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¿Devería ser tolerada la confesión auricular entre las naciones civilizadas? - Capítulo VII

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

Decir que la confesión auricular purifica el alma, no es menos ridículo y necio que decir que la blanca manta de una virgen, o que el lirio del valle, se volverán más blancos por ser sumergidos en un frasco de tinta negra.

El célibe papista, por estudiar sus libros antes de ir a la casilla del confesionario, ¿no ha corrompido su propio corazón, y zambullido su mente, memoria, y alma en una atmósfera de impureza que habría sido intolerable aún para el pueblo de Sodoma?

Preguntamos esto no solamente en el nombre de la religión, sino también del sentido común. ¿Cómo puede ese hombre, cuyo corazón y memoria son hechos precisamente el depósito de todas las más groseras impurezas que el mundo alguna vez ha conocido, ayudar a otros a ser castos y puros?

Los idólatras de India creen que serán purificados de sus pecados por tomar el agua con la que han acabado de lavar los pies de sus sacerdotes.

¡Qué monstruosa doctrina! ¡Las almas de los hombres purificadas por el agua que ha lavado los pies de un miserable y pecador hombre! ¿Hay alguna religión más monstruosa y diabólica que la religión Brahmán?

Sí, hay una más monstruosa, engañosa y contaminante que aquella. Es la religión que enseña que el alma del hombre es purificada por unas pocas palabras mágicas (llamadas absolución) que salen de los labios de un miserable pecador, cuyo corazón e inteligencia han precisamente sido llenados con las innombrables contaminaciones de Dens, Liguori, Debreyne, Kenrick, etc., etc. Porque si el alma del pobre hindú no es purificada por beber la santa (?) agua que ha tocado los pies de su sacerdote, al menos esa alma no puede ser contaminada por ella. ¿Pero quién no ve claramente que tomar de las viles preguntas del confesor contaminan, corrompen y arruinan el alma?

¿Quién no ha sido lleno con profunda compasión y lástima por aquellos pobres idólatras del Indostán, que creen que asegurarán para ellos mismos un feliz pasaje a la próxima vida, si tienen la buena suerte de morir sosteniendo la cola de una vaca? Pero hay un pueblo entre nosotros que no es menos digno de nuestra suprema compasión y piedad; porque ellos esperan que serán purificados de sus pecados y que serán felices para siempre, si unas pocas palabras mágicas (llamadas absolución) caen sobre su alma saliendo de los labios impuros de un miserable pecador, enviado por el Papa de Roma. La sucia cola de una vaca, y las palabras mágicas de un confesor, para purificar las almas y lavar los pecados del mundo, son igualmente invenciones del maligno. Ambas religiones vienen de Satán, porque ellas sustituyen igualmente con el poder mágico de viles criaturas a la sangre de Cristo, para salvar a los culpables hijos de Adán. Ambas ignoran que solamente la sangre del cordero nos limpia de todo pecado.

¡Sí! la confesión auricular es un acto público de idolatría. Es pedir de un hombre lo que sólo Dios, a través de su Hijo Jesucristo, puede otorgar: el perdón de los pecados. ¿El Salvador del mundo ha dicho a los pecadores: "Id a este o aquel hombre para arrepentimiento, perdón y paz"? No; pero él ha dicho a todos los pecadores: "Venid a mí". Y desde ese día hasta el fin del mundo, todos los ecos del cielo y de la tierra repetirán estas palabras del compasivo Salvador para todos los perdidos hijos de Adán—"Venid a mí".

Cuando Cristo dio a sus discípulos el poder de las llaves en estas palabras, "todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo" (Mateo xviii. 18), Él explicó exactamente su pensamiento al decir: "Si tu hermano pecare contra ti" (v. 15). El mismo Hijo de Dios, en esa solemne hora, protestó contra la asombrosa impostura de Roma, diciéndonos positivamente que el poder de ligar y desatar, perdonar y retener pecados, era solamente en referencia a pecados cometidos de uno contra otro. Pedro había entendido correctamente las palabras de su Maestro, cuando preguntó: "¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que pecare contra mí?"

