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¿La confesión auricular trae paz al alma? - Capítulo VIII

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

Sería menos ridículo y falso admirar la tranquilidad del mar, y la quietud de la atmósfera, cuando una furiosa tormenta levanta las espumosas olas hacia el cielo, que hablar de la Paz del alma durante o después de la confesión.

Yo sé esto; los confesores y sus engañados coros todos armonizan al gritar "¡Paz, paz!" Pero el Dios de verdad y santidad responde: "¡No hay paz para el impío!"

El hecho es, que palabras humanas no pueden expresar adecuadamente las ansiedades del alma antes de la confesión, su inexpresable confusión en el acto de confesar, o sus mortales terrores después de la confesión.

Que aquellos que nunca han bebido de las amargas aguas que fluyen del confesionario, lean el siguiente relato simple y preciso de mis propias primeras experiencias con la confesión auricular. Ellas no son más que la historia de lo que nueve décimos de los penitentes* de Roma, ancianos y jóvenes están sometidos; y ellos sabrán que pensar de esa maravillosa Paz sobre la que los Romanistas, y sus insensatos copistas, los Ritualistas, han escrito tan elocuentes mentiras.

*- Por la palabra penitentes, Roma no se refiere a los que se arrepienten, sino a quienes confiesan al sacerdote.

En el año 1819, mis padres me habían enviado desde Murray Bay (La Mal Baie), donde ellos vivían, a una excelente escuela en St. Thomas. Yo era entonces de aproximadamente nueve años. Me hospedé en lo de un tío, quien, aunque de nombre un Católico Romano, no creía una palabra de lo que sus sacerdotes predicaban. Pero mi tía tenía la reputación de ser una mujer muy devota. Nuestro maestro, el Sr. John Jones, era un bien educado inglés, y un firme ROTESTANTE. Esta última circunstancia había despertado la ira del sacerdote Católico Romano contra el maestro y sus numerosos alumnos a tal grado, que ellos fueron frecuentemente denunciados desde el púlpito con palabras muy duras. Pero si él no nos caía bien, yo debo reconocer que le estábamos pagando con su misma moneda.

Pero volvamos a mi primer lección sobre la Confesión Auricular. ¡No! No hay palabras que puedan expresar a aquellos que nunca tuvieron alguna experiencia en el asunto, la consternación, la ansiedad y la vergüenza de un pobre niño Católico, cuando oye a su sacerdote diciendo desde el púlpito, en un tono grave y solemne: "Esta semana ustedes enviarán a sus niños para la confesión. Háganles entender que esta acción es una de las más importantes de sus vidas, que para cada uno de ellos decidirá su eterna felicidad o ruina. Padres, madres y guardianes de esos niños, si, por culpa de ustedes o de ellos, sus niños son culpables de una falsa confesión; si ellos no confiesan todo al sacerdote que ocupa el lugar de Dios mismo, este pecado frecuentemente es irreparable: el demonio tomará posesión de sus corazones, ellos mentirán a su padre confesor, o mejor dicho a Jesucristo, de quien él es el representante; sus vidas serán una sucesión de sacrilegios, su muerte y eternidad serán las de los reprobados. Enséñenles, por lo tanto, a examinar completamente todas sus acciones, palabras, pensamientos y deseos, a fin de confesar todo exactamente como ocurrió, sin ninguna ocultación.

Yo estaba en la Iglesia de St. Thomas, cuando estas palabras cayeron sobre mí como un rayo. Yo había oído frecuentemente a mi madre decir, cuando estaba en casa, y a mi tía, desde que había llegado a St. Thomas, que de la primer confesión dependía mi eterna felicidad o miseria.

¡Esa semana estaba, por lo tanto, por decidir la cuestión vital de mi eternidad!

Pálido y desanimado, salí de la Iglesia después del servicio, y volví a la casa de mis parientes. Tomé mi lugar en la mesa, pero no podía comer, estaba tan preocupado. ¡Fui a mi habitación con el propósito de comenzar mi examen de conciencia, y de tratar de recordar cada uno de mis pecaminosos actos, pensamientos y palabras!

Aunque apenas por sobre los nueve años de edad, esta tarea fue realmente abrumadora para mí. Me postré ante la Virgen María por ayuda, pero estaba demasiado atrapado por el temor de olvidar algo o de hacer una mala confesión, que murmuré mis oraciones sin la menor atención a lo que decía. Esto se puso aún peor, cuando comencé a contar mis pecados; mi memoria, aunque muy buena, se volvió confusa; mi cabeza estaba mareada; mi corazón latía con una rapidez que me agotaba, mi frente estaba cubierta con transpiración. Después de pasar un tiempo considerable en estos penosos esfuerzos, me sentí al borde de la desesperación por el temor de que me era imposible recordar exactamente todo, y confesar cada pecado como éste ocurrió. La noche siguiente estuve casi desvelado; y cuando me vino sueño, eso apenas podría llamarse sueño, más bien era un sofocante delirio. En un aterrador sueño, me sentía como si hubiese sido arrojado al infierno, por no haber confesado todos mis pecados al sacerdote. En la mañana me desperté fatigado y abatido por los espectros y emociones de esa terrible noche. En similares aflicciones mentales pasaron los tres días que precedieron a mi primer confesión.

