderes y privilegios del marido en la mente de la esposa penitente. Como el marido es el señor del cuerpo que alimenta, así el sacerdote es el señor del alma y el corazón, que también alimenta. La esposa, entonces, tiene dos señores y amos, a quienes debe amar, respetar y obedecer. ¿No dará ella la mejor parte de su amor, respeto y sumisión a uno que, ante su mente, está mucho más arriba que el otro como los cielos están por encima de la tierra? Pero como ella no puede servir a dos amos a la vez, ¿no será el amo que la prepara y capacita para una vida eterna de gloria, ciertamente el objeto de su constante, real, y más ardiente amor, gratitud, y respeto, cuando el terrenal y pecador hombre con quien ella está casada, tendrá solamente la apariencia y las migajas de aquellos sentimientos? ¿Ella naturalmente e instintivamente no servirá, amará, respetará, y obedecerá, como señor y maestro, al piadoso hombre, cuyo yugo es tan liviano, tan santo, tan divino, antes que al hombre carnal, cuyas imperfecciones humanas son para ella una fuente de pruebas y sufrimientos diarios?

En la Iglesia de Roma, los pensamientos y deseos, los secretos gozos y temores del alma, la misma vida de la esposa, son cosas selladas para el marido. Él no tiene el derecho a mirar dentro del santuario del corazón de ella; él no tiene el remedio para aplicar al alma; él no tiene la misión de Dios para aconsejarla en las oscuras horas de sus ansiedades; él no tiene el bálsamo para aplicar a las sangrantes heridas, tan frecuentemente recibidas en las batallas diarias de la vida; él debe permanecer como un perfecto extraño en su propia casa.
La esposa, esperando nada de su marido, no tiene revelación para hacerle, favor para pedirle, ni deuda de gratitud que pagar. No, ella cierra todas las avenidas de su alma, todas las puertas y ventanas de su corazón, contra su marido. El sacerdote, y sólo el sacerdote, tiene un derecho a su total confianza; a él, y sólo a él, irá ella y revelará todos sus secretos, mostrará todas sus heridas; a él, y sólo a él, ella dirigirá su mente, su corazón y alma, en la hora de preocupación y ansiedad; de él y sólo de él, pedirá y esperará la luz y el consuelo que necesita. Todos los días, más y más, su marido se hará un extraño para ella, si no se hace una verdadera molestia, y un obstáculo a su felicidad y paz.

Sí, a través del confesionario, la Iglesia de Roma ha cavado un abismo insondable, entre el corazón de la esposa y el corazón del esposo. Sus cuerpos pueden estar muy cerca uno del otro, pero sus almas, sus verdaderos afectos y confianza están a una distancia mayor que la que hay entre el polo norte y el polo sur de la tierra. ¡El confesor es el amo, el gobernador, el rey del alma; el marido, como el guardián de un cementerio, debe estar satisfecho con el esqueleto!

El marido tiene el permiso para mirar el exterior del palacio; está autorizado a apoyar su cabeza sobre el frío mármol de los peldaños externos; pero el confesor camina triunfantemente en los misteriosos deslumbrantes aposentos, examina con comodidad sus innumerables e inenarrables maravillas; y, sólo él está autorizado a reposar su cabeza sobre los blandos almohadones de la confianza ilimitada, el respeto, y el amor de la esposa.

¡En la Iglesia de Roma, si el marido pide un favor a su esposa, nueve de diez veces ella preguntará a su padre confesor si puede concederle o no su petición; y el pobre marido tendrá que esperar pacientemente el permiso del amo, o la reprensión del señor, de acuerdo a la respuesta del oráculo que debió ser consultado! ¡Si él se pone impaciente bajo el yugo, y murmura, la esposa, prontamente, irá a los pies de su confesor, para decirle cómo tuvo la mala suerte de estar unida al hombre más irracional, y cómo debe sufrir por él! ¡Ella revela a su "querido padre" cuán infeliz es bajo semejante yugo, y cómo su vida sería una carga insoportable, si no hubiera tenido el privilegio y la felicidad de venir tan frecuentemente ante sus pies, para depositar sus pesares, oír sus comprensivas palabras, y obtener su afectuoso y paternal consejo! Ella le dice, con lágrimas de gratitud, que sólo cuando está a su lado, y a sus pies, encuentra reposo para su alma cansada, un bálsamo para su corazón sangrante, y paz para su atribulada conciencia.

Cuando vuelve del confesionario, sus oídos están por mucho tiempo como con una música celestial: las respetadas palabras de su confesor resuenan por muchos días en su corazón; se siente triste por estar separada de él; su imagen está constantemente en su mente, y el recuerdo de sus amabilidades es uno de sus pensamientos más gratos. No hay nada que a ella le guste tanto como hablar de sus buenas cualidades, su paciencia, su piedad, su caridad; anhela el día cuando irá de nuevo a confesarse y a pasar algunas horas al lado de ese hombre angelical, exponiéndole todos los secretos de su corazón, y revelándole todos sus disgustos. ¡Le dice cómo lamenta que no pueda venir más a menudo, y recibir los beneficios de sus caritativos consejos; ni siquiera le oculta cuan frecuentemente, en sus sueños, se siente tan feliz por estar con él! Cada día se ensancha más y más la brecha entre ella y su esposo. ¡Cada día lamenta más y más que no tenga la felicidad de ser la esposa de un hombre tan santo como su confesor! ¡Oh! ¡si esto fuera posible! Pero entonces, ella se ruboriza o sonríe, y canta una canción.

Entonces pregunto nuevamente, ¿quién es el verdadero señor, el gobernador, y el amo en esa casa? ¿Por quién late y vive el corazón?
Así es como ese estupendo engaño, el dogma de la confesión auricular, destruye completamente todos los vínculos, los gozos, las responsabilidades, y los divinos privilegios de la vida matrimonial, y los transforma en una vida de perpetuo, aunque disimulado, adulterio. Se hace totalmente imposible en la Iglesia de Roma, que el marido sea uno con su esposa, y que la esposa sea uno con su marido: entre ambos ha sido puesto un "ser monstruoso", llamado confesor. ¡Nacido en las edades más oscuras del mundo, ese ser ha recibido del infierno su misión para destruir y contaminar las más puras alegrías de la vida matrimonial, para esclavizar a la esposa, deshonrar al esposo, y maldecir al mundo!

