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El dogma de la confesión auricular una sacrílega falsía - Capítulo IX

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

 Los primeros han visto en este texto los inajenables atributos de Dios para perdonar y retener pecados transferidos a hombres pecadores; los segundos han cedido su posición de la forma más necia, aún cuando intentando refutar sus errores.
Un poco más de atención a la traducción de los versículos 3 y 6 del capítulo xiii de Levítico por la Septuaginta habría prevenido a los primeros de caer en sus sacrílegos errores, y habría salvado a los últimos de perder tanto tiempo en refutar errores que se refutan a sí mismos.

Muchos creen que la Biblia Septuaginta era la Biblia que fue generalmente usada por Jesucristo y el pueblo Hebreo en los días de nuestro Salvador. Su lenguaje fue posiblemente el hablado en los tiempos de Cristo y entendido por sus oyentes. Cuando se dirigía a sus apóstoles y discípulos sobre sus deberes hacia los leprosos espirituales a quienes ellos iban a predicar los caminos de salvación, Cristo constantemente seguía las mismas expresiones de la Septuaginta. Ella fue el fundamento de su doctrina y el testimonio de su misión divina a la cual apeló constantemente: el libro que era el mayor tesoro de la nación.

Desde el principio al fin del Antiguo y el Nuevo Testamento, la lepra corporal, con la que debía tratar el sacerdote Judío, es presentada como la figura de la lepra espiritual, el pecado, la penalidad del cual nuestro Salvador ha tomado sobre sí mismo, para que pudiéramos ser salvados por su muerte. Esa lepra espiritual era la verdadera cosa para cuya limpieza él había venido a este mundo—por la cual vivió, sufrió, y murió. Sí, la lepra corporal con la cual debían tratar los sacerdotes Judíos, era la figura de los pecados que Cristo iba quitar por el derramamiento de su sangre, y con los cuales sus discípulos iban a tratar hasta el fin del mundo.

Cuando hablando de los deberes de los sacerdotes hebreos hacia el leproso, nuestras traducciones modernas dicen: (Lev. xiii. v. 6), "Ellos lo declararán limpio." O (v. 3) "Ellos lo declararán impuro."

Pero esta acción de los sacerdotes fue expresada en una manera muy diferente por la Biblia Septuaginta, usada por Cristo y la gente de su tiempo. En vez de decir: "El sacerdote declarará limpio al leproso", como leemos en nuestra Biblia, la versión Septuaginta dice: "El sacerdote limpiará (katharei), o no limpiará (mianei) al leproso."

Nadie ha sido jamás tan tonto, entre los judíos, como para creer que porque su Biblia decía limpiarái (katharei), sus sacerdotes tenían el poder milagroso y sobrenatural de quitar y curar la lepra; y en ningún lado vemos que los sacerdotes judíos hayan tenido la audacia para tratar de persuadir al pueblo que ellos habían recibido alguna vez algún poder sobrenatural y divino para "limpiar" la lepra, porque su Dios, por medio de la Biblia, había dicho de ellos: "Ellos limpiarán al leproso". Tanto el sacerdote como el pueblo eran lo suficientemente inteligentes y honestos para entender y reconocer que, por esa expresión, solamente se quería decir que el sacerdote tenía el derecho legal para ver si la lepra se había ido o no, ellos solamente debían mirar ciertas marcas indicadas por Dios mismo, por medio de Moisés, para saber si Dios había curado o no al leproso antes de que se presentara a su sacerdote.

El leproso, curado solamente por la misericordia y poder de Dios, antes de que se presentara ante el sacerdote, solamente era declarado por ese sacerdote que estaba limpio. Así se dijo, por la Biblia, que el sacerdote estaba, para "limpiar" al leproso, o la lepra;—y en el caso opuesto para "no limpiar". (Septuaginta, Levítico xiii. v. 3, 6).

Ahora, pongamos lo que Dios ha dicho, por medio de Moisés, a los sacerdotes de la antigua ley, en referencia a la lepra corporal, frente a frente con lo que Dios ha dicho, por medio de su Hijo Jesús, a sus apóstoles y a su iglesia entera, en referencia a la lepra espiritual de la que Cristo nos ha librado en la cruz.

Biblia Septuaginta, Levítico xiii.

"Y el Sacerdote mirará a la llaga, en la piel de la carne, y si el pelo en la llaga se ha vuelto blanco, y si la llaga pareciera ser más profunda que la piel de su carne, ella es una llaga de lepra; y el sacerdote la reconocerá sobre él y NO LO LIMPIARÁ (mianei) "Y el Sacerdote mirará de nuevo sobre él el día séptimo, y si la llaga está algo oscura y no se extiende sobre la piel, el Sacerdote LO LIMPIARÁ (katharei): y él lavará sus ropas y SERÁ LIMPIO" (katharos).

Nuevo Testamento, Juan xx. 23.

"A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos."

La analogía de las enfermedades con las cuales los sacerdotes hebreos y los discípulos de Cristo debían tratar, es notable: así la analogía de las expresiones prescribiendo sus respectivo deberes es también notable.

Cuando Dios dijo a los sacerdotes del Antiguo Pacto: "limpiaréis al leproso", y él será "limpiado", o "no limpiaréis al leproso", y él "no será limpiado", Él solamente dio el poder para ver si había algunos signos o indicaciones por los cuales ellos podían decir que Dios había curado al leproso antes de que se presentara al sacerdote. Así, cuando Cristo dijo a sus apóstoles y a toda su iglesia, "A los que remitiereis los pecados, les son remitidos", él solamente les dio la autoridad para decir cuando los leprosos espirituales, los pecadores, se habían reconciliado con Dios, y recibido su perdón de parte de él y sólo de él, previamente a acudir a los apóstoles.