Yo tenía constantemente delante mío el rostro de ese severo sacerdote que nunca me había sonreído. Él estaba presente en mis pensamientos durante los días, y en mis sueños durante las noches, como el ministro de un Dios airado, justamente irritado contra mí por causa de mis pecados. Ciertamente se me había prometido el perdón, con la condición de una buena confesión; pero también se me había presentado mi parte en el infierno, si mi confesión no era tan cercana a la perfección como fuera posible.

Ahora, mi atormentada conciencia me decía que había noventa posibilidades contra una de que mi confesión fuera mala, tanto si por mi propia falta, olvidaba algunos pecados, o si me encontraba sin ese pesar del cual había oído tanto, pero la naturaleza y los efectos de lo cual fueron un perfecto caos en mi mente.

Finalmente llegó el día de mi confesión, o mejor dicho el de juicio y condenación. Me presenté al sacerdote, el Reverendo Sr. Beaubien.

Él tenía, en ese tiempo, los defectos de trabársele la lengua o tartamudear, lo cual frecuentemente ridiculizábamos. Y, como desafortunadamente la naturaleza me había dotado con admirables facultades de mimo, [el que hace mímicas e imitaciones], las contrariedades de este pobre sacerdote ofrecían simplemente una muy buena oportunidad para el ejercicio de mi talento. No sólo era uno de mis entretenimientos favoritos imitarle delante de los alumnos en medio de estruendos de risa, sino que también, predicaba porciones de sus sermones ante sus feligreses con resultados similares. Verdaderamente, muchos de ellos venían desde considerables distancias para disfrutar la oportunidad de oírme, y ellos, más de una vez, me premiaban con pasteles de azúcar de arce, por mis actuaciones.

Estos actos de imitación estaban, por supuesto, entre mis pecados; y llegó a ser necesario para mí examinarme sobre el número de veces que me había burlado de los sacerdotes.

Esta circunstancia no estaba calculada para hacer más fácil o más grata mi confesión.

Finalmente, llegó el terrible momento, me arrodillé por primera vez al lado de mi confesor, pero mi estructura entera temblaba; repetí la oración preparatoria para la confesión, apenas sabiendo lo que decía, al estar tan atormentado por temores.

Por las instrucciones que se nos habían dado antes de la confesión, se nos había hecho creer que el sacerdote era el verdadero representante, sí, casi la personificación de Jesucristo. La consecuencia fue que yo creía que mi mayor pecado fue el de burlarme del sacerdote, y, como se me había dicho que lo correcto era confesar primero los pecados mayores, comencé así: "¡Padre, me acuso a mí mismo de haberme burlado de un sacerdote!"
Apenas hube expresado estas palabras, "burlado de un sacerdote", cuando este pretendido representante del humilde Jesús, volviéndose hacia mí, y mirando mi rostro, a fin de conocerme mejor, me preguntó abruptamente: "¿De qué sacerdote te burlaste, mi muchacho?"

Hubiera preferido más bien cortar mi lengua que decirle, en su rostro, quien era éste. Por lo tanto, me mantuve en silencio por un tiempo; pero mi silencio lo puso muy nervioso, y casi enfurecido. Con un tono de voz arrogante, dijo: "¿De qué sacerdote te tomaste la libertad de burlarte, mi muchacho?" Vi que tenía que contestar. Afortunadamente, su arrogancia me había hecho más osado y firme; yo dije: "¡Señor, usted es el sacerdote de quien me burlé!"

"¿Pero cuantas veces te dedicaste a burlarte de mí, mi muchacho?" preguntó, furiosamente.

Traté de establecer el número de veces, pero nunca pude.

"Debes decirme cuantas veces; porque burlarse del propio sacerdote de uno, es un gran pecado."

"Es imposible para mí darle el número de veces", le contesté.

"Bien, mi niño, ayudaré tu memoria haciéndote preguntas. Dime la verdad. ¿Piensas que te burlaste de mí diez veces?"

"Una gran cantidad de veces más", contesté.

"¿Te has burlado de mí cincuenta veces?"

"¡Oh! Mucho más todavía"

"¿Unas cien veces?"

"Digamos quinientas, y quizás más", respondí.

"Bien, mi muchacho, ¿gastas todo tu tiempo, en burlarte de mí?"

"No todo mi tiempo; pero, desafortunadamente, he hecho esto muy frecuentemente."

"¡Sí, bien puedes decir 'desafortunadamente'! porque mofarte de tu sacerdote, quien ocupa el lugar de nuestro Señor Jesucristo, es un gran pecado y una gran desgracia para ti. Pero dime, mi pequeño muchacho, ¿qué razón tienes para burlarte así de mí?

En mi examen de conciencia, no había previsto que estaría obligado a dar las razones por las que me burlé del sacerdote, y estaba desconcertado por sus preguntas. No osaba responder, y permanecí callado por un largo tiempo, por la vergüenza que me dominaba. Pero, con una acosadora perseverancia, el sacerdote insistía para que le dijera por qué me había burlado de él; asegurándome que sería condenado si no hablaba la verdad entera. Entonces decidí hablar, y dije: "Yo me burlé de usted por varias cosas".

"¿Qué fue lo primero que hizo que te burlaras de mí?" preguntó el sacerdote.

"Me reí de usted porque tartamudea; entre los alumnos de la escuela, y otras personas, sucede frecuentemente que imitamos su predicación para reírnos de usted", respondí.

"¿Por qué otra razón te ríes de mí, mi pequeño muchacho?"

Por un largo tiempo estuve en silencio. Cada vez que abría mi boca para hablar, mi coraje me fallaba. Pero el sacerdote continuó apremiándome; finalmente dije: "Se rumorea en el pueblo que usted ama las chicas: que usted visita a las señoritas Richards casi todas las noches; y esto frecuentemente nos hace reír".

