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Dios urge a la Iglesia de Roma a confesar las abominaciones de la confesión auricular - Capítulo X

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

Es cierto, hay tales teólogos prudentes, que parecen comprender más que otros el peligro real del sacerdote en la confesión. Pero aquellos sabios consejeros se parecen demasiado a un padre que permitiría a su hijo poner sus dedos en el fuego, mientras le recomienda que sea cauto por temor a que se quemasen esos dedos. Hay exactamente tanta sabiduría en un caso como en el otro. ¿Qué diría usted de un padre que arrojara a un joven, débil e inexperto muchacho entre bestias salvajes, con la necia y cruel expectativa de que su prudencia podría salvarle de ser herido?

Esos teólogos pueden ser perfectamente honestos al dar tal consejo, aunque solamente es algo sabio o razonable. Pero están lejos de ser honestos o veraces aquellos que sostienen que la Iglesia de Roma, al mandar a cada uno a confesar todos sus pecados a los sacerdotes, ha hecho una excepción en favor de los pecados contra la castidad. Esto es solamente como polvo que se arroja a los ojos de los Protestantes y de gente ignorante, para impedirles ver a través de los aterradores misterios de la confesión.

Cuando el Concilio Lateranense decidió que cada adulto, de cualquier sexo, debía confesar todos sus pecados a un sacerdote, al menos una vez por año, no se hicieron excepciones para ninguna clase de pecados, ni siquiera para aquellos cometidos contra la modestia o la pureza. Y cuando el Concilio de Trento ratificó o renovó las decisiones anteriores, no se hizo excepción, tampoco, de los pecados en cuestión. Se esperaba y ordenaba que ellos fueran confesados, como todo otro pecado.

La ley de ambos Concilios todavía no está revocada y es obligatoria para todos los pecados, sin excepción alguna. Es imperativa, absoluta; y cada buen Católico, hombre o mujer, debe someterse a ella confesando todos sus pecados, al menos una vez al año.

Tengo en mi mano el Catecismo de Butler, aprobado por varios obispos de Quebec. En la página 62, se lee: "que todos los penitentes deberían examinarse con respecto a los pecados capitales, y confesarlos a todos, sin excepción, bajo pena de eterna condenación".
El célebre catecismo controversial del Rd. Stephen Keenan, aprobado por todos los obispos de Irlanda, dice positivamente (página 186): "El penitente debe confesar todos sus pecados".

Por lo tanto, la joven y tímida muchacha, la casta y modesta mujer, deben pensar acerca de acciones vergonzosas y deben llenar sus mentes con ideas impuras, a fin de confesar a un hombre soltero cualquier cosa de la que pudieran ser culpables, sin importar cuan repugnantes pudieran ser a ellas tales confesiones, o peligrosas para el sacerdote que está obligado a oírlas e inclusive a demandarlas. Nadie está exento de la odiosa, y frecuentemente contaminante tarea. Tanto al sacerdote como el penitente se le requiere y obliga a atravesar la feroz experiencia de contaminación y vergüenza. Ellos están forzados, en toda circunstancia, uno a preguntar, y el otro a responder, bajo pena de eterna condenación.

Así es la rigurosa e inflexible ley de la Iglesia de Roma con respecto a la confesión. Esto es enseñado no sólo en obras de teología o desde el púlpito, sino también en devocionarios y varias otras publicaciones religiosas. Esto está tan grabado en las mentes de los Romanistas como para llegar a ser parte de su religión. Tal es la ley que el sacerdote mismo debe obedecer, y que aplica a sus penitentes a su propia discreción.

Pero hay maridos con una predisposición celosa, que poco considerarían la idea de que solteros confiesen a sus esposas, si conocieran exactamente qué preguntas deben responder en la confesión. Hay padres y madres a quienes no les gusta mucho ver a sus hijas solas con un hombre, detrás de una cortina, y que ciertamente temblarían por su honor y virtud si conocieran todos los abominables misterios de la confesión. Es necesario, por lo tanto, mantener a estas personas, tanto como sea posible, en la ignorancia, y evitar que la luz alcance ese imperio de oscuridad, el confesionario. Considerando eso, se aconseja a los confesores a ser cautelosos "en aquellos asuntos", a "plantear estas preguntas hasta cierto punto de forma encubierta, y con la mayor reserva". Porque es muy deseable "no ofender al pudor, ni asustar a la penitente ni apenarla. Los pecados, sin embargo, deben ser confesados".