Es verdad que los sacerdotes del Antiguo Pacto tenían regulaciones de Dios, a través de Moisés, que debían seguir, por medio de las cuales podían ver y decir si la lepra se había ido o no. Si la llaga no se extiende sobre la piel.. el sacerdote lo limpiará pero si el sacerdote ve que la costra se extiende sobre la piel, es lepra: "no le limpiará" . (Septuaginta, Levítico. xiii. 3, 6).

Alguno podría estar convencido que Cristo ese día habló en hebreo y no en griego, y usó el Antiguo Testamento en hebreo, solamente debemos decir que el hebreo es exactamente igual al griego—es dicho que el sacerdote estaba para limpiar o no limpiar según fuera el caso, exactamente como en la Septuaginta.
Así Cristo ha dado a sus apóstoles y a su iglesia entera igualmente, reglas y marcas infalibles para determinar si la lepra espiritual se hubo ido, para que ellos pudieran limpiar al leproso y decirle: yo te limpio, perdono tus pecados, o: no te limpio, retengo tus pecados. [N. de t.: no que nosotros todos los verdaderos creyentes, como sacerdotes de Dios (1 Pedro 2:9), debamos decir literalmente estas palabras al pecador que recibió la Salvación POR LA FE EN LA OBRA DE CRISTO, porque así podríamos dar a entender que nosotros tenemos el poder de perdonar, pero el autor quiere decir que nosotros somos encargados de declarar o aseverar a ese pecador arrepentido, que conforme a la Palabra de Dios él está perdonado y definitivamente salvado.]

Tendría, verdaderamente, muchos pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamentos para copiar, si fuera mi intención reproducir todas las marcas dadas por Dios mismo, a través de sus profetas, o por Cristo y los apóstoles, que sus embajadores podrían conocer cuando debieran decir al pecador que fue librado de sus iniquidades. Daré sólo unos pocos.

Primero: "Y les dijo: Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura.

"El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. (Marcos xvi. 15, 16).

¡Qué extraña falta de memoria en el Salvador del Mundo! ¡Él ha olvidado enteramente que la "confesión auricular", además de la fe y el bautismo es necesaria para ser salvados! [N. de t.: Es oportuno aclarar que la fe es la causa esencial de la salvación y el bautismo es una consecuencia o evidencia de ella. El bautismo es un TESTIMONIO público de la identificación del bautizado con la muerte y resurrección de Cristo (Romanos 6:3,4). Pero la salvación es consumada con la FE SALVADORA que se apropió de la obra de Cristo (Efesios 1:13). Aquí en Marcos el Señor resalta que la condenación es sólo por no creer. El bautismo es una evidenciación de la fe (Hechos 10:44-48]. Para aquellos que creen y son bautizados, los apóstoles y la iglesia son autorizados por Cristo a decir:

"¡Estás salvado! ¡Tus pecados están perdonados: yo te limpio!"

Segundo: "Y entrando en la casa, saludadla.

"Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.

"Y cualquiera que no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.

"De cierto os digo, que el castigo será más tolerable a la tierra de los de Sodoma y de los de Gomorra en el día del juicio, que a aquella ciudad." (Mateo x. 12-15).

Aquí, nuevamente, el Gran Médico dice a los discípulos cuando se irá la lepra, los pecados serán perdonados, el pecador purificado. Cuando los leprosos, los pecadores, hayan dado la bienvenida a sus mensajeros, oído y recibido su mensaje. Ninguna palabra acerca de la confesión auricular; esta gran panacea del Papa fue evidentemente ignorada por Cristo.

Tercero: "Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas." (Mateo vi. 14,15).

¿Era posible dar a los apóstoles y a los discípulos una regla más impresionante y simple para que pudieran saber cuando podían decir a un pecador: "¡Tus pecados están perdonados!" o, "tus pecados son retenidos"? ¡Aquí las llaves dobles del cielo son dadas públicamente de la forma más solemne a cada hijo de Adán! ¡Tan seguro como que hay Dios en el cielo y que Jesús murió para salvar a los pecadores, así es seguro que si uno perdona las ofensas de sus prójimos por amor del querido Salvador, al creer en él, sus propios pecados han sido perdonados! Hasta el fin del mundo, entonces, que los discípulos de Cristo digan al pecador: "Tus pecados son perdonados", no porque hayas confesado a mí tus pecados, sino por el amor de Cristo; la evidencia de lo cual es que tú has perdonado a aquellos que te han ofendido.

Cuarto: " Y he aquí, un doctor de la ley se levantó, tentándole y diciendo: Maestro, ¿haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?

"Y Él dijo: ¿Qué está escrito de la ley? ¿cómo lees?

"Y Él respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo.

"Y díjole: Bien has respondido: haz esto, y vivirás." (Lucas x. 25-28).