El pobre sacerdote fue evidentemente abrumado por mi respuesta, y cesó de cuestionarme sobre ese asunto. Cambiando la conversación, dijo: "¿Cuáles son tus otros pecados?"

Yo comencé a confesarlos de acuerdo al orden en que venían a mi memoria. Pero el sentimiento de vergüenza que me dominaba, al repetir todos mis pecados a ese hombre, fue mil veces mayor que el de haber ofendido a Dios. En realidad, estos sentimientos de vergüenza humana, que invadieron mis pensamientos, más aún, mi ser entero, no dejaron lugar para absolutamente ningún sentimiento religioso, y estoy seguro que este es el caso con la gran mayoría de quienes confiesan sus pecados al sacerdote.

Cuando había confesado todos los pecados que pude recordar, el sacerdote comenzó a hacerme las más extrañas preguntas sobre asuntos que mi pluma debe callar. Le respondí, "Padre, no entiendo lo que usted me pregunta".

"Te pregunto", replicó él, "sobre los pecados del sexto mandamiento de Dios", (el séptimo en la Biblia). "Confiesa todo, mi pequeño muchacho, porque irás al infierno, si, por tu error, omites algo".

Inmediatamente arrastró mis pensamientos a regiones de iniquidad que, gracias a Dios, habían sido hasta ese momento completamente desconocidas para mí.

Le respondí de nuevo, "No le entiendo", o "nunca hice esas cosas perversas".

Entonces, cambiando hábilmente a algunas cuestiones secundarias, él pronto volvería de forma astuta y artera a su asunto favorito, a saber, los pecados de impudicia.

Sus preguntas eran tan sucias que me sonrojé y me sentí asqueado con disgusto y vergüenza. Más de una vez, había estado, con gran pesar, en la compañía de malos muchachos, pero ninguno de ellos había ofendido mi naturaleza moral tanto como lo había hecho este sacerdote. Ninguno se había jamás aproximado a la sombra de las cosas de las cuales ese hombre rasgó el velo, y que puso delante de los ojos de mi alma. En vano le dije que yo no era culpable de aquellas cosas; que ni siquiera entendía lo que me preguntaba; pero él no me liberaría.

Como un buitre inclinado sobre el pobre pájaro indefenso que cae entre sus garras y es desguazado, ese cruel sacerdote parecía determinado a arruinar y corromper mi corazón.

Finalmente me hizo una pregunta en una forma de expresarse tan mala, que fui realmente afligido y puesto fuera de mí. Me sentí como si hubiese recibido el sacudón de una batería eléctrica, un sentimiento de horror me hizo estremecer. Fui llenado con tal indignación que, hablando lo bastante fuerte como para ser oído por muchos, le dije: "Señor, soy muy malo, pero nunca fui culpable de lo que usted menciona; por favor no me haga más esas preguntas, que me enseñan más maldad de la que jamás conocí".

El resto de mi confesión fue breve. La severa reprensión que le había dado hizo que ese sacerdote se ruborizara evidentemente, si es que no le atemorizó. Se detuvo brevemente, y me dio algunos muy buenos consejos, que podrían haberme hecho bien, si las profundas heridas que sus preguntas habían infligido sobre mi alma, no hubieran absorbido mis pensamientos como para impedirme prestar atención a lo que decía. Me dio una pequeña penitencia y me despidió.

Dejé el confesionario irritado y confundido. Por la vergüenza de lo que había acabado de oír, no me animaba a levantar mis ojos del suelo. Fui a una esquina de la iglesia para hacer mi penitencia, es decir, para recitar las oraciones que me había indicado. Permanecí por un largo tiempo en la iglesia. Tenía necesidad de calma, después del terrible juicio por el que había acabado de pasar. Pero en vano busqué reposo. Las avergonzantes preguntas que me había hecho recientemente; el nuevo mundo de iniquidad en el que había sido introducido; los impuros fantasmas por los cuales fue profanada mi mente infantil, confundieron y afligieron tanto a mi alma, que comencé a llorar amargamente.

Dejé la iglesia solamente cuando fui obligado a hacerlo por las sombras de la noche, y regresé a la casa de mi tío con un sentimiento de vergüenza e inquietud, como si hubiese hecho una mala acción y temiera ser descubierto. Mi aflicción se acrecentó mucho cuando mi tío dijo bromeando: "Ahora que has ido a confesarte, serás un buen muchacho. Pero si no eres un mejor muchacho, serás uno más informado, si tu confesor te enseñó lo que me enseñó el mío cuando me confesé por primera vez".

Me ruboricé y permanecí en silencio. Mi tía dijo: "Debes sentirte feliz, ahora que has hecho tu confesión: ¿No?"

Le di una respuesta evasiva, pero no pude disimular enteramente la confusión que me embargaba. Me fui a la cama temprano; pero difícilmente podía dormir.

Pensaba que era el único muchacho a quien el sacerdote había hecho esas contaminantes preguntas; pero grande fue mi confusión, cuando, al ir a la escuela el día siguiente, me enteré que mis compañeros no habían sido más felices que lo que yo había sido. La única diferencia fue que, en vez de estar apenados como lo estaba yo, ellos se reían de esto.

"¿El sacerdote les dijo esto y aquello?", preguntarían, riendo de manera ruidosa; me rehusé responder, y dije: "¿No están avergonzados de hablar de estas cosas?"