Tal es el prudente consejo dado a los confesores en ciertas ocasiones. En las manos o bajo el comando de Liguori, el Padre Gury, Scavani, u otros casuistas, [n. de t.: autores que exponen casos prácticos de teología moral], el sacerdote es una especie de general, enviado durante la noche, para asaltar una ciudadela o una posición fuerte, teniendo la orden de operar cautelosamente, y antes de la luz del día. Su misión es una de tinieblas y violencia, y crueldad; sobre todo, es una misión de suprema astucia, porque cuando el Papa manda, el sacerdote, como su leal soldado, debe estar listo a obedecer; pero siempre con una máscara o mampara delante suyo, para disimular su objetivo. Sin embargo, muchas veces, después que el lugar ha sido capturado a fuerza de estrategia y sigilo, el pobre soldado es dejado, malherido y completamente inválido, sobre el campo de batalla. Él ha pagado caro por su victoria; pero la ciudadela conquistada también ha recibido una herida de la que podría no recuperarse. El astuto sacerdote ha obtenido su objetivo: ha triunfado en persuadir a su penitente dama en que no había incorrección, que incluso era necesario para ellos tener una conversación sobre las cosas que le hicieron sonrojar unos pocos momentos atrás. Ella es prontamente tan bien convencida, que juraría que no hay nada incorrecto con la confesión. Verdaderamente esto es un cumplimiento de las palabras: "Abyssus abyssum invocat", un abismo llama a otro abismo.

¿Han sido los teólogos Romanistas—Gury, Scavani, Liguori, etc.—alguna vez lo suficientemente honestos, en sus obras sobre la confesión, para decir que el Dios Santísimo jamás podría mandar o requerir a la mujer a degradar y corromper a sí misma y al sacerdote al verter en los oídos de un frágil y pecador mortal, palabras impropias incluso para un ángel? No; ellos fueron muy cuidadosos para no decir así; porque, desde ese mismo momento, sus descaradas mentiras habrían sido descubiertas; la estupenda, pero débil estructura de la confesión auricular, hubiera caído al suelo, con lamentable perjuicio y ruina para sus defensores. Los hombres y mujeres abrirían sus ojos, y verían su debilidad y falacia. "Si Dios", ellos podrían decir, "puede perdonar nuestros más fieros pecados contra el pudor, sin confesarlos, Él ciertamente hará lo mismo con aquellos de menor gravedad; por lo tanto no hay necesidad o causa para que lo confesemos a un sacerdote".

Pero aquellos sagaces casuistas sabían muy bien que, por tan franca declaración, pronto perderían su predominio sobre las poblaciones Católicas, especialmente sobre las mujeres, por las cuales, a través de la confesión, ellos gobiernan al mundo. Prefieren más tener aferradas las mentes en ignorancia, las conciencias atemorizadas, y las almas vacilantes. No es sorprendente, entonces, que ellos apoyen y confirmen completamente las decisiones de los concilios Lateranense y de Trento, que ordenan "que todos los pecados deben ser confesados así como Dios los conoce". No es sorprendente que intenten lo mejor o lo peor de ellos para doblegar la repugnancia natural de las mujeres para hacer tales confesiones, y para disimular los terribles peligros para el sacerdote al oír las mismas.
Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, y por amor a la verdad, ha urgido a la Iglesia de Roma a reconocer los peligros morales y las tendencias corruptoras de la confesión auricular. En su eterna sabiduría, Él sabía que los Católicos Romanos cerrarían sus oídos a cualquier cosa que pudiera ser dicha por los discípulos de la verdad evangélica, sobre la influencia inmoral de esa institución; que incluso responderían con el insulto y la falacia a las palabras de verdad amablemente dirigidas a ellos, exactamente como los antiguos judíos devolvieron con odio e insulto al buen Salvador que les estaba trayendo las felices noticias de una salvación gratuita. Él sabía que los devotos Romanistas, extraviados por sus sacerdotes, llamarían a los apóstoles de la verdad, mentirosos, burladores, poseídos del diablo, como Cristo fue constantemente llamado endemoniado, impostor, y finalmente matado por sus falsos acusadores.

Aquel gran Dios, tan compasivo ahora como era entonces, por las pobres almas ignorantes y engañadas, ha producido un verdadero milagro para abrir los ojos de los Católicos Romanos, y para urgirles, por así decirlo, a creernos, cuando decimos, con la autoridad de Él, que la confesión auricular fue inventada por Satanás para arruinar eternamente tanto al sacerdote como a sus penitentes femeninas. Porque, lo que nunca hubiéramos osado decir por nosotros mismos a los Católicos Romanos con respecto a lo que sucede frecuentemente entre sus sacerdotes y sus esposas e hijas, ya sea durante o después de la confesión, Dios ha forzado a la Iglesia de Roma para que ella misma admita, dar a conocer cosas que habrían parecido increíbles, si hubieran salido solamente de nuestra boca o nuestra pluma. En esta como en otras oportunidades, esa Iglesia apóstata ha sido inconscientemente la vocera de Dios para el cumplimiento de sus grandes y misericordiosos propósitos.