¡Qué buena oportunidad para que el Salvador hablara de la "confesión auricular" como un medio dado por él para ser salvados! Pero aquí nuevamente Cristo olvida esa maravillosa medicina de los Papas. Jesús, hablando absolutamente como los Protestantes, ordena que sus mensajeros proclamen perdón, remisión de pecados, no para aquellos que confiesan sus pecados al hombre, sino para aquellos que aman a Dios y a sus prójimos. ¡Y así harán sus verdaderos discípulos y mensajeros hasta el fin del mundo! [N. de t.: Recordemos que todas estas son evidencias de la salvación, cuya única causa es siempre la FE EN CRISTO ejercida un momento único de nuestra vida, y esa fe va acompañada por el nuevo nacimiento, que es el recibir y ser sellados de una vez y para siempre por el Espíritu Santo, por lo cual el nuevo cristiano está habilitado ahora para hacer obras que evidencian su salvación, (Juan 1:12, Efesios 2:8, 9).]

Quinto: "Y (el hijo pródigo) volviendo en sí, dijo: Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

"Y levantándose, vino a su padre. Y como aun estuviese lejos, viólo su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle.
"Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

"Mas el padre dijo a sus siervos: Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies. Y traed el becerro grueso. Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado." (Lucas xv. 17-24).

Apóstoles, y discípulos de Cristo, dondequiera oyereis, en esta tierra de pecado y miseria, el grito del Hijo Pródigo: "Me levantaré, e iré a mi padre", cada vez que lo vean, no a los pies de ustedes, sino a los pies de su verdadero Padre, gritando: "Padre, he pecado contra ti", unan vuestros himnos de gozo a los felices cánticos de los ángeles de Dios; repitan a los oídos de ese redimido pecador la sentencia recién salida de los labios del Cordero, cuya sangre nos limpia de todos nuestros pecados; díganle: "Tus pecados están perdonados".

Sexto: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga." (Mateo xi. 28-30).

Aunque estas palabras fueron pronunciadas más de 1.800 años atrás, ellas fueron pronunciadas esta misma mañana; ellas llegan a toda hora del día y la noche desde los labios y el corazón de Cristo a cada uno de nosotros los pecadores. Es ahora mismo que Jesús dice a todo pecador: "Venid a mí y yo os haré descansar". Cristo nunca ha dicho y nunca dirá a pecador alguno: "Id a mis sacerdotes y ellos les darán descanso". Pero él ha dicho: "Venid a mí, y yo os haré descansar".

Que los apóstoles y discípulos del Salvador, entonces, proclamen paz, perdón y descanso, no a los pecadores que vienen a confesarles sus pecados, sino a aquellos que van a Cristo, y a él solo, por paz, perdón y descanso. Porque "Venid a mí", desde los labios de Jesús, nunca ha significado—y nunca significará—"Id y confesad a los sacerdotes".

Cristo nunca hubiera dicho: "Mi yugo es fácil, y ligera mi carga" si hubiera instituido la confesión auricular. Porque el mundo jamás ha visto un yugo tan pesado, humillante, y degradante, como la confesión auricular.

Séptimo: "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en Él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna." (Juan iii. 14).

¿Requirió el Dios Todopoderoso alguna confesión auricular en el desierto, a los pecadores, cuando ordenó a Moisés que levantara la serpiente? ¡No! Ni tampoco Cristo habló de la confesión auricular como una condición de la salvación a aquellos que miraran a Él cuando murió sobre la Cruz para pagar sus deudas. Un perdón gratuito fue ofrecido a los israelitas que miraron a la serpiente levantada. Un perdón gratuito es ofrecido por Cristo crucificado a aquellos que le miran con fe, arrepentimiento, y amor. A tales pecadores los ministros de Cristo, hasta el fin del mundo, están autorizados a decir: "Vuestros pecados están perdonados, limpiamos vuestra lepra".

Octavo: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
"Porque no envió Dios a su Hijo al mundo, para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por Él.

"El que en Él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

"Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, porque sus obras no sean redargüidas.

"Mas el que obra verdad, viene a la luz, para que sus obras sean manifestadas que son hechas en Dios." (Juan iii. 16-21).

En la religión de Roma, es solamente a través de la confesión auricular que el pecador puede ser reconciliado con Dios; es sólo después que ha oído la más detallada confesión de todos los pensamientos, deseos, y acciones de un culpable que él puede decirle: "Tus pecados son perdonados". Pero en la religión del Evangelio, la reconciliación del pecador con su Dios es absolutamente y enteramente la obra de Cristo. Ese maravilloso perdón es un don gratuito ofrecido no por algún acto exterior del pecador: nada le es requerido excepto fe, arrepentimiento, y amor. Estas son las marcas por las cuales se conoce que la lepra está curada y los pecados perdonados. A todos aquellos que tienen estas marcas, los embajadores de Cristo son autorizados a decir, "Tus pecados están perdonados, te limpiamos".

Noveno: "El publicano estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propició a mí pecador.

"Os digo que éste descendió a su casa justificado." (Lucas xviii. 13-14). ¡Sí! ¡Justificado! ¡Y sin confesión auricular!

Ministros y discípulos de Cristo, cuando vean al pecador arrepentido golpeando su pecho y gritando: "¡Oh, Dios!, ¡ten misericordia de mí pecador!" cierren sus oídos a las engañosas palabras de Roma, o de su horrible apéndice los Ritualistas, que les hablan de forzar a aquel pecador redimido para que haga ante ustedes una confesión especial de todos sus pecados para obtener perdón. Pero vayan a él y entréguenle el mensaje de amor, paz, y misericordia, que recibieron de Cristo: "¡Tus pecados están perdonados! ¡Yo te 'limpio'!"

Décimo: "Y uno de los malhechores que estaban colgados, le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.