Cuanto más es practicada la confesión auricular, más son pisoteadas las leyes de moralidad pública y privada. El marido quiere que su esposa sea para él—él no acepta, y no podría aceptar, compartir su autoridad sobre ella con nadie: él quiere ser el único hombre que tendrá su confianza y su corazón, así como su respeto y amor. Y entonces, en el mismo momento en que él percibe la oscura sombra del confesor viniendo entre él y la mujer de su elección, prefiere evitar entrar en el sagrado vínculo; los santos gozos del hogar y la familia pierden su divina atracción; prefiere la fría vida de un celibato ignominioso antes que la humillación y oprobio de los cuestionables privilegios de una paternidad incierta.

Francia, España, y muchos otros países Católico-Romanos, son así testigos de la multitud de aquellos célibes aumentando cada año. El número de familias y nacimientos, en consecuencia, está disminuyendo rápidamente en medio de ellos; y, si Dios no realiza un milagro para detener a estas naciones en su curso descendente, es fácil calcular el día cuando deberán su existencia a la tolerancia y piedad de las poderosas naciones Protestantes que las rodean.

¿Por qué es que el pueblo Católico Romano irlandés está tan irreparablemente degradado y vestido con harapos? ¿Por qué es que ese pueblo, al cual Dios ha dotado con tantas nobles cualidades, parece estar tan privado de inteligencia y autorespeto para gloriarse en su propia vergüenza? ¿Por qué es que su tierra ha sido por siglos la tierra de sangrientos disturbios y cobardes asesinatos? La causa principal es la esclavitud de las mujeres irlandesas, por medio del confesionario. Todos saben que la esclavitud espiritual y la degradación de la mujer irlandesa no tiene límites. Después que ella, a su vez, haya esclavizado y degradado a su esposo y a sus hijos, Irlanda será un objeto de lástima; será pobre, miserable, turbulenta, sanguinaria, degradada, en la medida en que rechace a Cristo, para ser gobernada por el padre confesor, plantado en cada parroquia por el Papa.

¿Quién no ha quedado admirado y entristecido por la caída de Francia? ¿Cómo es que sus ejércitos alguna vez tan poderosos han desaparecido, que sus valientes hijos han sido tan fácilmente conquistados y desarmados? ¿Cómo es que Francia, caída impotente a los pies de sus enemigos, ha aterrorizado al mundo con el espectáculo de las increíbles, sangrientas, y salvajes locuras de la Comuna? [N. de t.: la Comuna fue una revolución en París en el año 1871]. No busquen las causas de la caída, humillación, y miserias inexpresables de Francia en ningún otro lugar que el confesionario. ¿No ha rechazado obstinadamente a Cristo ese gran país durante siglos? ¿No ha matado o enviado al exilio a sus más nobles hijos, que querían seguir el Evangelio? ¿No ha dado sus bellas hijas en manos de los confesores, quienes las han contaminado y degradado? ¿Cómo podía la mujer, en Francia, enseñar a su esposo e hijos a amar la libertad, y a morir por ésta, cuando ella misma fue una miserable, una vil esclava? ¿Cómo podía amoldar a su esposo e hijos con las virtudes varoniles de héroes, cuando su propia mente fue contaminada y su corazón corrompido por el Sacerdote?

La mujer francesa ha rendido incondicionalmente la noble y bella ciudadela de su corazón, su inteligencia, y su autorespeto femenino en las manos de su confesor mucho antes de que sus hijos rindieran sus espadas a los alemanes en Sedán y París.

La primera rendición incondicional ha llevado a la segunda.

La completa destrucción moral de la mujer por el confesor en Francia ha sido un trabajo de mucho tiempo. A requerido siglos para doblegar, quebrar, y esclavizar a las nobles hijas de Francia. Sí; pero aquellos que conocen Francia, saben que esa destrucción ahora es tan completa como lamentable. La caída de la mujer en Francia, y su degradación suprema por medio del confesionario, es ahora un asunto hecho, que nadie puede negar; las mentes más elevadas lo han visto y reconocido. Uno de los más profundos pensadores de ese desventurado país, Michelet, ha descripto esa suprema e irrecuperable degradación en un libro sumamente elocuente: "El Sacerdote, La Mujer, La Familia"; y ninguna voz se levantó para negar o refutar lo que él ha dicho. Aquellos que tienen algún conocimiento de historia y filosofía saben muy bien que la degradación moral de la mujer es pronto seguida en todas partes por la degradación moral de la nación, y la degradación moral de la nación es muy pronto seguida por la ruina y el derrumbe.

La nación francesa ha sido formada por Dios para ser una raza de gigantes. Ellos fueron caballerescos y valientes; tuvieron inteligencias brillantes, corazones robustos, brazos fuertes y una espada poderosa. Pero como la más dura roca de granito cede y se quiebra bajo la gota de agua que cae incesantemente sobre ella, así esa gran nación se ha tenido que quebrar y caer en pedazos bajo, no la gota, sino los ríos de impuras aguas que, por siglos, han fluido incesantemente sobre ella desde la fuente pestilente del confesionario. "La justicia engrandece la nación: Mas el pecado es afrenta de las naciones." (Proverbios xiv).

En los repentinos cambios y revoluciones de estos últimos días, Francia también está participando; y la Iglesia de Roma ha recibido un golpe allí, que, aunque quizás sólo temporario, ayudará a despertar al pueblo de la corrupción y el fraude del sacerdocio.
¿Por qué es que España es tan miserable, tan débil, tan pobre, desgarrando tan loca y cruelmente su propio pecho, y tiñendo de carmesí sus bellos valles con la sangre de sus propios hijos? La principal, si no la única, causa de la caída de esa gran nación es el confesionario. Allí, también, el confesor ha corrompido, degradado y esclavizado a las mujeres, y las mujeres a su vez han corrompido y degradado a sus esposos e hijos. Las mujeres han sembrado por todas partes en su país las semillas de esa esclavitud, de esa falta de honestidad, justicia, y autorespeto Cristiano con los cuales ellas fueron imbuidas primeramente en el confesionario.