"¡Ah! ¡Ah! qué escrupuloso eres", continuaron, "si no es un pecado para el sacerdote hablarnos de estos asuntos, cómo puede ser para nosotros un pecado el reírnos de esto".

Me sentí confundido, no sabiendo que contestar. Pero mi confusión aumentó no poco cuando, algo después, percibí que las chicas jóvenes de la escuela no habían sido menos contaminadas o escandalizadas que los muchachos. Aunque manteniéndose a suficiente distancia de nosotros para impedir que nos enterásemos de todo lo que tenían que decir sobre su experiencia en el confesionario, aquellas chicas estaban suficientemente cerca como para que oyéramos muchas cosas que habría sido mejor para nosotros no conocer. Algunas de ellas parecían meditabundas, tristes, y avergonzadas, pero algunas de ellas reían vehementemente por lo que habían aprendido en la casilla del confesionario.

Yo estaba muy indignado contra el sacerdote; y pensaba para mí mismo que él era un hombre muy malvado por habernos hecho preguntas tan repugnantes. Pero estaba equivocado. Ese sacerdote fue honesto; él solamente estaba cumpliendo su deber, como supe después, cuando estudié a los teólogos de Roma. El Reverendo Sr. Beaubien era un verdadero caballero; y si él hubiera sido libre de seguir los dictados de su honesta conciencia, es mi firme convicción, que nunca habría manchado nuestros jóvenes corazones con ideas tan impuras. Pero qué puede hacer la honesta conciencia de un sacerdote en el confesionario, excepto ser silencioso y mudo; el sacerdote de Roma es un autómata, atado a los pies del Papa por una cadena de hierro. Él puede moverse, ir hacia la izquierda o la derecha, arriba o abajo, puede pensar y actuar, pero sólo por la orden del infalible dios de Roma. El sacerdote conoce la voluntad de su moderna divinidad solamente por medio de sus aprobados emisarios, embajadores y teólogos. Con vergüenza sobre mi frente, y con amargas lágrimas de pesar fluyendo justo ahora, sobre mis mejillas, confieso que yo mismo he debido aprender de memoria aquellas destructivas preguntas, y hacerlas a los jóvenes y viejos, que como yo, fueron alimentados con las doctrinas diabólicas de la Iglesia de Roma, en referencia a la confesión auricular.

Cierto tiempo después, algunas personas tendieron una emboscada y castigaron a ese mismo sacerdote, cuando, durante una muy oscura noche él estaba volviendo de visitar a sus bellas jóvenes penitentes, las señoritas Richards. Y el día siguiente, los conspiradores se encontraron en la casa del Dr. Stephen Tache, para dar un informe de lo que habían hecho ante la sociedad semisecreta a la que pertenecían, yo fui invitado por mi joven amigo Louis Casault para esconderme con él, en una habitación contigua, donde podíamos oír todo sin ser vistos. Encuentro en los viejos manuscritos de "memorias de mis años de juventud" la siguiente exposición del Sr. Dubord, uno de los comerciantes principales de St. Thomas.

"Sr. Presidente, yo no estuve entre aquellos que dieron al sacerdote la expresión de los sentimientos públicos con la elocuente voz del látigo; pero desearía haber estado; de buena gana habría cooperado en dar aquella tan merecida lección a los padres confesores de Canadá; y permítanme darles mis razones para eso".

"Mi hija, que es de apenas doce años, fue a confesarse, como hicieron las otras niñas del pueblo, hace algún tiempo. Eso fue contra mi voluntad. Yo sé por mi propia experiencia, que de todas las acciones, la confesión es la más degradante de la vida de una persona. No puedo imaginar nada tan bien calculado para destruir para siempre el autorespeto de alguno, como la moderna invención del confesionario. Ahora, ¿qué es una persona sin autorespeto? ¿Especialmente una mujer? ¿No está todo perdido para siempre sin esto?

"En el confesionario, todo es corrupción del peor grado. Allí, los pensamientos, labios, corazones y almas de las niñas son contaminados para siempre. ¿Necesito probar esto?

¡No! Porque aunque ustedes han abandonado la confesión auricular, como algo degradante de la dignidad humana, no han olvidado las lecciones de corrupción que recibieron de ella. Aquellas lecciones han permanecido en sus almas como las cicatrices dejadas por el hierro al rojo vivo sobre la frente del esclavo, para ser un testigo perpetuo de su esclavitud, para ser un testigo perpetuo de su vergüenza y sumisión.
"¡El confesionario es el lugar donde nuestras esposas e hijas aprenden cosas que harían sonrojar a la más degradada mujer de nuestras ciudades!

"¿Por qué todas las naciones Católico-romanas son inferiores a las naciones pertenecientes al Protestantismo? Solamente puede encontrarse la solución a esa cuestión en el confesionario. ¿Y por qué son todas las naciones Católico-romanas degradadas en la medida que se someten a sus sacerdotes? Porque cuando más frecuentemente los individuos que componen esas naciones van a confesarse, más rápidamente se hunden en los terrenos de la inteligencia y la moralidad. Un terrible ejemplo de la depravación de la confesión auricular ha ocurrido recientemente en mi propia familia.

"Como he dicho hace un momento, yo estaba en contra de que mi propia hija fuera a confesarse, pero su pobre madre, que está bajo el control del sacerdote, fervientemente quería que ella fuera. Para no tener una escena desagradable en mi casa, tuve que ceder ante las lágrimas de mi esposa.