"Y respondiendo el otro, reprendióle, diciendo: ¿Ni aun tú temes a Dios, estando en la misma condenación?

"Y nosotros, a la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo.

"Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso." (Lucas xxiii. 39-43).

¡Sí, en el Paraíso del Reino de Cristo, sin la confesión auricular! Desde el Calvario, cuando sus manos están clavadas a la cruz, y su sangre es derramada, Cristo protesta contra la gran falsedad de la confesión auricular. Jesús será, hasta el fin del mundo, lo que él fue, allí, en la cruz: el amigo de los pecadores; siempre pronto para oír y perdonar a aquellos que invocan su nombre y confían en él.

Discípulos del evangelio, dondequiera oigan el clamor del pecador arrepentido al Salvador crucificado:

"Acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino", vayan y den la seguridad a aquel penitente redimido hijo de Adán, de que "sus pecados están perdonados:" —"limpien al leproso".

Undécimo: "Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar." (Isaías lv. 7).

"Lavad, limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de ante mis ojos; dejad de hacer lo malo: Aprended a hacer bien: buscad juicio, restituid al agraviado, oid en derecho al huérfano, amparad a la viuda.

"Venid luego, dirá Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana." (Isaías i. 16-18).

¡Aquí están los mojones de la misericordia de Dios, puestos por sus propias manos omnipotentes! ¿Quién osará removerlos para poner otros en su lugar? ¿Cristo ha tocado alguna vez estos mojones? ¿Alguna vez insinuó que algo excepto fe, arrepentimiento, y amor, con sus benditos frutos, eran requeridos al pecador para asegurar su perdón? No— nunca. ¿Alguna vez los profetas del Antiguo Testamento o los apóstoles del Nuevo, dijeron una palabra sobre la "confesión auricular", como una condición para el perdón? No—nunca.

¿Qué dice David?: "Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones á Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado." (Salmos xxxii. 5).

¿Qué dice el apóstol Juan?: "Si nosotros dijéremos que tenemos comunión con Él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no hacemos la verdad;

"Mas si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

"Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros.

"Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad." (1 Juan i. 6-9).

Este es el lenguaje de los profetas y los apóstoles. Este es el lenguaje del Antiguo y el Nuevo Testamento. Se requiere que el pecador confiese sus pecados a Dios y a Él solo. Es de Dios y de Él solo que puede esperar su perdón.

El apóstol Pablo escribió catorce epístolas, en las cuales habla de todos los deberes impuestos por las leyes de Dios sobre la conciencia humana y las prescripciones del Evangelio de Cristo. Mil veces habla a los pecadores, y les dice como pueden ser reconciliados con Dios. ¿Pero dice alguna palabra sobre la confesión auricular? ¡No— ninguna!

Los apóstoles Pedro, Juan y Judas, envían seis cartas a las diferentes iglesias, en las cuales dicen, con los mayores detalles, lo que las diferentes clases de pecadores deben hacer para ser salvados. Pero nuevamente, ninguna palabra sale de ellos acerca de la confesión auricular.

Santiago dice: "Confesaos vuestras faltas unos a otros". Pero esto es tan evidentemente la repetición de lo que había dicho el Salvador acerca de la forma de reconciliarse entre aquellos que se habían ofendido unos a otros, y está tan lejos del dogma de una confesión secreta al sacerdote, que los más celosos defensores de la confesión auricular no han osado mencionar ese texto en favor de su moderna invención.

Pero si buscamos en vano en el Antiguo y Nuevo Testamentos una palabra en favor de la confesión auricular como un dogma, ¿será posible encontrar ese dogma en los registros de los primeros mil años del Cristianismo? ¡No! Cuanto más alguno estudia los registros de la Iglesia Cristiana durante aquellos primeros diez siglos, más será convencido de que la confesión auricular es una miserable impostura de los días más oscuros del mundo y la iglesia. Y así sucede con las vidas de los antiguos padres de la iglesia. No se dice ninguna palabra de que ellos confesaran sus pecados a alguien, aunque se dicen mil cosas de ellos, que son de un carácter mucho menos interesante.

Así es con la vida de Santa María, la Egipcia. La minuciosa historia de su vida, sus escándalos públicos, su conversión, sus largas oraciones y ayunos en soledad, la detallada historia de sus últimos días y de su muerte, tenemos todo esto; pero no se dice palabra alguna de su confesión a nadie. Es evidente que ella vivió y murió sin jamás haber pensado ir a confesarse. [N. de t.: El autor usa en estos párrafos las palabras "san" o "santa" puestas junto al nombre de algunos creyentes de la historia, pero se aclara que este título otorgado solamente a ciertas personas por la Iglesia Católica no se corresponde con la calificación que el Nuevo Testamento hace de todos los cristianos como santos y que significa separados por Dios de este mundo perdido y tan pecaminoso, (1 Corintios 1:2; Efesios 1:1, etc.)]

El diácono Pontius escribió también la vida de San Cipriano, quien vivió en el siglo tercero; pero no dice palabra alguna de que San Cipriano hubiera ido alguna vez a confesarse, o hubiera oído la confesión de nadie. Más que eso, aprendemos de este confiable historiador que Cipriano fue excomulgado por el Papa de Roma, llamado Esteban, y que murió sin haber pedido jamás a alguno la absolución de esa excomunión; una cosa que por lo visto no le impidió ir al Cielo, ya que los infalibles Papas de Roma, que sucedieron a Esteban, nos han asegurado que él, [Cipriano], es un santo.