Pero cuando usted ve, sin una sola excepción, a las naciones cuyas mujeres beben las aguas impuras y venenosas, que fluyen desde el confesionario, declinando tan rápidamente, ¿no se asombra de cuán rápidamente están surgiendo las naciones vecinas, que han destruido aquellos antros de impureza, prostitución, y vil esclavitud? ¡Qué maravilloso contraste está delante de nuestros ojos! Por un lado, las naciones que permiten que las mujeres sean degradadas y esclavizadas a los pies de su confesor—Francia, España, la Irlanda romanista, Méjico, etc., etc.,—están caídas en el polvo, sangrantes, peleando, sin poder, como el gorrión cuyas entrañas son devoradas por el buitre.

¡De forma opuesta, vea cómo las naciones cuyas mujeres lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero, están ascendiendo, como sobre alas de águila, a las más elevadas regiones de progreso, paz, y libertad!

Si los legisladores pudieran entender alguna vez el respeto y la protección que deben brindar a las mujeres, prohibirían pronto, con leyes estrictas, la confesión auricular como contraria a las buenas costumbres y al bienestar de la sociedad; porque, aunque los defensores de la confesión auricular han tenido éxito, hasta cierto punto, en cegar al público, y en tapar las abominaciones del sistema bajo un mentiroso manto de santidad y religión, ésta no es otra cosa que una escuela de impureza.

Yo digo más que eso. Después de veinticinco años de oír las confesiones de la gente común y de las clases más altas de la sociedad, de los laicos y de los sacerdotes, de los grandes vicarios y de los obispos y de las monjas; digo según la conciencia ante el mundo, que la inmoralidad del confesionario es de una naturaleza más peligrosa y degradante que la que atribuimos a la maldad social de nuestras grandes ciudades. El daño causado a la inteligencia y al alma en el confesionario, como una regla general, es de una naturaleza más peligrosa y más irremediable, porque no es sospechada ni entendida por sus víctimas.

La desdichada mujer que vive una vida inmoral conoce su profunda miseria; ella a menudo se siente avergonzada y llora por su degradación; oye, de todas partes, voces que le piden que salga de esos caminos de perdición. Casi a toda hora del día y la noche, el clamor de su conciencia le advierte contra la desolación y el sufrimiento de una eternidad pasada lejos de las regiones de santidad, luz, y vida. Todas aquellas cosas son muchas veces medios de gracia, en las manos de nuestro misericordioso Dios, para despertar la mente, y para salvar al alma culpable. ¡Pero en el confesionario el veneno es administrado bajo el nombre de un agua pura y refrescante; el golpe mortal es asestado por una espada tan bien aceitada que la herida no es sentida; las nociones e ideas más viles e impuras, bajo la forma de preguntas y respuestas, son presentadas y aceptadas como el pan de vida! Todas las nociones de modestia, pureza, y autorespeto y delicadeza femeninos, son puestas a un lado y olvidadas para aplacar al dios de Roma. En el confesionario se dice a la mujer, y ella lo cree, que no hay pecado en oír cosas que harían sonrojar a la más vil, que no hay pecado en decir cosas que harían vacilar a la más desesperadamente ruin de las calles de Londres, que no hay pecado en conversar con su confesor sobre asuntos tan inmundos que, si se intentaran expresar en la vida civil, excluirían para siempre de la sociedad de los virtuosos a quien lo hiciera.

Sí, el alma y la inteligencia contaminadas y destruidas en el confesionario son muchas veces irremediablemente contaminadas y destruidas. Ellas están hundiéndose en una perdición completa e irrecuperable; porque, al no conocer la culpa, no clamarán por misericordia-no sospechando la fatal enfermedad que está siendo fomentada, no llamarán al verdadero Médico. Evidentemente fue pensando de la inenarrable ruina de las almas de los hombres por medio de la maldad llegando al clímax con la maldad de los confesores del Papa, que el Hijo de Dios dijo: "si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo." A cada mujer, con muy pocas excepciones, que vuelve de estar a los pies de su confesor, los hijos de luz pueden decir: "Yo conozco tus obras que tienes nombre que vives, y estás muerta." (Apocalipsis III).

Nadie ha sido capaz todavía, ni será capaz jamás de responder las breves líneas siguientes, que envié hace algunos años al Rev. Sr. Bruyere, Vicario General Católico Romano de Londres, Canadá:

"Con mi cara ruborizada, y con arrepentimiento en mi corazón, confieso, ante Dios y el hombre, que yo he estado como usted, y con usted, por medio del confesionario, hundido por veinticinco años en ese insondable mar de iniquidad, en el cual los ciegos sacerdotes de Roma deben nadar día y noche.

"Yo debí aprender de memoria, como usted, las infames preguntas que la Iglesia de Roma fuerza a cada sacerdote a aprender. Yo debí hacer aquellas preguntas impuras, inmorales, a mujeres mayores y jóvenes, quienes me estaban confesando sus pecados. Estas preguntas—usted lo sabe—son de una naturaleza tal que ninguna prostituta se atrevería a hacerlas a otra. Aquellas preguntas, y las respuestas que provocan, son tan corruptoras, que ningún hombre en Londres—usted lo sabe—excepto un sacerdote de Roma, es lo suficientemente falto de toda percepción de vergüenza, como para hacerlas a una mujer.

"Sí, yo estaba obligado, en mi conciencia, como usted está obligado hoy, a poner en los oídos, la mente, la imaginación, la memoria, el corazón y alma de mujeres, preguntas de una naturaleza tal, la directa e inmediata consecuencia de las cuales—usted lo sabe bien—es llenar las mentes y los corazones tanto de los sacerdotes como de las mujeres penitentes, con pensamientos, fantasmas, y tentaciones de una naturaleza tan degradante, que no conozco palabras adecuadas para expresarlos. La antigüedad pagana nunca ha visto una institución más contaminante que el confesionario. No conozco nada más corrupto que la ley que fuerza a una mujer a decir sus pensamientos, deseos, y más secretos sentimientos y acciones a un sacerdote soltero. El confesionario es una escuela de perdición. Puede negar eso ante los Protestantes; pero no puede negarlo ante mí. Mi apreciado Sr. Bruyere, si usted me llama un hombre degradado, porque viví veinticinco años en la atmósfera del confesionario, tiene razón. Yo fui un hombre degradado, exactamente como usted mismo y como lo son hoy todos los sacerdotes, a pesar de sus negaciones. Si usted me llama un hombre degradado porque mi alma, mi mente, y mi corazón fueron, como lo son los suyos hoy, hundidos en las profundas aguas que fluyen del confesionario, yo confieso, '¡Culpable!' Yo fui degradado y contaminado por el confesionario, exactamente como lo son usted y todos los sacerdotes de Roma.