"El día posterior a la confesión, ellas creyeron que yo estaba ausente, pero estaba en mi oficina, con la puerta lo suficientemente abierta como para oír todo lo que podía ser dicho por mi esposa y la niña. Y la siguiente conversación tomó lugar:

"'¿Qué te hace tan pensativa y triste, mi querida Lucy, desde que fuiste a confesarte? Me parece que deberías sentirte más feliz desde que tuviste el privilegio de confesar tus pecados.'

"Mi hija no respondió una palabra; ella permaneció absolutamente en silencio.

"Después de dos o tres minutos de silencio, oí a la madre diciendo: '¿Por qué lloras, mi querida Lucy? ¿Estás enferma?'

"¡Pero todavía no hubo respuesta de la niña!"

Ustedes bien pueden suponer que yo estaba con toda la atención; tenía mis sospechas particulares acerca del terrible misterio que había tomado lugar. Mi corazón latía con inquietud y enojo.

"Después de un breve silencio, mi esposa hablo de nuevo a su hija, pero con la suficiente firmeza como para que se decidiera finalmente a contestar. En una voz temblorosa, ella dijo:

"'¡Oh! querida mamá, si supieras lo que el sacerdote me preguntó, y lo que me dijo cuando me confesaba, quizás estarías tan triste como yo.'

"'¿Pero qué puede haberte dicho? Él es un hombre santo, debes haberle entendido mal, si piensas que él ha dicho algo impropio.'

"Mi niña se echó en los brazos de su madre, y contestó con una voz, medio sofocada con sus sollozos: 'No me pidas que te diga lo que dijo el sacerdote—eso es tan vergonzoso que no puedo repetirlo—sus palabras se han adherido a mi corazón como la sanguijuela puesta en el brazo de mi pequeño amigo, el otro día.'

"'¿Qué piensa de mí el sacerdote, para haberme hecho tales preguntas?'

"Mi esposa contestó: 'Iré al sacerdote y le enseñaré una lección. Yo misma he notado que él va demasiado lejos cuando interroga a las personas de edad, pero tenía la esperanza de que era más prudente con los niños. Te pido, sin embargo, que nunca hables de esto con nadie, especialmente no dejes que tu pobre padre sepa algo de esto, porque él ya tiene bastante poco de religión, y esto le dejaría sin nada en absoluto'.

"Yo no pude refrenarme más tiempo: abruptamente entré a la sala. Mi hija se arrojó en mis brazos; mi esposa gritó con terror, y casi cayó desmayada. Yo dije a mi niña: 'Si me amas, pon tu mano sobre mi corazón, y prométeme que nunca irás a confesarte nuevamente. Teme a Dios, mi niña, y camina en su presencia. Porque sus ojos te ven en todas partes. Recuerda que Él siempre está presto para perdonarte y bendecirte cada vez que vuelvas tu corazón a Él. Nunca te pongas de nuevo a los pies de un sacerdote, para ser contaminada y degradada'.
"Mi hija me prometió esto.

"Cuando mi esposa se recuperó de su sorpresa, le dije:

"'¡Señora, hace mucho que el sacerdote llegó a ser todo, y tu esposo nada para ti! Hay un poder oculto y terrible que te gobierna; este es el poder del sacerdote; tú has negado esto frecuentemente, pero ya no puede ser negado más; la Providencia de Dios ha decidido hoy que este poder sería destruido para siempre en mi casa; yo quiero ser el único gobernante de mi familia; desde este momento, el poder del sacerdote sobre ti es abolido para siempre. Cuando vayas y lleves tu corazón y tus secretos a los pies del sacerdote, sé tan amable como para no regresar más a mi casa como mi esposa'".

Esta es una de las miles de muestras de la paz de conciencia traída al alma por medio de la confesión auricular. Si fuera mi intención publicar un tratado sobre este asunto, podría dar muchos ejemplos similares, pero como solamente deseo escribir un capítulo breve, citaré como evidencia sólo un hecho más para mostrar el terrible engaño practicado por la Iglesia de Roma, cuando invita a las personas a que vayan a confesarse, bajo el pretexto de que la paz para el alma será el premio de su obediencia. Oigamos el testimonio de otro testigo vivo e irreprochable, acerca de esta paz del alma, antes, durante, y después de la confesión auricular. En su sobresaliente libro, "Experiencia Personal del Catolicismo Romano", la señorita Eliza Richardson escribe (en las páginas 34 y 35): *

* Esta señorita Richardson es una bien conocida dama Protestante, de Inglaterra, que se hizo Romanista llegando a ser una monja, y volvió a su iglesia Protestante, después de cinco años de experiencia personal en el Papismo. Ella todavía vive como un testigo irrefutable de la depravación de la confesión auricular.

"De tal manera silencié mis necias objeciones, y continué para probar el fervor y sinceridad de un converso por la confesión. Y, aquí, estaba sin duda una vigorosa fuente de pena e inquietud, y una no tan fácilmente vencida. ¡La teoría había aparecido, como un todo, justa y racional; pero la realidad, en algunos de sus detalles, era terrible!

"Desnudado, para la mirada del público, de sus más oscuros ingredientes, y engalanado, en sus obras teológicas, con falsas y engañosas pretensiones de verdad y pureza, se exhibió un dogma sólo calculado para imponer una influencia benéfica sobre la humanidad, y para resultar una fuente de moralidad y provecho. Pero oh, como con todos los ideales, ¿cuán diferente era lo real?