Gregorio de Nicea nos ha dado la vida de San Gregorio, de Neo-Cesarea, del siglo tercero, y de San Basilio, del siglo cuarto. Pero no habla de que hayan ido a confesarse, o de que hayan oído la confesión auricular y secreta de alguno. Es así evidente que aquellos dos grandes y buenos hombres, al igual que todos los cristianos de sus tiempos, vivieron y murieron sin jamás conocer algo sobre el dogma de la confesión auricular.
Tenemos la interesante vida de San Ambrosio, del siglo cuarto, por Paulinus; y por ese libro es evidente, tanto como que dos más dos son cuatro, que San Ambrosio nunca fue a confesarse.

La historia de San Martín, de Tours, del siglo cuarto, por Severus Sulpicius, del siglo quinto, es otro memorial dejado por la antigüedad para probar que no había dogma de la confesión auricular en aquellos días; porque San Martín evidentemente vivió y murió sin jamás ir a confesarse.

Palas y Teodoreto nos han dejado la historia de la vida, sufrimientos, y muerte de San Crisóstomo, Obispo de Constantinopla, quien murió al comienzo del siglo quinto, y ambos son absolutamente mudos acerca de ese dogma. Ningún hecho es más evidente, por lo que ellos dicen, que ese santo y elocuente obispo vivió y murió sin jamás pensar en ir a confesarse.

Ningún hombre ha sido nunca más perfectamente esclarecido en los detalles de la vida cristiana, al escribir sobre ese asunto, que el erudito y elocuente San Jerónimo, del siglo quinto. Muchas de sus admirables cartas están escritas a los pastores de su tiempo, y a varias damas y vírgenes cristianas, quienes le habían pedido que les diera algunos buenos consejos acerca del mejor modo de llevar una vida cristiana. Sus cartas, que forman cinco volúmenes, son los más interesantes memoriales de las costumbres, hábitos, opiniones, moralidad, y fe práctica y dogmática de los primeros cinco siglos de la iglesia; ellas son la evidencia más irrefutable de que la confesión auricular, como dogma, en ese entonces no tenía existencia, y es una invención bastante moderna. ¿Sería posible que Jerónimo hubiera olvidado dar algunas recomendaciones o reglas acerca de la confesión auricular, a los pastores de su tiempo que pedían su consejo acerca del mejor modo de cumplir sus deberes ministeriales, si hubiera sido uno de sus deberes oír la confesión del pueblo? Pero nosotros desafiamos al más devoto sacerdote moderno de Roma a encontrar una sola línea en todas las cartas de San Jerónimo en favor de la confesión auricular. En su admirable carta al Pastor Nepotianus, sobre la vida de los pastores, vol. II., pág. 203, cuando habla de las relaciones de los pastores con las mujeres, él dice: "Solus cum sola, secreto et absque arbitrio, vel teste, non sedeas. Si familiarius est aliquid loquendum, habet nutricem. majorem domus, virginem, viduam, vel mari tatam; non est tam inhumana ut nullum praeter te habeat cui se audeat credere."

"Nunca te sientes en secreto, solo, en un lugar retirado, con una mujer que esté sola contigo. Si ella tiene alguna cosa particular para decirte, que ella tome la acompañante femenina de la casa, una muchacha joven, una viuda, o una mujer casada. Ella no puede ser tan ignorante de las reglas de la vida humana como para esperar tenerte como el único a quien pueda confiar esas cosas".

Sería fácil citar un gran número de otros notorios pasajes donde Jerónimo se mostró como el más decidido e implacable oponente de aquellas secretas entrevistas a solas entre un pastor y una mujer, que, bajo el razonable pretexto de consejo mutuo y consuelo espiritual, son generalmente no otra cosa que insondables pozos de infamia y perdición para ambos. Pero esto es suficiente.

Tenemos también la admirable vida de Santa Paulina, escrita por San Jerónimo. Y, aunque en ésta, él nos da todo detalle imaginable de su vida cuando joven, casada, y viuda; aunque nos dice incluso como su cama estaba compuesta de los materiales más simples y toscos; él no tiene palabra alguna acerca de que ella hubiera ido alguna vez a confesarse. Jerónimo habla de los conocidos de Santa Paulina, y da sus nombres; entra en los más pequeños detalles de sus largos viajes, sus beneficencias, su creación de monasterios para hombres y mujeres*, sus tentaciones, fragilidades humanas, virtudes heroicas, sus autocastigos, y su santa muerte; pero no tiene ninguna palabra para decir acerca de las frecuentes o solemnes confesiones de Santa Paulina; ninguna palabra acerca de su sabiduría en la elección de un prudente y santo (?) confesor. *[N. de t.: Luego de la pretendida conversión del emperador Constantino, la hasta entonces perseguida Iglesia Cristiana se vio favorecida de toda clase de favores, y se vio invadida por personas y costumbres paganas, por ello algunos cristianos tomaron la decisión de aislarse de esto y así surgieron los primeros monjes, que se aislaban de la sociedad, seguramente hubiera sido mejor que hubieran establecido una actitud de separación del pecado por medio de la formación de iglesias locales donde se practicara la separación y la disciplina bíblica y se predicara el verdadero Evangelio, (1 Corintios 5:9-13, Judas 1:23)]