Y para que sus verdaderos discípulos no pudieran ser perturbados por los sofismas de Roma, o por los relucientes disparates de esa banda de necios medio papistas Episcopales, llamados Tractarianos, Ritualistas, o Puseyitas, el misericordioso Salvador dio la admirable parábola del siervo pobre, que Él concluyó con lo que tan frecuentemente repetía, "Así también hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano sus ofensas." (Mateo. 18:35.)

No mucho antes, Él nos había dado misericordiosamente su pensamiento completo acerca de la obligación y poder que cada uno de sus discípulos tenía de perdonar: "Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas." (Mateo vi. 14, 15.)

"Sed pues misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso; perdonad, y seréis perdonados." (Lucas vi. 36, 37.)

La confesión auricular, como el Rev. Dr. Wainwright ha puesto tan elocuentemente en su "Confesión no Auricular", es una caricatura diabólica del perdón de pecados por medio de la sangre de Cristo, así como el impío dogma de la Transubstanciación es una monstruosa caricatura de la salvación del mundo por medio de su muerte.

Los Romanistas, y su horrible apéndice, la parte Ritualista en la Iglesia Episcopal, hacen un gran alboroto por las palabras de nuestro Salvador, en Juan: "A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos." (Juan xx. 23.)

Pero, nuevamente, nuestro Salvador había Él mismo, de una vez por todas, explicado lo que Él quiso decir por perdonar y retener pecados—Mateo xviii. 35; Mateo vi. 14, 15; Lucas vi. 36, 37.

Nadie excepto hombres voluntariamente cegados podrían malinterpretarlo. Además de eso, el mismo Espíritu Santo ha cuidado para que no fuésemos engañados por las falsas tradiciones de los hombres, sobre ese importante asunto, cuando en Lucas Él nos dio la explicación del significado de Juan xx. 23, diciéndonos: "Así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando de Jerusalem." (Lucas xxiv. 46, 47).

A fin de que podamos entender mejor las palabras de nuestro Salvador en Juan xx. 23, pongámoslas frente a sus propias explicaciones (Lucas xxiv. 46, 47).

LUCAS XXIV.

  1. Y levantándose en la misma hora, tornáronse a Jerusalem, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos.
  2. Que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón.
  3. Y entre tanto que ellos hablaban estas cosas, Él se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros.

JUAN XX.

  1. Fue María Magdalena dando las nuevas a los discípulos de que había visto al Señor, y que Él le había dicho estas cosas.
  2. Y como fue tarde aquel día, el primero de la semana, y estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban juntos por miedo de los Judíos, vino Jesús, y púsose en medio, y díjoles: Paz a vosotros.
  3. Entonces ellos espantados y asombrados, pensaban que veían espíritu.
  4. Mas Él les dice: ¿Por qué estáis turbados, y suben pensamientos a vuestros corazones?
  5. Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.
  6. Y en diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
  7. Y no creyéndolo aún ellos de gozo, y maravillados, díjoles: ¿Tenéis aquí algo de comer?
  8. Entonces ellos le presentaron parte de un pez asado, y un panal de miel.
  9. Y Él tomó, y comió delante de ellos.
  10. Y Él les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos.
  11. Entonces les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras;
  12. Y díjoles: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día;
  13. Y como hubo dicho esto, mostróles las manos y el costado. Y los discípulos se gozaron viendo al Señor.
  14. Entonces les dijo Jesús otra vez: Paz a vosotros: como me envió el Padre, así también yo os envío.
  15. Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo:
  16. Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando de Jerusalem.
  17. A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos.

Tres cosas son evidentes al comparar el reporte de Juan y el de Lucas:

  1. Ellos hablan del mismo acontecimiento, aunque uno da ciertos detalles omitidos por el otro, como encontramos en el resto de los evangelios.
  2. Las palabras de San Juan: "A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos", son explicadas por el Espíritu Santo mismo, en San Lucas, como significando que los apóstoles deberán predicar el arrepentimiento y el perdón de pecados por medio de Cristo. Es lo que nuestro Salvador ha dicho Él mismo en Mateo ix. 13: "Andad pues, y aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y no sacrificio: porque no he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento."