"Ha sido requerida toda la sangre de la gran Víctima, que murió en el Calvario por los pecadores, para purificarme; y oro que, por medio de la misma sangre, usted pueda ser purificado también."

Si los legisladores conocieran el respeto y la protección que deben brindar a las mujeres— repito—con las más severas leyes, prohibirían la confesión auricular como un crimen contra la sociedad.

No hace mucho tiempo, un impresor en Inglaterra fue enviado a prisión y fue severamente penado por haber publicado en inglés las preguntas hechas por el sacerdote a las mujeres en el confesionario; y la sentencia fue justa, porque todos los que leen aquellas preguntas concluirán que ninguna muchacha o mujer que pone su mente en contacto con los contenidos de ese libro puede escapar de la muerte moral. ¿Pero qué están haciendo los sacerdotes de Roma en el confesionario? ¿No pasan la mayor parte de su tiempo preguntando a mujeres, mayores y jóvenes, y oyendo sus respuestas, sobre aquellas mismas cuestiones? Si fue un crimen, punible por la ley, presentar aquellas preguntas en un libro, ¡¿no es un crimen mucho más punible por la ley, presentar aquellas mismas cosas a mujeres casadas y solteras por medio de la confesión auricular?!

Pregunto esto a todo hombre de sentido común. ¿Cuál es la diferencia entre una mujer o una muchacha aprendiendo aquellas cosas en un libro, o aprendiéndolas de los labios de un hombre? ¿Aquellas impuras, desmoralizantes sugerencias, no se sumergirán más profundamente en sus mentes, y se grabarán más fuertemente en su memoria, cuando son dichas por un hombre hablando con autoridad en el nombre del Dios Todopoderoso, que cuando son leídas en un libro que no tiene autoridad?

Les digo a los legisladores de Europa y América: "Lean por ustedes mismos aquellas horribles, inmencionables cosas"; y recuerden que el Papa tiene más de 100.000 sacerdotes cuya tarea principal es, poner aquellas mismas cosas en la inteligencia y la memoria de las mujeres que ellos atrapan en sus trampas. Supongamos que cada sacerdote oiga las confesiones de sólo cinco mujeres penitentes por día, (aunque sabemos que el promedio diario es diez): ¡esto da el terrible número de 500.000 mujeres a quienes los sacerdotes de Roma tienen el derecho legal a contaminar y destruir cada día del año!

¡Legisladores de las así llamadas naciones Cristianas y civilizadas! Les pregunto de nuevo: ¡¿Dónde está su coherencia, su justicia, su amor por la moral pública, cuando ustedes castigan tan severamente al hombre que ha impreso las preguntas hechas a las mujeres en el confesionario, mientras honran y dejan libre, y a menudo pagan a los hombres cuya vida pública y privada es gastada en diseminar exactamente el mismo veneno moral en una forma mucho más eficaz, escandalosa, y vergonzosa, bajo la máscara de la religión?!
El confesionario está en las manos del maligno, ¿qué es West Point para los Estados Unidos, y qué es Woolwich para Gran Bretaña?, un adiestramiento del ejército para luchar y para conquistar al enemigo. En el confesionario 500.000 mujeres cada día, y 182.000.000 cada año, son entrenadas por el Papa, en el arte de luchar contra Dios, destruyéndose a sí mismas y al mundo entero, por medio de toda imaginable clase de impureza y suciedad.

Una vez más, demando a los legisladores, los maridos y los padres en Europa, así como en América y en Australia, que lean en Dens, Liguori, Debreyne, en cada libro teológico de Roma, lo que sus esposas e hijas deben aprender en el confesionario.
Para escudarse, los sacerdotes de Roma recurren al siguiente miserable subterfugio: "¿No está el médico obligado", dicen ellos, "a ejecutar ciertas operaciones delicadas a las mujeres? ¿Se quejan ustedes por eso? ¡No! Ustedes dejan al médico solo; no les molestan en sus arduos y esmerados deberes. ¿Por qué, entonces, insultarían al médico del alma, el confesor, en el cumplimiento de sus santos, aunque delicados deberes?"

Respondo, primeramente: El arte y la ciencia del médico son aprobados y enaltecidos en muchas partes de las Escrituras. Pero el arte y la ciencia del confesor no se encuentran en los registros sagrados. La confesión auricular no es otra cosa que una sumamente estupenda impostura. Las inmundas e impuras preguntas del confesor, con las contaminantes respuestas que producen, fueron puestas por Dios mismo entre las acciones más diabólicas y prohibidas, el día que el Espíritu de Verdad, Santidad, y Vida escribió las imperecederas palabras: "Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca". (Efesios 4:29)

Segundo: El médico no está obligado por un juramento solemne a permanecer ignorante de las cosas que será su deber examinar y curar. ¡Pero el sacerdote de Roma está obligado, por el más ridículo e impío juramento de celibato, a permanecer ignorante de las mismas cosas que son el objeto diario de sus interrogatorios, observación, y pensamientos! ¡El sacerdote de Roma ha jurado que jamás gustará de los frutos con que alimenta su imaginación, su memoria, su corazón, y su alma día y noche! El médico es honesto en la ejecución de sus deberes; pero el sacerdote de Roma se convierte, realmente, en un hombre perjuro, cada vez que entra en la casilla del confesionario.