Él nos dice que después de su muerte, su cuerpo fue llevado a su sepultura sobre los hombros de obispos y pastores*, como una muestra de su profundo respeto por la santa. Pero él nunca nos dice que alguno de aquellos pastores se sentara allí, en una esquina oscura con ella, y la forzara a revelar ante sus oídos la historia secreta de todos los pensamientos, deseos, y fragilidades humanas de su larga y azarosa vida. Jerónimo es un incuestionable testigo de que su piadosa y noble amiga, Santa Paulina, vivió y murió sin haber pensado jamás en ir a confesarse. *[N. de t.: en ese tiempo ya empezaba a haber ciertas distinciones, que en tiempos neotestamentarios no existían, siendo la palabra obispo, (vigilante de la iglesia local), un sinónimo de pastor o anciano (hechos 20:17, 28)]

Posidius nos dejó la interesante vida de San Agustín, del siglo quinto; y, nuevamente, es en vano que busquemos el lugar y el tiempo cuando aquel renombrado Obispo de Hipona fue a confesarse, u oyó las confesiones secretas de su pueblo.

Más que eso, San Agustín ha escrito un muy admirable libro llamado: "Confesiones", en el cual nos da la historia de su vida. Con ese maravilloso libro en las manos le seguimos paso a paso, dondequiera va; asistimos con él a aquellas famosas escuelas, donde su fe y moralidad fueron tan lamentablemente destruidas; nos lleva con él al jardín donde, vacilando entre el cielo y el infierno, bañado en lágrimas, se pone bajo la higuera y exclama: "¡Oh Señor! ¡¿Cuanto tiempo permaneceré en mis iniquidades?!" Nuestra alma se estremece con emociones, junto a su alma, cuando oímos con él, la dulce y misteriosa voz: "¡Tolle! ¡lege!" toma y lee, [n. de t.: Las palabras que providencialmente dijo un niño fuera de su vista]. Corremos con él al lugar donde dejó su libro del Nuevo Testamento; con una mano temblorosa, lo abrimos y leemos: "Andemos como de día, honestamente vestíos del Señor Jesucristo" (Romanos xiii. 13, 14).

Ese incomparable libro de San Agustín nos hace llorar y exclamar de alegría junto a él; nos inicia en todas sus acciones más secretas, en todas sus penas, ansias, y alegrías; nos revela y expone su vida entera. Nos dice donde va, con quien peca, y con quien alaba a Dios; nos hace orar, cantar, y ensalzar al Señor junto a él. ¿Es posible que Agustín pudiera haberse confesado sin decirnos cuando, donde, y a quien hizo esa confesión auricular? ¿Podría haber recibido la absolución y el perdón de sus pecados por su confesor, sin hacernos partícipes de sus alegrías, y sin requerirnos que bendijéramos a aquel confesor junto a él?

Pero es en vano que busquen en ese libro una sola palabra acerca de la confesión auricular. Ese libro es un testigo irrefutable de que tanto Agustín como su piadosa madre, Mónica; a quien menciona tan frecuentemente, vivieron y murieron sin jamás haberse confesado. Ese libro puede ser llamado la evidencia más aplastante para probar que "el dogma de la confesión auricular" es un engaño moderno.

Desde el principio hasta el final de ese libro, vemos que Agustín creía y decía que sólo Dios podía perdonar los pecados de los hombres, y que era sólo a Él que los hombres debían confesarse para ser perdonados. Si él escribe su confesión, es solamente para que el mundo pudiera conocer cómo Dios había sido misericordioso con él, y para que pudieran ayudarle a alabar y bendecir a su misericordioso padre celestial. En el libro décimo de sus Confesiones, Capítulo III, Agustín protesta contra la idea de que los hombres pudieran hacer algo para curar la lepra espiritual, o perdonar los pecados de sus prójimos; aquí está su elocuente protesta: "Quid mihi ergo est cum hominibus ut audiant confessiones, meas, quasi ipsi sanaturi Sint languores meas? Curiosum genus ad cognescendam vitam alienam; desidiosum ad corrigendam."

"¿Qué tengo que ver con los hombres para que ellos oigan mis confesiones, como si fueran capaces de sanar mis debilidades? La raza humana es muy curiosa para conocer la vida de otra persona, pero muy perezosa para corregirla."

Antes de que Agustín hubiese construido ese sublime e imperecedero monumento contra la confesión auricular, San Juan Crisóstomo había levantado su elocuente voz contra ésta en su sermón sobre el Salmo 50, donde, hablando en el nombre de la iglesia, dijo: "¡No les pedimos que vayan a confesar sus pecados a alguno de sus prójimos, sino sólo a Dios!"

Nestorio, del siglo cuarto, el antecesor de Juan Crisóstomo, había, por una defensa pública, lo cual los mejores historiadores Católico-Romanos han debido reconocer, prohibido solemnemente la práctica de la confesión auricular. Porque, así como siempre han habido ladrones, borrachos, y criminales en el mundo, así también siempre han habido hombres y mujeres que, bajo el pretexto de abrir sus mentes unos a otros para mutuo consuelo y edificación, se entregaron a toda clase de iniquidad y lascivia. El célebre Crisóstomo solamente estaba dando la sanción de su autoridad a lo que su antecesor había hecho, cuando, atronando contra el monstruo recién nacido, dijo a los Cristianos de su tiempo, "¡No les pedimos que vayan a confesar sus iniquidades a un hombre pecador para ser perdonados—sino sólo a Dios." (Sermón sobre el Salmo 50).
La confesión auricular se originó con los antiguos herejes, especialmente con Marción.