Esta es exactamente la misma doctrina enseñada por Pedro (Hechos ii. 38): "Y Pedro les dice: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo."
Exactamente la misma doctrina del perdón de pecados, no por medio de la confesión auricular o la absolución, sino por medio de la predicación de la Palabra: "Séaos pues notorio, varones hermanos, que por éste os es anunciada remisión de pecados" (Hechos xiii. 38).

  1. La tercer cosa que es evidente es que los apóstoles no estaban solos cuando Cristo apareció y habló, sino que varios de sus otros discípulos, incluso algunas mujeres, estaban allí.

Si los Romanistas, entonces, pudieran probar que Cristo estableció la confesión auricular, y dio el poder de absolución, por lo que Él dijo en esa hora solemne, mujeres tanto como hombres —de hecho, cada creyente en Cristo— estaría autorizado a oír confesiones y a dar absolución. El Espíritu Santo no fue prometido o dado solamente a los Apóstoles, sino a cada creyente, como vemos en Hechos i. 15, y ii. 1, 2, 3.

Pero el Evangelio de Cristo, así como la historia de los primeros diez siglos del Cristianismo, es el testigo de que la confesión auricular y la absolución no son otra cosa que un sacrílego y un muy sorprendente fraude.

Qué tremendos esfuerzos han hecho los sacerdotes de Roma, estos últimos cinco siglos, y están todavía haciendo, para persuadir a sus engañados que el Hijo de Dios estaba haciendo de ellos una casta privilegiada, una casta dotada con el Divino y exclusivo poder de abrir y cerrar las puertas del cielo, cuando Él dijo, "Todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo."

Pero nuestro adorable Salvador, quien perfectamente vio de antemano aquellos diabólicos esfuerzos por parte de los sacerdotes de Roma, trastornó enteramente todo vestigio de su fundamento al decir inmediatamente, "Otra vez os digo, que si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos." (Mateo xviii. 19, 20).

¿Intentarían los sacerdotes de Roma hacernos creer que estas palabras de los versículos 19 y 20 están dirigidas a ellos exclusivamente? Ellos no han osado decir eso todavía. Ellos reconocen que estas palabras están dirigidas a todos sus discípulos. Pero nuestro Salvador positivamente dice que las otras palabras que implican el así llamado poder de los sacerdotes para oír la confesión y dar la absolución son dirigidas a las mismísimas personas—"os digo", etc., etc. El vosotros de los versículos 19 y 20 es el mismo vosotros del 18. El poder de desatar y atar es, entonces, dado a todos aquellos que fueran ofendidos y perdonaran. Así pues, nuestro Salvador no tenía en mente formar una casta de hombres con algún poder maravilloso sobre el resto de sus discípulos. Los sacerdotes de Roma, entonces, son impostores, y no otra cosa, cuando dicen que el poder de desatar y atar pecados les fue otorgado exclusivamente a ellos.

En lugar de ir al confesor, dejen que los cristianos vayan a su misericordioso Dios, por medio de Cristo, y digan "perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores". Esta es la Verdad, no como viene del Vaticano, sino como viene del Calvario, donde nuestras deudas fueron pagadas, con la única condición de que creyéramos, nos arrepintiéramos y amáramos.

¿No han los Papas pública y repetidamente anatematizado, [declarado anatema o maldito], al sagrado principio de la Libertad de Conciencia? ¿No han dicho abiertamente, en la cara de las naciones de Europa, que la Libertad de Conciencia debe ser destruida—aniquilada a cualquier costo? ¿No ha oído el mundo entero la sentencia de muerte a la libertad saliendo de los labios del anciano hombre del Vaticano? ¿Pero dónde está el patíbulo en el cual la condenada Libertad debe perecer? Ese patíbulo es la casilla del confesionario. ¡Sí, en el confesionario, el Papa tiene sus 100.000 prominentes verdugos! Ellos están allí, día y noche, con afiladas dagas en la mano, apuñalando a la Libertad en el corazón.