Tercero: Si una dama tiene una pequeña lastimadura en su dedo meñique, y está obligada a ir al médico para ser curada, ella sólo debe mostrar su dedo meñique, permitir que le sea aplicado el yeso o el ungüento, y todo está listo. El médico nunca—jamás—dice a esa dama: "Es mi deber sospechar que usted tiene muchas otras partes de su cuerpo que están enfermas; yo estoy obligado por mi conciencia, bajo pena de muerte, a examinarla desde la cabeza hasta los pies, para salvar su preciosa vida de aquellas secretas enfermedades, que pueden matarla si no son curadas ya mismo. Varias de aquellas enfermedades son de una naturaleza tal que usted quizás nunca osaría examinarlas con la atención que se merecen, y usted apenas está consciente de ellas. Yo se, señora, que es algo muy penoso y delicado para ambos, usted y yo, que sea obligado a hacer ese completo examen de su persona; sin embargo, no hay otra opción; estoy moralmente obligado a hacerlo. Pero no debe temer. Soy un hombre santo, que ha hecho un voto de celibato. Estamos solos; ni su esposo ni su padre jamás conocerán las secretas dolencias que puedo encontrar en usted; ellos nunca siquiera sospecharán la perfecta investigación que haré, y serán, para siempre, ignorantes del remedio que aplicaré".

¿Alguna vez un médico ha sido autorizado a hablar o a actuar de esta manera con alguna de sus pacientes femeninas?

¡No,—nunca! ¡nunca!

Pero este es el modo exacto como actúa el médico espiritual, por medio de quien el diablo esclaviza y corrompe a las mujeres. ¡Cuando la bella, honesta, y tímida paciente acude al confesor, para mostrarle la pequeña lastimadura en el dedo meñique de su alma, el confesor está obligado por su conciencia a sospechar que ella tiene otras lastimaduras—secretas y avergonzantes lastimaduras! Sí, él está obligado, nueve de cada diez veces; y siempre le es permitido suponer que ella no se atrevería a revelarlos! ¡Entonces le es aconsejado por la Iglesia a inducir a ella a que le permita buscar en cada rincón del corazón, y del alma, y a indagar acerca de toda clase de contaminaciones, impurezas, secretos y cuestiones avergonzantes e indecibles! El joven sacerdote es entrenado en el diabólico arte de entrar en los más sagrados recovecos del alma y el corazón, casi a pesar de sus penitentes. Podría traer cientos de teólogos como testigos de la verdad que digo aquí, pero es suficiente ahora citar sólo tres:

"Para que el confesor no vacile indolentemente en delinear las circunstancias de cualquier pecado, debe tener alistado la siguiente lista de circunstancias:

"Quis, quid, ubi, quibus auxiliis, cur, quomodo, quando. Quién, cuál, dónde, con quién, por qué, cómo, cuándo." (Dens, Vol. 6, pág. 123. Liguori, vol. 2, pág. 464).

El célebre libro de los Sacerdotes, "El Espejo del Clero", página 357, dice:

"Oportet ut Confessor solet cognoscere quid quid debet judicare. Deligens igitur inquisitor et subtillis investigator sapienter, quasi astute, interrogat a peccatore quod ignorat, vel verecundia volit occultare."

"Es necesario que el confesor conozca todo lo que debe juzgar. Que interrogue a los pecadores entonces, con sabiduría y sutileza, sobre los pecados que puedan ignorar, o esconder por vergüenza."

¡La pobre muchacha desprotegida es, así, arrojada al poder del sacerdote, en cuerpo y alma, para ser examinada sobre todos los pecados que pueda ignorar, o que, por vergüenza, pueda ocultar! ¡En qué ilimitado mar de depravación es lanzada por el sacerdote la pobre y frágil barca! ¡¡Qué insondables abismos de impurezas deberá pasar y viajar, con la única compañía del sacerdote, cuando él la interrogue sobre todos los pecados que pueda ignorar, o que pueda haber ocultado por vergüenza!! ¡¡¡Quién puede expresar los sentimientos de sorpresa, vergüenza, y angustia, de una joven muchacha tímida y honesta, cuando, por vez primera, es iniciada, por medio de aquellas preguntas, en infamias que son ignoradas incluso en casas de prostitución!!!

Pero tal es la práctica, el deber sagrado del médico espiritual. "Que interrogue (el sacerdote confesor), a los pecadores, con sabiduría y sutileza, sobre los pecados que puedan ignorar, o esconder por vergüenza."

¡Y hay más de 100.000 hombres, no solamente permitidos, sino incluso alentados, y frecuentemente pagados por gobiernos así llamados Protestantes, Cristianos, y civilizados, para hacer eso en el nombre del Dios del Evangelio!

Cuarto: Contesto al sofisma del sacerdote: Cuando el médico tiene que realizar alguna operación delicada y peligrosa sobre una paciente mujer, él nunca está solo; el esposo, o el padre, la madre, la hermana, o algunos amigos del paciente están allí, cuyos ojos escrutadores y oídos atentos hacen imposible que el médico diga o haga alguna cosa impropia.

Pero cuando la pobre, engañada paciente espiritual viene para ser tratada por su así llamado médico espiritual, y le muestra sus enfermedades, ¿no está ella sola—vergonzosamente sola—con él? ¿Dónde están los oídos protectores del marido, el padre, la madre las hermanas, o los amigos? ¿Dónde está interpuesta la barrera entre este hombre pecador, débil, tentado, y frecuentemente depravado y su víctima?

Preguntaría tan confiadamente el sacerdote esto y aquello a una mujer casada, si supiera que su esposo podría oírle? ¡No, ciertamente no! porque él está muy consciente de que el marido enfurecido quebrantaría los sesos del villano que, bajo el sacrílego pretexto de purificar el alma de su esposa, está llenando su corazón con toda clase de contaminación e infamia.

Quinto: Cuando el médico ejecuta una operación delicada sobre uno de sus pacientes mujeres, la operación usualmente es acompañada de dolor, gritos, y frecuentemente derramamiento de sangre. El médico compasivo y honesto sufre casi tanto dolor como su paciente; aquellos gritos, agudos dolores, tormentos, y sangrantes heridas hacen moralmente imposible que el médico sea tentado a ninguna cosa impropia.

¡Pero ante la vista de las heridas espirituales de esas bellas penitentes! ¿está el pobre y depravado corazón humano realmente apenado por verlas y examinarlas? ¡Oh, no! Es exactamente lo contrario.