Bellarmino habla de ella como algo que debe practicarse. Pero oigamos lo que los escritores contemporáneos tienen para decir sobre la cuestión.

"Ciertas mujeres acostumbraban ir con el hereje Marción para confesarle sus pecados. Pero, como él era impactado con su belleza, y ellas también se enamoraban de él, se abandonaban para pecar con él".

Escuchen ahora lo que San Basilio en su comentario sobre Salmos xxxvii, dice de la confesión:

"Yo no tengo que acudir ante el mundo para hacer una confesión con mis labios. Sino que cierro mis ojos, y confieso mis pecados en lo secreto de mi corazón. Ante ti, oh Dios, vierto mis suspiros, y tú solo eres el testigo. Mis quejidos están dentro de mi alma. No hay necesidad de muchas palabras para confesar: el quebranto y el pesar son la mejor confesión. Sí, las lamentaciones del alma, que tú estás complacido en oír, son la mejor confesión".

Crisóstomo, en su sermón, De Paenitentia, vol. IV., col. 901, tiene lo siguiente: "Tú no necesitas testigos de tu confesión. Reconoce secretamente tus pecados, y deja que sólo Dios te sustente".

En su sermón V., De incomprehensibili Dei natura, vol. I., él dice: "¡Por lo tanto, te ruego, siempre confiesa tus pecados a Dios! Te pido que de ninguna manera los confieses a mí. Sólo a Dios deberías exponer las heridas de tu alma, y de Él sólo esperar la cura. Ve a él, entonces, y no serás rechazado, sino sanado. Porque, antes de que pronuncies una sola palabra, Dios conoce tu oración."

En su comentario sobre Hebreos XII, sermón XXXI., vol. XII., pág. 289, él además dice: "No estemos contentos con llamarnos a nosotros mismos pecadores. Sino examinemos y enumeremos nuestros pecados. Y luego no te digo que vayas y los confieses, de acuerdo con el capricho de alguno, sino que te diré, junto con el profeta: 'Confiesa tus pecados ante Dios, reconoce tus iniquidades a los pies de tu Juez, ora con tu corazón y con tu mente, si no con tu lengua, y serás perdonado.'"

En su sermón sobre el Salmo I., vol. V., pág. 589, el mismo Crisóstomo dice: "Confiesa tus pecados en oración todos los días. ¿Por qué dudarías en hacerlo? No te digo que vayas y los confieses a un hombre, pecador como tú, y que podría despreciarte si conociera tus faltas. Sino confiésalos a Dios, quien puede perdonártelos".

En su admirable sermón IV., De Lazaro, vol. I., pág. 757, él exclama: "¿Por qué, dime, deberías avergonzarte de confesar tus pecados? ¿Te imponemos que los reveles a un hombre, que podría, un día, reprochártelos? ¿Eres mandado a confesarlos a uno de tus iguales, que podría publicarlos y arruinarte? Lo que te pedimos es simplemente que muestres las heridas de tu alma a tu Señor y Amo, quien es también tu amigo, tu guardián, y médico".

En una pequeña obra de Crisóstomo, titulada, "Catechesis ad illuminandos", vol. II., pág. 210, leemos estas notables palabras: "Lo que más deberíamos admirar no es que Dios perdone nuestros pecados, sino que Él no los revela a nadie, ni desea que nosotros lo hagamos. Lo que Él demanda de nosotros es confesar nuestras transgresiones sólo a Él para obtener perdón".

San Agustín, en su hermoso sermón sobre el Salmo 31, dice: "Confesaré mis pecados a Dios, y Él perdonará todas mis iniquidades. Y tal confesión no es hecha con los labios, sino sólo con el corazón. Apenas había abierto mi boca para confesar mis pecados cuando ellos fueron perdonados, porque Dios ya había oído la voz de mi corazón".
En la edición de los Padres por Migne, vol. 67, págs. 614, 615, leemos: "Alrededor del año 390, el oficio de penitenciaría fue abolido en la iglesia a consecuencia de un gran escándalo provocado por una mujer quien se acusó a sí misma públicamente de haber cometido un crimen contra la castidad con un diácono".

Yo sé que los defensores de la confesión auricular presentan a sus necios crédulos varios pasajes de los Santos Padres, [n. de t.: los llamados Padres de la Iglesia, los principales teólogos y maestros cristianos en los siglos inmediatos a la era de los Apóstoles], donde se dice que los pecadores estaban acudiendo a tal pastor o a tal obispo para confesar sus pecados: pero este es un modo muy deshonesto de presentar ese hecho—porque es evidente a todos aquellos que están algo familiarizados con la historia de la iglesia de aquellos tiempos, que estos se referían solamente a las confesiones públicas de las transgresiones públicas por medio del oficio de la penitenciaría.

El oficio de la penitenciaría era éste: En cada ciudad grande, un pastor o ministro era designado especialmente para presidir en las reuniones de la iglesia donde los miembros que habían cometido pecados públicos eran obligados a confesarlos públicamente ante la asamblea, para ser reincorporados a los privilegios de su membresía: y ese ministro tenía la responsabilidad de dar lectura o pronunciar la sentencia de perdón otorgada por la iglesia a los culpables antes de que pudieran ser admitidos de nuevo a la comunión. Esto estaba perfectamente de acuerdo con lo que San Pablo había hecho con respecto al incestuoso de Corinto; aquel escandaloso pecador que había traído deshonra sobre el nombre de Cristiano, pero que, después de confesar y llorando por sus pecados ante la iglesia, obtuvo su perdón—no de un sacerdote en cuyos oídos hubiera murmurado todos los detalles de su incestuosa fornicación, sino de toda la iglesia congregada. Pablo gustosamente aprueba a la Iglesia de Corinto por absolver así, y recibir nuevamente en medio de ella, a un hermano descarriado pero arrepentido.