"Aquí, sin embargo, puedo observar, de paso, el efecto producido sobre mi mente por el primer examen de las ediciones más antiguas de 'el Jardín del Alma'. Recuerdo la piedra de tropiezo que fue para mí; mi sentido de delicadeza femenina fue conmocionado. Fue una página oscura en mi experiencia cuando por vez primera me arrodillé a los pies de un hombre mortal para confesar lo que debía haber sido dirigido a los oídos de Dios solo. No puedo demorarme sobre esto   Aunque creo que mi confesor era, en general, cauto en la misma medida que era amable, en algunas cosas fui extrañamente sorprendida, totalmente confundida.

"La pureza de pensamiento y la delicadeza con las que había sido educada, no me habían preparado para semejante experiencia; y mi propia sinceridad, y mi temor de cometer un sacrilegio, tendían a aumentar el dolor de la ocasión. Una circunstancia, especialmente, recordaré, que mi conciencia encadenada me convenció que estaba obligada a nombrar. Mi tribulación y terror, indudablemente, me hizo menos explícita de lo que de otra forma podría haber sido. El interrogatorio, no obstante, la hizo resurgir, y las ideas proporcionadas por éste, provocaron mis sentimientos a tal grado, que olvidando todo respeto por mi confesor, e incluso sin cuidar, en ese momento, si recibiría o no la absolución, impulsivamente exclamé, 'no puedo decir una palabra más', mientras en mi mente entraba el pensamiento, 'es verdad todo lo que sus enemigos dicen de ellos'. Aquí, sin embargo, la prudencia dictó a mi interrogador que no continuara con el asunto más allá; y el tono amable y casi respetuoso que inmediatamente asumió, lograron borrar una impresión tan injuriosa. Al levantarme de mis rodillas, cuando gustosamente habría escapado a cierta distancia antes que haber encontrado su mirada, él me habló de la forma más familiar sobre diferentes temas, y me detuvo algún tiempo hablando. Nunca supe que parte tomé en la conversación, y todo lo que recuerdo, fue el ardor en las mejillas, y la incapacidad para levantar mis ojos del suelo.

"Aquí no debe suponerse que intencionadamente estoy poniendo un estigma sobre un individuo. Ni estoy arrojando culpas inadecuadas sobre el clero. Es el sistema el que está errado, un sistema que enseña que las cosas, incluso ante el recuerdo de las cuales la humanidad degradada debe sonrojarse en la presencia del cielo y sus ángeles, deberían ser reveladas, meditadas, y expuestas en detalle, ante los manchados oídos de un corrupto y caído prójimo mortal, quien, de semejantes pasiones que el penitente a sus pies, está por lo tanto expuesto a las más oscuras y peligrosas tentaciones. ¿Pero qué diremos de la mujer? ¡Corre un velo! ¡Oh pureza, recato! ¡y todo sentimiento femenino! ¡un velo como olvido, sobre la terriblemente peligrosa experiencia a través de la cual eres llamada a pasar!" (Páginas 37 y 38).