El querido Salvador llora sobre aquellas heridas; los ángeles están angustiados por la visión. ¡Sí! ¡Pero el engañoso y corrupto corazón del hombre! ¿no es más bien apto para complacerse ante la vista de heridas que son muy similares a las que él mismo ha estado frecuentemente complacido en recibir de la mano del enemigo?

¿Fue el corazón de David apenado e impresionado con horror ante la vista de la bella Bath- sheba, cuando, imprudente, y muy libremente, se expuso en su baño? ¿No fue aquel santo profeta duramente castigado, y abatido hasta el polvo, por esa mirada culpable? ¿No fue el poderoso gigante, Samsón, arruinado por los encantos de Dalila? ¿No fue el sabio Salomón entrampado y corrompido en medio de las mujeres por quienes estaba rodeado?

¿Quién creerá que los célibes del Papa están hechos de un metal más sólido que los Davides, los Samsones, y los Salomones? ¿Dónde está el hombre que ha perdido tan completamente su sentido común como para creer que los sacerdotes de Roma son más fuertes que Samsón, más santos que David, más sabios que Salomón? ¿Quién creerá que los confesores se mantendrán de pie en medio de las tormentas que postraron en el polvo a aquellos gigantes del ejército del Señor? Suponer que, en la generalidad de los casos, el confesor puede resistir las tentaciones por las que diariamente está rodeado en el confesionario, que rehusará constantemente las oportunidades de oro, que se le presentarán, para satisfacer las casi irresistibles propensiones de su naturaleza humana caída, no es sabiduría ni caridad, es simplemente locura.

No digo que todos los confesores y sus penitentes femeninas caigan en el mismo grado de vil degradación; gracias a Dios, he conocido a varios, que pelearon noblemente sus batallas, y triunfaron en ese campo de tan vergonzosas derrotas. Pero estas son las excepciones. Es exactamente como cuando el fuego ha arrasado uno de nuestros grandes bosques de América—¡cuán triste es ver los innumerables y nobles árboles caídos bajo el devorador elemento! Pero, aquí y allí, el viajero no está ni un poco asombrado ni complacido, de encontrar algunos que han resistido orgullosamente el fiero juicio, sin ser consumidos.

¡¿No fue el mundo ampliamente impresionado con terror, cuando oyó del fuego que, hace algunos años, redujo la gran ciudad de Chicago a cenizas?! Pero aquellos que han visitado esa ciudad destruida, y visto las ruinas de sus 16.000 casas, tuvieron que permanecer en admiración silenciosa, ante unas pocas, que justo en medio de un océano de fuego, habían escapado sin ser tocadas por el destructor elemento.

Es un hecho, que debido a una sumamente maravillosa protección de Dios, algunas almas privilegiadas, aquí y allí, escapan de la destrucción fatal que alcanza a muchas otras en el confesionario.

El confesionario es como la tela de araña. ¡Cuántas ingenuas moscas encuentran la muerte, cuando buscan descanso en el hermoso entramado de su engañador enemigo! ¡Cuán pocas escapan! y esto solamente después de una muy desesperada lucha. ¡Miren como la pérfida araña mira inofensiva en su apartada esquina oscura; cuán serena está; cuán pacientemente espera su oportunidad! ¡Pero miren cuán rápidamente encierra a su víctima con sus sedosos, delicados, e imperceptibles eslabones, cuán despiadadamente succiona su sangre y destruye su vida!

¿Qué queda de la imprudente mosca, después de que ha sido entrampada en las redes de su enemigo? Nada, sólo un esqueleto. Así es con su bella esposa, su preciosa hija, nueve de diez veces, vuelve a usted nada más que un esqueleto moral, después de que a la negra araña del Papa le ha sido permitido succionar la verdadera sangre de su corazón y su alma. Que aquellos que estén tentados a pensar que exagero, lean los siguientes extractos de las memorias del Venerable Scipio de Ricci, Obispo Católico Romano de Pistoia y Prato, en Italia. Ellas fueron publicadas por el Gobierno italiano Católico Romano, para mostrar al mundo que las autoridades civiles y eclesiásticas debían tomar algunas medidas, para prevenir a la nación de ser enteramente arrasada por el diluvio de corrupción que fluye del confesionario, aún entre los más perfectos seguidores de Roma, los monjes y las monjas.

Los sacerdotes nunca osaron negar una sola iota de estas terribles revelaciones. En la página 115 leemos la siguiente carta de la hermana Flavia Peraccini, Superiora de Santa Catalina, al Dr. Tomás Camparina, Rector del Seminario Episcopal de Pistoia:
"En obediencia al requerimiento que me hizo este día, me apresuro a decir algo, pero no sé cómo.

"De aquellos que han dejado el mundo, no diré nada. De aquellos que todavía viven y tienen muy poca decencia en su conducta, hay muchos, entre quienes está un ex provincial llamado Padre Dr. Ballendi, Calvi, Zoratti, Bigliaci, Guidi, Miglieti, Verde, Bianchi, Ducci, Seraphini, Bolla, Nera di Luca, Quaretti, etc. ¿Para qué más? Con la excepción de tres o cuatro, todos los que he conocido, vivos o muertos, son del mismo carácter; ellos tienen los mismos dichos y la misma conducta.

"¡Ellos andan en términos más íntimos con las monjas que si estuvieran casados con ellas! Repito, requeriría una gran cantidad de tiempo decir la mitad de lo que conozco. Ahora es la costumbre, cuando vienen a visitar y a oír la confesión de una hermana enferma, cenar con las monjas, cantar, danzar, jugar, y dormir en el convento. Un dicho de ellos es que Dios ha prohibido el odio, pero no el amor; y que el hombre está hecho para la mujer y la mujer para el hombre.

"¡Yo digo que ellos pueden engañar a la más prudente y recatada, y que sería un milagro conversar con ellos y no caer!"

Página 117: "Los sacerdotes son los maridos de las monjas, y los hermanos laicos de las hermanas laicas. He mencionado que un día se encontró un hombre en la habitación de una de las monjas; él se escapó, pero, pronto, lo pusieron como nuestro confesor particular.
"¡Cuántos obispos hay en los Estados Papales que han conocido de aquellos desórdenes, han realizado inspecciones y visitas, y nunca todavía pudieron remediarlos, porque los monjes, nuestros confesores, nos dicen que aquellos que revelan lo que sucede en la Orden son excomulgados!