Cuando los Santos Padres de los primeros siglos hablan de "confesión", ellos invariablemente quieren decir "confesiones públicas" y no confesión auricular.

Hay tanta diferencia entre tales confesiones públicas y las confesiones auriculares, como la hay entre el cielo y el infierno, entre Dios y su gran enemigo, Satán.

La confesión pública, entonces, se remonta al tiempo de los apóstoles, y es practicada todavía en iglesias Protestantes de nuestros días. Pero la confesión auricular era desconocida por los primeros discípulos de Cristo; así como es rechazada hoy, con horror, por todos los verdaderos seguidores del Hijo de Dios.

Erasmo, uno de los más eruditos Católicos Romanos que se opuso a la Reforma en el siglo dieciséis, tan admirablemente iniciada por Lutero y Calvino, osada y honestamente hace la siguiente declaración en su tratado, De Paenitentia, Dis. 5: "Esta institución de la penitencia [la confesión auricular] comenzó en lugar de cierta tradición del Antiguo o el Nuevo Testamento. Pero nuestros teólogos, no considerando prudentemente lo que los antiguos doctores ciertamente dicen, están engañados, lo que ellos dicen de la confesión general y abierta, fuerzan, luego, a esta clase de confesión secreta y privada".

Es un hecho público, el cual los Católicos Romanos eruditos jamás han negado, que la confesión auricular llegó a ser un dogma y una práctica obligatoria de la iglesia solamente en el Concilio Lateranense en el año 1215, bajo el Papa Inocencio III. No puede encontrarse antes de ese año indicio alguno de la confesión auricular, como un dogma.

Entonces, ha llevado más de mil doscientos años de esfuerzos de Satanás para presentar esta obra maestra de sus invenciones para conquistar el mundo y destruir las almas de los hombres.

Poco a poco, esa impostura se ha deslizado en el mundo, igual a como se arrastran las sombras de una noche tormentosa sin que nadie sea capaz de notar cuando retrocedieron los primeros rayos de luz ante las oscuras nubes. Sabemos muy bien cuando estaba brillando el sol, sabemos cuando estuvo muy oscuro sobre todo el mundo; pero nadie puede decir de manera absoluta cuando se desvanecieron los primeros rayos de luz. Así dijo el Señor:

"El reino de los cielos es semejante al hombre que siembra buena simiente en su campo: "Mas durmiendo los hombres, vino su enemigo, y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.

"Y como la hierba salió e hizo fruto, entonces apareció también la cizaña.

"Y llegándose los siervos del padre de la familia, le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena simiente en tu campo? ¿de dónde, pues, tiene cizaña?

"Y Él les dijo: Un hombre enemigo ha hecho esto." (Mateo xiii. 24-28).

Sí, el Buen Maestro nos dice que el enemigo sembró esa cizaña en su campo durante la noche cuando los hombres estaban durmiendo.

Pero él no nos dice exactamente la hora de la noche cuando el enemigo arrojó la cizaña entre el trigo.

Sin embargo, si alguien quiere saber cuan terriblemente oscura fue la noche que cubrió el "Reino", y cuan cruel, implacable, y brutal fue el enemigo que sembró la cizaña, que lea el testimonio del más devoto y erudito cardenal que Roma ha tenido alguna vez, Baronio, Anales, Año 900:

"Es evidente que uno apenas puede creer qué cosas indignas, bajas, execrables, y abominables, fue forzada a soportar la santa Sede Apostólica, que es el eje sobre el cual gira la Iglesia Católica entera, cuando los príncipes de la época, aunque Cristianos, se arrogaron la elección de los Pontífices Romanos. ¡Ay, la vergüenza! ¡Ay, la aflicción! ¡Qué monstruos, horribles de contemplar, fueron entonces impuestos sobre la Santa Sede! ¡Qué males sobrevinieron! ¡Qué tragedias cometieron! ¡Con qué contaminaciones fue esta Sede, aunque ella misma sin mancha, entonces ensuciada! ¡Con qué corrupciones infectada! ¡Con qué suciedades profanada! ¡Ypor estas cosas denigrada con perpetua infamia! (Baronio, Anales, Año 900).

"Est plane, ut vix aliquis credat, imino, nee vix quidem sit crediturus, nisi suis inspiciat ipse oculis, manibusque contractat, quam indigna, quainque turpia atque deformia, execranda insuper et abominanda sit coacta pati sacrosancta apostolica sedes, in cujus cardine universa Ecclesia catholica vertitur, cum principes saeculi hujus, quantumlibet christiani, hac tamen ex parte dicendi tyrrani saevissini, arrogaverunt sibi, tirannice, electionem Romanorum pontificum. Quot tune ab eis, proh pudor! pro dolor! in eamdem sedem, angelis reverandam, visu horrenda intrusa sunt monstra? Quot ex eis oborta sunt mala, consummatae tragediae! Quibus tunc ipsam sine macula et sine ruga contigit aspergi sordibus, purtoribus infici, in quinati spurcitiis, ex hisque perpetua infamia denigrari!''

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