Oigan las preguntas que la Iglesia de Roma, por medio de sus teólogos, hace a cada sacerdote después que ha oído la confesión de sus esposas o hijas:

  1. "Nonne inter audiendas confessiones quasdam proposui questiones circa sextum decalogi preoeceptum cum intentione libidinosa?" (Miroir du Clerge, pág. 582).

"Mientras oía las confesiones, ¿no he hecho preguntas sobre pecados contra el sexto, (séptimo en el Decálogo), mandamiento, con la intención de satisfacer mis malas pasiones?"

Tal es el hombre, oh madres e hijas, a quien ustedes osan revelar las acciones más secretas, así como las más vergonzosas. Ustedes se arrodillan a sus pies y murmuran en su oído sus más íntimos pensamientos y deseos, y sus acciones más impuras; porque su iglesia, a fuerza de astucia y sofismas, ha logrado convencerles en que no había incorrección o peligro al hacer así; en que el hombre que ustedes eligieron para su guía y confidente espiritual, nunca podría ser tentado por tales impuros relatos. Pero a esa misma Iglesia, por alguna misteriosa providencia, se le ha hecho reconocer, en sus propios libros, sus propias mentiras. A pesar de sí misma, ella admite que hay verdadero peligro en la confesión, tanto para la mujer como para el sacerdote; que a propósito o de otra manera, y a veces estando ambos desprevenidos, se ponen uno a otro peligrosas asechanzas. La Iglesia de Roma como si tuviera una mala conciencia por permitir a su sacerdote mantener tan estrecha y secreta conversación con una mujer, posee, por así decirlo, un ojo vigilante sobre él, mientras la pobre mujer desorientada está derramando en sus oídos la inmunda carga de su alma; y tan pronto como ella se aleja, pregunta al sacerdote sobre la pureza de sus motivos, la honestidad de sus intenciones al hacer las preguntas requeridas. "¿No has tú", le pregunta inmediatamente, "con el pretexto de ayudar a esa mujer en su confesión, hecho ciertas preguntas simplemente para complacer tu impudicia o para satisfacer tus malas inclinaciones?"

  1. "Nonne munus audiendi confessiones suscepi, aut veregi ex prava incontinentioe appettentia (Ídem, pág. 582). "¿No he recurrido al confesionario y oído las confesiones con la intención de complacer mis malas pasiones? (Miroir du Clerge, pág. 582).

¡Oh ustedes mujeres! que tiemblan como esclavas a los pies de los sacerdotes, ustedes admiran la paciencia y caridad de aquellos buenos (?) sacerdotes, que están gustosos de pasar tan largas y tediosas horas para oír la confesión de sus secretos pecados; y ustedes apenas saben como expresar su gratitud por tanta amabilidad y caridad. ¡Pero, silencio, escuchen la voz de Dios hablando a la conciencia del sacerdote, por medio de la Iglesia de Roma!

"¿No has tú", le pregunta ella, "oído la confesión de las mujeres simplemente para alimentar o dar gusto a las viles pasiones de tu naturaleza caída y de tu corazón corrupto?"

Por favor noten, no soy yo, o los enemigos de la religión de ustedes, los que hacemos a sus sacerdotes las preguntas anteriores, es Dios mismo, quien, en su piedad y compasión por ustedes, apremia a su propia Iglesia a hacer tales preguntas; para que sus ojos puedan ser abiertos, y para que puedan ser rescatadas de todas las peligrosas obscenidades y la humillante y degradante esclavitud de la confesión auricular. Es la voluntad de Dios librarles de tal sujeción y degradación. ¡En su tierna compasión Él ha provisto medios para sacarles de ese albañal, llamado confesión; para romper las cadenas que les sujetan a los pies de un miserable y blasfemo pecador llamado confesor, quien, bajo la pretensión de ser capaz de perdonar sus pecados, usurpa el lugar del Salvador y del Dios de ustedes! Porque mientras murmuran sus pecados en su oído, Dios le dice por medio de su Iglesia, en tonos lo suficientemente fuertes para ser oídos: "¿Al oír la confesión de estas mujeres, no eres movido por la lascivia, incentivado por malas pasiones?