"¡Pobres criaturas! ellas piensan que están dejando el mundo para escapar de los peligros, y sólo se encuentran con unos mayores.

Nuestros padres y madres nos dieron buena educación, y aquí debemos desaprender y olvidar lo que nos han enseñado."

Página 188: "No Suponga que es así únicamente en nuestro convento. Es exactamente lo mismo en Santa Lucía, Prato, Pisa, Perugia, etc. He conocido cosas que le asombrarían. En todas partes es lo mismo. Sí, en todas partes reinan los mismos desórdenes, los mismos abusos. Digo, y lo repito, aunque los superiores sospechen como les sea posible, ellos no saben la más mínima porción de la enorme iniquidad que continúa entre los monjes y las monjas que confiesan. ¡Todo monje que pasaba hacia su sector, pedía a una hermana enferma que se confesara con él, y—!

Página 119: "Con respecto al Padre Buzachini, digo que se comportó exactamente como los otros, llegando a última hora en el convento de monjas, divirtiéndose, y dejando que prosiguieran los desórdenes habituales. Hubo varias monjas que tuvieron incidentes amorosos con él. Su propia principal concubina fue Odaldi, de Santa Lucía, quien acostumbraba enviarle continuos obsequios. También estuvo enamorado de la hija de nuestro proveedor, de quien estuvieron celosas aquí. También arruinó a la pobre Cancellieri, quien era sacristana. Los monjes con sus penitentes son todos parecidos.

"Hace algunos años, las monjas de San Vicente, en consecuencia de la extraordinaria pasión que tenían por sus padres confesores Lupi y Borghiani, estuvieron divididas en dos grupos, uno se llamaba a sí mismo Las Lupi, el otro Las Borghiani.

"El que hizo el mayor ruido fue Donati. Creo que ahora él está en Roma. El Padre Brandi, igualmente, estuvo también muy de moda. Creo que es ahora el Superior de San Gemignani. En San Vicente, que es tenido como un muy santo retiro, también tienen sus amantes —."

Mi pluma se rehusa a reproducir varias cosas que las monjas de Italia han publicado contra sus padres confesores. Pero esto es suficiente para mostrar a los más incrédulos que la confesión no es otra cosa que una escuela de perdición, aún entre aquellos que hacen una manifestación de vivir en las más altas regiones de santidad Católica Romana—los monjes y las monjas.

Ahora, de Italia vayamos a América y veamos de nuevo el funcionamiento de la confesión auricular, no entre los santos (?) monjas y monjes de Roma, sino entre las clases más humildes de las mujeres del país y los sacerdotes. Grande es el número de parroquias donde las mujeres han sido destruidas por sus confesores, pero hablaré sólo de una.

Cuando era cura de Beauport, fui llamado por el Rev. Sr. Proulx, cura de San Antonio, para predicar en un retiro (un avivamiento) con el Rev. Mr. Aubry, a sus parroquianos, y otros ocho o diez sacerdotes también fueron invitados para venir a ayudarnos a oír las confesiones.

El mismo primer día, después de predicar y pasar cinco o seis horas en el confesionario, el hospitalario cura nos dio una cena antes de ir a dormir. Pero era evidente que una especie de inquietud impregnaba a toda la compañía de padres confesores. Por mi parte apenas podía alzar mis ojos para mirar al que estaba al lado mío; y, cuando quería hablar una palabra, parecía que mi lengua no estaba tan libre como de costumbre; incluso sentía mi garganta como si estuviera atragantada; la articulación de los sonidos era imperfecta. Sucedía evidentemente lo mismo con el resto de los sacerdotes. En lugar, entonces, de las bulliciosas y alegres conversaciones de otras comidas, había sólo algunas palabras insignificantes intercambiadas con un tono semiapagado.

El Rev. Sr. Proulx (el cura) al principio parecía como si también estuviera participando de ese singular, aunque general, decaimiento de ánimo. Durante la primera parte de la comida apenas dijo palabra; pero, a lo último, levantando su cabeza, y volviendo su honesto rostro hacia nosotros, con su usual caballerosa y alegre manera, dijo:

"Queridos amigos, veo que todos están bajo la influencia de los más penosos sentimientos. Hay una carga sobre ustedes que no pueden quitársela ni soportarla como quisieran. Conozco la causa de su inquietud, y espero que no encuentren falla en mí, si les ayudo a reponerse de esa desagradable condición mental. Han oído, en el confesionario, la historia de muchos grandes pecados; pero sé que no es esto lo que les inquieta. Ustedes son bastante experimentados en el confesionario como para conocer las miserias de la pobre naturaleza humana. Sin más preparativos, iré al asunto. No es más un secreto en este lugar, que uno de los sacerdotes que me ha precedido, fue muy desafortunado, débil, y culpable con la mayor parte de las mujeres casadas a quien él había confesado. No más que una entre diez han escapado de él. No menciono este hecho por conocerlo solamente por el confesionario, sino que lo conozco bien de otras fuentes, y puedo hablar libremente de esto, sin quebrantar el secreto sello del confesionario. Ahora, lo que les inquieta a ustedes es que, probablemente, cuando un gran número de aquellas mujeres les han confesado lo que han hecho con su confesor, ustedes no les preguntaron hace cuanto tiempo habían pecado con él; y a pesar de ustedes mismos, creen que yo soy el hombre culpable. Esto, naturalmente, les avergüenza, cuando están en mi presencia, y en mi mesa. Pero por favor pregúntenles, cuando ellas vengan nuevamente a confesarse, cuantos meses o años han transcurrido desde su último amorío con un confesor; y verán que pueden suponer que están en la casa de un hombre honesto. Pueden mirarme al rostro, y no temer dirigirse a mí como si todavía fuera digno de su estima; porque, gracias a Dios, yo no soy el culpable sacerdote que arruinó y destruyó tantas almas aquí."

Apenas el cura había pronunciado la última palabra, cuando un generalizado: "Le agradecemos, porque nos ha quitado una montaña de nuestros hombros", salió de casi cada labio.