¡En vano la noble Francia expulsará a sus antiguos tiranos para ser libre; en vano se derramará la más pura sangre de su corazón para proteger y salvar la libertad! La verdadera libertad no puede vivir allí un día mientras los verdugos del Papa sean libres para apuñalarla en sus 100.000 cadalsos.

En vano la hidalga España llamará a la Libertad para dar una nueva vida a su pueblo. La Libertad no puede poner sus pies allí, excepto para morir, mientras le sea permitido al Papa golpearla en sus 50.000 confesionarios.

Y la libre Norteamérica, también, verá todas sus tan costosamente adquiridas libertades destruidas, el día que el confesionario esté universalmente encumbrado en medio de ella.

La Confesión Auricular y la Libertad no pueden permanecer juntas en el mismo suelo; una u otra debe caer.

La Libertad debe arrasar al confesionario, como ha arrasado al demonio de la esclavitud, o será condenada a perecer.

¿Puede un hombre ser libre en su propia casa, mientras hay otro que tiene el derecho legal a espiar todas sus acciones, y dirigir no sólo cada paso, sino cada pensamiento de su esposa e hijos? ¿Puede ese hombre jactarse de un hogar cuya esposa e hijos están bajo el control de otro? ¿No es ese desdichado hombre realmente el esclavo del soberano y amo de su familia? Y cuando una nación entera está compuesta de tales maridos y padres, ¿no es esa una nación de despreciables y humillados esclavos?

¡Para un hombre que piensa, uno de los más extraños fenómenos es que nuestras naciones modernas permitan que sus más sagrados derechos sean pisoteados, y destruidos por el Papado, el enemigo juramentado de la Libertad, por medio de un equivocado respeto y amor por esa misma Libertad!

Ningún pueblo tiene más respeto por la Libertad de Consciencia que el norteamericano; ¿pero ha permitido el noble Estado de Illinois a Joe Smith y Brigham Young degradar y esclavizar a las mujeres Norteamericanas bajo el pretexto de la Libertad de Conciencia, a la cual recurren los así llamados "Santos de los Últimos Días"? ¡No! El terreno pronto se hizo muy caliente para la tierna conciencia de los profetas modernos. Joe Smith pereció cuando intentó mantener a sus esposas cautivas en sus cadenas, y Brigham Young tuvo que escapar a las soledades del Lejano Oeste, para disfrutar lo que él llamaba su libertad de conciencia con las treinta mujeres que él había degradado, y encadenado bajo su yugo. Pero aún en esa remota soledad el falso profeta ha oído los distantes estruendos del rugiente trueno. La voz amenazante de la gran República ha molestado su descanso, y antes de su muerte él habló sabiamente de ir tanto como fuera posible más allá del alcance de la civilización cristiana, antes que las oscuras y amenazantes nubes que veía en el horizonte arrojaran sobre él sus irresistibles tormentas.

¿Culpará alguno al pueblo norteamericano por ir así al rescate de las mujeres? No, seguramente no.

¿Pero qué es la casilla del confesionario? No otra cosa que una ciudadela y una fortaleza de Mormonismo.

¿Qué es el Padre Confesor, con pocas excepciones, sino un afortunado Brigham Young?