"¡Ah! ¡hay cosas que no pueden ser recordadas! Hechos demasiado sorprendentes, y al mismo tiempo muy delicadamente complicados, para admitir una descripción pública, para reunir la mirada pública; pero la mejilla puede sonrojarse en secreto ante las genuinas imágenes que evoca la memoria, y la mente oprimida se sobresalta con horror por las sombras oscuras que la han entristecido y abrumado. Yo apelo a quienes se convirtieron, a las convertidas del sexo más débil, y les pregunto, osadamente les pregunto, ¿cuál fue la primer impresión hecha en sus mentes y sentimientos por el confesionario? No pregunto cuando la posterior familiarización debilitó los efectos; sino cuando fue hecho el primer conocimiento de esto, ¿cómo fueron afectadas por esto? No cómo lo fue la impura, la ya manchada, porque para la tal esto es tristemente susceptible de ser hecho una más oscura fuente de culpa y vergüenza, apelo a la pura de mente y la delicada, la pura de corazón y sentimiento. ¿No fue la primera impresión de ustedes una de inexpresable temor y perplejidad, seguida por un sentimiento de humillación y degradación no fácil de ser definido o soportado?" (Página 39). "El recuerdo de ese tiempo, [la primer confesión auricular], siempre será penoso y aborrecible para mí; aunque la experiencia posterior ha arrojado incluso eso distante, en la lejanía. Eso fue mi lección inicial sobre cuestiones que nunca deberían entrar en la imaginación de la juventud femenina; mi introducción en una región que nunca debería acercarse la inocente y la pura." (Página 61). "Una o dos personas (Católicas Romanas) pronto establecieron una estrecha intimidad conmigo, y hablaban con una libertad
y llaneza que yo nunca antes había encontrado. Mis amistades, sin embargo, habían sido criadas en conventos, o estuvieron allegadas a ellos por años, y yo no podía contradecir sus afirmaciones.
Yo era reacia a creer más de lo que había experimentado. La prueba, sin embargo, estaba
destinada a venir en una forma no dudosa en un día cercano    ¡Una oscura y manchada
página de experiencia fue rápidamente abierta sobre mí; pero tan poco acostumbrado estaba el ojo que la examinó, que yo apenas podía, repentinamente, creer en su verdad! Y eso fue de una hipocresía tan aborrecible, de un sacrilegio tan terrible, y un abuso tan grosero de todas las cosas puras y santas, y en la persona de uno obligado por sus votos, por su posición, y, por cada ley de su Iglesia, así como las de Dios, a poner un ejemplo elevado, que, por un tiempo, toda confianza en la misma existencia de la sinceridad y la bondad estaba en peligro de ser conmovida; los sacramentos, estimados más sagrados, fueron profanados; votos desdeñados, el alardeado secreto del confesionario solapadamente quebrantado, y su santidad forzada para un propósito impío; mientras incluso la visita privada fue convertida en un canal para la tentación, y fue hecha la ocasión de malvada libertad de palabras y conducta. Así corrió el relato de la maldad, y este fue un terrible relato. Por éste todos los pensamientos serios de religión fueron casi extinguidos. La influencia fue espantosa y contaminante, el torbellino de la conmoción inenarrable; no puedo entrar en pequeños detalles aquí, todo sentido de delicadeza femenina y de sensibilidad como mujer rehuye semejante tarea. Como mucho, no obstante, puedo decir, que junto a otras dos jóvenes amigas, hicimos un viaje hasta un confesor, un residente de una casa religiosa, quien vivía a cierta distancia, para exponer el asunto ante él, pensando que él tomaría algunas medidas correctivas adecuadas a la urgencia del caso. Él oyó nuestras declaraciones unidas, expresó gran indignación, y en seguida nos encomendó a cada una de nosotras que escribiéramos y detalláramos las circunstancias del caso al Obispo del distrito. Hicimos esto, pero por supuesto nunca oímos el resultado. Los recuerdos de estos lúgubres y desgraciados meses parecen ahora como un horrible y repudiable sueño. ¡Esto fue una verdadera familiarización con las cosas más inicuas!" (Página 63).
"La religión de Roma enseña que si usted omite nombrar algo en la confesión, a pesar de ser repugnante o repulsivo a la pureza, algo que incluso usted dude de haber cometido, sus confesiones posteriores son así hechas nulas y sacrílegas; porque se inculca que los pecados de pensamiento deben ser confesados para que el confesor pueda juzgar su carácter mortal o venial. Qué clase de cadena se ata con esto alrededor de los estrictamente concienzudos, yo intentaría describirla si pudiera. ¡Pero se la debe haber llevado para entender su carácter torturante! ¡Es suficiente decir que, en los meses pasados, yo no había hecho de manera alguna una buena confesión! Y ahora, llena con remordimiento por mi pecaminosidad sacrílega pasada, resolví hacer una nueva confesión general al religioso aludido. Pero la escrupulosidad de este confesor excedió todo lo que yo había encontrado hasta ese momento. Él me dijo que algunas cosas eran pecados mortales las cuales yo nunca antes había imaginado que podían serlo, y así arrojó tantas cadenas alrededor de mi conciencia, que fue despertada dentro mío una hueste de ansiedades por mi primer confesión general. No tuve otra salida, entonces, sino rehacerla, y así entré renovada en la amarga senda que había creído que nunca más tendría ocasión de transitar. Pero si mi primer confesión había lacerado mis sentimientos, ¿qué era aquella ante esta? Las palabras no tienen poder, el lenguaje no tiene expresión para caracterizar la emoción que la distinguió.
"La dificultad que sentí para hacer una declaración completa y explícita de todo lo que me angustiaba, habilitó a mi confesor con una excusa para su ayuda en la oficina de interrogación, y de buena gana ocultaría mucho de lo que pasó entonces como una sucia mancha sobre mi memoria. Pronto encontré que él consideraba pecados mortales a los que mi primer confesor había aceptado tratar sólo superficialmente, y no tuvo escrúpulos en decir que yo nunca todavía había hecho un buena confesión en absoluto. Mis ideas, por lo tanto, se volvían más complejas y confusas en la medida que avanzaba, hasta que, finalmente, comencé a sentirme en dudas de alguna vez culminar mi tarea en algún grado satisfactoriamente; y mi mente y memoria estaban absolutamente atormentadas para recordar cada iota de cualquier clase, real o imaginaria, que podría si fuera omitida, ser más adelante ocasión de preocupación. ¡Las cosas, anteriormente consideradas comparativamente leves, fueron vueltas a enumerar, y fueron declaradas pecados
condenables; y como, día tras día, me arrodillaba a los pies de ese hombre, respondiendo preguntas y escuchando admoniciones calculadas para abatir mi alma hasta el polvo, me sentía como si difícilmente podría ser capaz de levantar mi cabeza de nuevo!
(Página 63).
¡Esta es la paz que fluye de la confesión auricular! Yo declaro solemnemente que, excepto en unos pocos casos, en los cuales la confianza de los penitentes está al borde de la imbecilidad, o en los casos en que han sido transformados en bestias inmorales, nueve décimos de las multitudes que van a confesarse son obligados a relatar unas historias tan desconsoladoras como aquella de la señorita Richardson, cuando son lo suficientemente honestos para decir la verdad.
Los apóstoles más fanáticos de la confesión auricular no pueden negar que el examen de conciencia que debe preceder a la confesión, es una tarea de lo más dificultosa, una tarea que, en vez de llenar la mente con paz, la llena con ansiedad y severos temores. ¿Es solamente entonces después de la confesión que ellos prometen tal paz? Pero ellos saben
muy bien que esta promesa también es un cruel engaño porque para hacer una buena
confesión el penitente debe relatar no solamente sus malas acciones, sino todos sus malos pensamientos y deseos, sus cantidades y diversas circunstancias agravantes. ¿Pero han ellos encontrado a uno solo de sus penitentes que estuviera seguro de haber recordado todos los pensamientos, los deseos, todas las inclinaciones criminales del pobre corazón pecador? Ellos son bien conscientes que enumerar los pensamientos de la mente de días y semanas pasados, y narrar precisamente esos pensamientos en un período posterior, es exactamente igual de fácil que evaluar y contar las nubes que han pasado sobre el sol durante una tormenta de tres días, un mes después de que esa tormenta ha terminado. ¡Es simplemente imposible—absurdo! Esto nunca fue hecho, esto nunca será hecho. Pero no hay paz posible mientras el penitente no esté seguro de que ha recordado, contado, y confesado cada pasado pecaminoso pensamiento, palabra y obra. Esto es, entonces, imposible, ¡sí! es moralmente y físicamente imposible para un alma encontrar paz por medio de la confesión auricular. Si la ley que dice a todo pecador: "Tú estás obligado, bajo pena de eterna condenación, a recordar todos tus malos pensamientos y a confesarlos con lo mejor de tu memoria", no fuera tan evidentemente una invención satánica, debería ser puesta entre las más infames ideas que han surgido jamás del cerebro del hombre caído. Porque ¿quién puede recordar y contar los pensamientos de una semana, de un día, más aún, de una hora de esta vida pecaminosa?