"Es un hecho que, no obstante la buena opinión que teníamos de usted", dijeron varios, "temíamos que se hubiera apartado de la senda recta, y caído con sus bellas penitentes, en la zanja."

Yo me sentí muy aliviado, porque era uno de aquellos que, a pesar de mí mismo, tenía mis secretos temores sobre la honestidad de nuestro hospedador. Cuando, muy temprano la mañana siguiente, había comenzado a oír las confesiones, una de aquellas desafortunadas víctimas de la depravación del confesor vino a mí, y en medio de muchas lágrimas y sollozos, me dijo, con grandes detalles, lo que repito aquí en pocas líneas:

"Era de sólo nueve años cuando mi primer confesor comenzó a hacer cosas muy criminales conmigo, cada vez que estaba a sus pies confesando mis pecados. Al principio, estaba avergonzada y muy disgustada; pero poco después, llegué a ser tan depravada que estaba buscando ansiosamente cada oportunidad de encontrarlo, ya fuera en su propia casa, o en la iglesia, en la sacristía, y muchas veces, en su propio jardín, cuando estaba oscuro de noche. Ese sacerdote no permaneció mucho tiempo; fue trasladado, para mi gran pesar, a otro lugar, donde murió. Fue reemplazado por otro, que al principio parecía ser un hombre muy santo. Le hice una confesión general con, me parece, un sincero deseo de abandonar para siempre, esa vida pecaminosa; pero me temo que mis confesiones llegaron a ser un motivo de pecado para ese buen sacerdote; porque, no mucho después de que finalizó mi confesión, me declaró, en el confesionario, su amor, con palabras tan apasionadas, que pronto me sumergió de nuevo en mis antiguos hábitos criminales junto a él. Esto duró seis años, cuando mis padres se mudaron a este lugar. Yo estaba muy contenta por ello, porque esperaba que, estando alejada de él, no le sería una causa de pecado, y que podría comenzar una vida mejor. Pero la cuarta vez que fui a confesarme a mi nuevo confesor, él me invitó a ir a su habitación, donde hicimos juntos cosas tan repulsivas, que no sé como confesarlas. Esto fue dos días antes de mi casamiento, y la única criatura que tuve es el fruto de esa hora pecaminosa. Después de mi casamiento, continué la misma vida criminal con mi confesor. Él era amigo de mi marido; teníamos muchas oportunidades para reunirnos, no sólo cuando iba a confesarme, sino cuando mi marido estaba ausente y mi hija en la escuela. Era evidente para mí que varias otras mujeres eran tan miserables y criminales como yo misma. Este pecaminoso contacto con mi confesor continuó, hasta que el Dios Todopoderoso lo detuvo con un verdadero rayo. Mi querida única hija había ido a confesarse, y a recibir la santa comunión. Cuando volvió de la iglesia mucho más tarde de lo que yo esperaba, le pregunté las razones que la habían retenido tanto tiempo. Entonces se arrojó en mis brazos, y, con gritos convulsivos dijo: 'Querida madre, no me pidas que vaya a confesarme otra vez—¡Oh, si pudieras saber lo que me pidió mi confesor cuando estuve a sus pies, y si pudieras saber lo que me ha hecho, y lo que me ha obligado a hacer con él, cuando me tuvo sola en su sala!'

"Mi pobre niña no pudo hablar más; ella se desmayó en mis brazos.

"Tan pronto como se recuperó, sin perder un minuto, me vestí, y llena de una furia inexpresable, dirigí mis pasos hacia la casa del cura. Pero antes de dejar mi casa, había escondido bajo mi chal un filoso cuchillo grande, para apuñalar y matar al villano que había destruido a mi amada niña. Afortunadamente para ese sacerdote, Dios cambió mi mente antes de que entrara en su habitación; mis palabras a él fueron pocas y punzantes.

"'¡Tú eres un monstruo!' le dije. '¡No satisfecho con haberme destruido, quieres destruir a mi propia querida hija, que también es tuya! ¡Qué vergüenza para ti! ¡Yo había venido con este cuchillo, para poner un fin a tus infamias; pero éste sería un castigo tan pequeño, tan suave para semejante monstruo! Quiero que vivas, que puedas llevar sobre tu cabeza la maldición de los muy ingenuos y desprevenidos amigos que has engañado y traicionado tan cruelmente. Quiero que vivas con la conciencia de que eres conocido por mí y por muchos otros, como uno de los más infames monstruos que alguna vez hayan profanado este mundo. Pero conoce que si no estás lejos de este lugar antes del fin de esta semana, le revelaré todo a mi marido, y puedes estar seguro que no te dejará vivir veinticuatro horas más; porque él cree sinceramente que la niña es suya; él será el vengador del honor de ella! Iré a denunciarte, este mismo día, al obispo, para que pueda echarte de esta parroquia, que has corrompido tan vergonzosamente.'

"El sacerdote se arrojó a mis pies, y, con lágrimas me pidió perdón, implorándome que no lo denunciara ante el obispo, y prometiéndome que cambiaría su vida y comenzaría a vivir como un buen sacerdote. Pero permanecí inconmovible. Acudí al obispo, y advertí a su señoría de las lamentables consecuencias que seguirían, si él mantenía a ese cura por más tiempo en este lugar, como parecía inclinado a hacer. Pero antes que los ocho días hubieran acabado, fue puesto al frente de otra parroquia, no muy lejos de aquí."
El lector, quizás, querrá saber que pasó con este sacerdote.

¡Él permaneció al frente de aquella la más hermosa parroquia de Beaumont, como cura, donde, conozco por un hecho, continuó destruyendo a sus penitentes, hasta unos pocos años antes de morir, con la reputación de un buen sacerdote, un hombre amable, y un santo confesor!

Porque ya está obrando el misterio de iniquidad: . . . .

Y entonces será manifestado aquel inicuo, al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida;

A aquel inicuo, cuyo advenimiento es según operación de Satanás, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos, Y

con todo engaño de iniquidad en los que perecen; por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.

Por tanto, pues, les envía Dios operación de error, para que crean a la mentira;

Para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad. (2 Tesalonicenses II. 7-12).

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