Yo no quiero ser creído en mi ipse dixit [por lo que él mismo dice]. Lo que pido a los pensadores responsables es, que lean las encíclicas de los Píos, los Gregorios, los Benitos, y muchos otros Papas, "De Sollicitantibus". Allí ellos verán, con sus propios ojos, que, como una cosa general, los confesores tienen más mujeres para servirles que las que los profetas Mormones jamás tuvieron. Lean ellos las memorias de uno de los más venerables hombres de la Iglesia de Roma, el Obispo Scipio de Ricci, y verán, con sus propios ojos, que los confesores son más libres con sus penitentes, incluso monjas, que lo que los maridos son con sus esposas. Oigan ellos el testimonio de una de las más nobles princesas de Italia, Henrietta Carracciolo, quien todavía vive, y conocerán que los Mormones tienen más respeto por las mujeres que el que tiene la mayoría de los confesores. Que ellos lean la experiencia de la señorita O'Gorman, cinco años una monja en los Estados Unidos, y entenderán que los sacerdotes y sus penitentes femeninas, incluso monjas, están ultrajando todas las leyes de Dios y el hombre, por medio de los oscuros misterios de la confesión auricular. Esa señorita O'Gorman, al igual que la señorita Henrietta Carracciolo, todavía viven. ¿Por qué no son consultadas por aquellos que gustan conocer la verdad, y que temen que nosotros exageramos las iniquidades que vienen de la "confesión auricular" como su infalible fuente? Que ellos oigan las lamentaciones del Cardenal Baronius, San Bernardo, Savonarola, Pío, Gregorio, Santa Teresa, San Liguori, sobre la inenarrable e irreparable ruina extendida por todos los caminos y por todos los países fascinados por los confesores del Papa, y conocerán que el confesionario es el testigo diario de abominaciones que difícilmente hubieran sido toleradas en las tierras de Sodoma y Gomorra. Que los legisladores, los padres y los maridos de toda nación y lengua, interroguen al Padre Gavazzi, Grassi, y miles de sacerdotes quienes viven que, como yo mismo, han sido milagrosamente sacados de esa servidumbre egipcia a la tierra prometida, y ellos les dirán a ustedes la misma muy antigua historia—de que el confesionario es para la mayor parte de los confesores y las penitentes, un real pozo de perdición, en el cual ellos promiscuamente caen y perecen.

Sí; ellos le dirán a usted que el alma y el corazón de su esposa y de su hija son purificados por las mágicas palabras del confesionario, tanto como las almas de los pobres idólatras del Indostán son purificadas por la cola de la vaca que ellos sostienen en sus manos, cuando mueren. Estudie las páginas de la pasada historia de Inglaterra, Francia, Italia, España, etc., etc., y usted verá como los más serios y confiables historiadores, por todas partes, han encontrado misterios de iniquidad en la casilla del confesionario que sus plumas rehusaban trazar.

En la presencia de tales públicos, innegables, y lamentables hechos, ¿no tienen las naciones civilizadas un deber que ejecutar? ¿No es tiempo de que los hijos de luz, los verdaderos discípulos del Evangelio, por todo el mundo, deban reunirse alrededor de las banderas de Cristo, e ir, hombro con hombro, al rescate de las mujeres?
La mujer es a la sociedad lo que las raíces son a los más preciosos árboles de vuestro huerto. Si usted supiera que mil gusanos están carcomiendo las raíces de estos nobles árboles, que sus hojas ya se están marchitando, sus ricos frutos, aunque todavía verdes, están cayendo al suelo, ¿no desenterraría las raíces y acabaría con los gusanos?
El confesor es el gusano que está carcomiendo, corrompiendo, y destruyendo las propias raíces de la sociedad civil y religiosa, al contaminar, envilecer, y esclavizar a la mujer.

Antes de que las naciones puedan ver el reino de paz, felicidad, y libertad, que Cristo ha prometido, ellas deben, como los Israelitas, derribar los muros de Jericó. ¡El confesionario es la moderna Jericó, que provocadoramente desafía a los hijos de Dios!

Que, entonces, el pueblo del Señor, los verdaderos soldados de Cristo, se levanten y se reúnan alrededor de sus banderas; y que marchen intrépidamente, hombro con hombro, sobre la ciudad condenada; que todas las trompetas de Israel suenen alrededor de sus muros; que las fervientes oraciones vayan al trono de Misericordia, desde el corazón de cada uno por los que el Cordero ha sido matado; que se oiga tal unánime grito de indignación, a través de lo largo y lo ancho de la tierra, contra esa la más grande y la más monstruosa impostura de los tiempos modernos, para que la tierra tiemble bajo los pies del confesor, tanto que sus mismas rodillas temblarán, y pronto los muros de Jericó, caerán, el confesionario desaparecerá, y sus inenarrables corrupciones no pondrán más en peligro la misma existencia de la sociedad.

Entonces las multitudes que estuvieron cautivas vendrán al Cordero, quien las hará puras con su sangre y libres con su palabra.

Entonces las naciones redimidas cantarán un canto de alegría: "¡Babilonia, la grande, la madre de las rameras y las abominaciones de la tierra, ¡caída es! ¡caída es!"

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