¿Dónde está el viajero que ha cruzado las selvas pantanosas de Norteamérica, durante los tres meses de clima cálido, que podría decir el número de mosquitos que le han picado y sacado la sangre de las venas? ¿Qué pensaría aquel viajero del hombre que, seriamente, le dijera: "Debes prepararte para morir, si no me dices, con lo mejor de tu memoria, cuantas veces has sido mordido por los mosquitos los últimos tres meses del verano, cuando cruzaste las tierras pantanosas a lo largo de las costas de los ríos Mississippi y Missouri"? ¿No sospecharía él que su inmisericorde interrogador ha escapado de un asilo para lunáticos?

Pero sería mucho más fácil para ese viajero decir cuantas veces ha sufrido las picaduras de los mosquitos, que para el pobre pecador contar los malos pensamientos que han pasado por su pecaminoso corazón, a través de cualquier período de su vida.

Aunque al penitente se le dice que debe confesar sus pensamientos solamente de acuerdo con su mejor recuerdo, él nunca, jamás sabrá si ha hecho su mejor esfuerzo para recordar todo: constantemente temerá que no haya hecho lo mejor para enumerarlos y confesarlos correctamente.

Cualquier sacerdote honesto, si habla la verdad, inmediatamente, admitirá que sus más inteligentes y piadosos penitentes, especialmente entre las mujeres, están torturados constantemente por el temor de haber omitido confesar algunas obras o pensamientos pecaminosos. Muchos de ellos, ya después de haber hecho varias confesiones generales, están constantemente urgidos por el aguijoneo de sus conciencias, a comenzar de nuevo, con el temor de que su primer confesión tuvo algunos serios defectos. Aquellas pasadas confesiones, en vez de ser una fuente de gozo y paz espiritual, son, por el contrario, como muchas espadas de Damocles, suspendidas sobre sus cabezas día y noche, llenando sus almas con los terrores de una muerte eterna. A veces, las conciencias de aquellas mujeres honestas y piadosas angustiadas por el terror les dicen que no estuvieron lo suficientemente contritas; otras veces, ellas se reprochan por no haber hablado de manera suficientemente clara, sobre algunas cosas más apropiadas para hacerlas sonrojar.

En muchas ocasiones, también, ha sucedido que los pecados que un confesor ha declarado ser veniales, y que han dejado de ser confesados por mucho tiempo, otro más escrupuloso que el primero, declararía que son condenables. Todo confesor, entonces sabe bien que lo que ofrece es evidentemente falso, cada vez que él despide a sus penitentes, con la salutación: "Ve en paz, tus pecados te son perdonados".

Pero es un error decir que el alma no encuentra paz en la confesión auricular; en muchos casos, es encontrada paz. Y si el lector desea aprender algo de esa paz, que vaya al cementerio, abra las tumbas, y dé una mirada adentro de los sepulcros. ¡Qué horrendo silencio! ¡Qué profunda quietud! ¡Qué terrible y aterradora paz! Usted ni siquiera oye el movimiento de los gusanos que se arrastran adentro, y de los gusanos que se arrastran afuera, cuando festejan sobre el esqueleto inanimado. ¡Tal es la paz del confesionario! El alma, la inteligencia, el honor, el autorespeto, la conciencia, son, allí, sacrificados. ¡Allí ellos deben morir! Sí, el confesionario es la verdadera tumba de la conciencia humana, un sepulcro de la honestidad, la dignidad, y la libertad humanas; el cementerio del alma humana! Por su causa, el hombre, a quien Dios ha hecho a su propia imagen, es convertido en la semejanza de la bestia que perece; la mujer, creada por Dios para ser la gloria y la compañera del hombre, es transformada en la vil y temblorosa esclava del sacerdote. En el confesionario, el hombre y la mujer alcanzan el más alto grado de perfección papista; ellos llegan a ser como palos secos, como ramas muertas, como silenciosos cadáveres en las manos de sus confesores. Sus espíritus son destruidos, sus conciencias son hechas tiesas, sus almas son arruinadas.

Este es el supremo y perfecto resultado alcanzado, en sus más elevadas victorias, por la Iglesia de Roma.

Verdaderamente, hay paz para ser encontrada en la confesión auricular—¡sí, pero es la paz de la tumba!

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