¿No es esto suficiente para advertirles del peligro de la confesión auricular? ¿Pueden ahora, con algún sentimiento de seguridad o decencia, acudir a esos sacerdotes, para quienes las mismas confesiones de ustedes pueden ser una trampa, una causa de caída o de terrible tentación? ¿Pueden ustedes, con una partícula de honor o modestia, exponerse voluntariamente a los impuros deseos de sus confesores? ¿Pueden ustedes, con alguna clase de dignidad femenina, aceptar confiar a ese hombre sus más íntimos pensamientos y deseos, sus acciones más humillantes y secretas, cuando conocen de los labios de su propia Iglesia, que ese hombre puede no tener ningún objetivo más elevado al escuchar la confesión de ustedes que una curiosidad lasciva, o un pecaminoso deseo de despertar sus malas pasiones?

  1. "Nonne ex auditis in confessione occasionem sumpsi poenitentes utriusque sexus ad peccandum sollicitandi?" (Idem, pág. 582).

"¿No me he aprovechado de lo que oí en la confesión para inducir a mis penitentes de uno u otro sexo a cometer pecado?"

Yo correría un gran riesgo de ser tratado con el mayor desprecio, si osara hacer a los sacerdotes de ustedes semejante pregunta. Probablemente me llamarían un sinvergüenza, por atreverme a cuestionar la honestidad y pureza de esos santos hombres. Ustedes, quizás, llegarían al extremo de sostener que es totalmente imposible para ellos ser culpables de los pecados que son expresados en la pregunta citada; que nunca han sido cometidas obras tan deshonrosas por medio de la confesión. Y, quizás, negarían enérgicamente que su confesor alguna vez hubiera dicho o hecho algo que pudiera llevarles a ustedes a pecar o siquiera a cometer alguna infracción contra el decoro o la decencia. Ustedes se sienten perfectamente seguras en cuanto a eso, y no ven peligro que deban temer.
Permítanme decirles, buenas damas, que ustedes son demasiado confiadas, y así continúan en el más fatal engaño. Su propia Iglesia, por medio de la voz misericordiosa y de advertencia de Dios hablando a la conciencia de sus propios teólogos, les dice a ustedes que hay peligro real e inminente, donde suponen que están en perfecta seguridad. Podrían no haber sospechado nunca del peligro, pero está allí, en las paredes del confesionario; y aún, es más, está acechando en sus propios corazones, y en el de su confesor. Él puede haberse refrenado hasta ahora de tentarles; puede, al menos, haberse mantenido dentro de los límites apropiados de la moralidad o la decencia exteriores. Pero nada les garantiza que él no pueda ser tentado; y nada podría protegerles de sus atentados contra la virtud de ustedes, si se entregara a la tentación, como no escasean los casos para probar la verdad de mi afirmación. Ustedes están tristemente erradas con una falsa y peligrosa seguridad. Están, aunque sin saberlo, al borde mismo de un precipicio, donde tantos han caído por su ciega confianza en su propia fuerza, o en la prudencia y santidad de su confesor. La misma Iglesia de ustedes está muy inquieta por su seguridad; ella tiembla por la inocencia y pureza de ustedes. En su temor, advierte al sacerdote para que esté alerta sobre sus perversas pasiones y fragilidades humanas. ¿Cómo osan pretender que su confesor sea más fuerte y más santo de lo que es para la misma Iglesia de ustedes? ¿Por qué habrían de poner en peligro su castidad o pudor? ¿Por qué se exponen al peligro, cuando éste podría ser evitado tan fácilmente? ¿Cómo pueden ser tan incautas, tan carentes de la prudencia y el pudor normales como para ponerse ustedes mismas desvergonzadamente en una situación para tentar y ser tentadas, y así atraerse la perdición presente y eterna? [N. de t.: Aunque todo hijo de Adán está bajo la condenación hasta que cree en Cristo, (Juan 3:18), es cierto que la persistencia rebelde en el pecado va insensibilizando la conciencia del pecador incrédulo para impedirle buscar a Cristo, (2 Timoteo 3:6, 7; Hebreos 6:7, 8)].

  1. "Nonne extra tribunal, vel, in ipso confess ionis actu, aliuqia dixi aut egi cum Intenticne diabolica has personas seducendi?" (Ídem, ídem).

"¿No he, durante o después de la confesión, hecho o dicho ciertas cosas con una intención diabólica de seducir a mis pacientes femeninas?"

"¿Qué archienemigo de nuestra santa religión es tan atrevido e impío como para hacer a nuestros santos sacerdotes una pregunta tan insolente e insultante?", puede preguntar alguno de nuestros lectores Católicos Romanos. Es fácil responder. Este gran enemigo de su religión es nada menos que un Dios justamente ofendido, amonestando y desaprobando a sus sacerdotes por exponer tanto a usted como a ellos mismos a peligrosos encantos y seducciones. Es su voz hablando a las conciencias, y advirtiéndoles del peligro y corrupción de la confesión auricular. Ella les dice: ¡Cuidado! porque podrían ser tentados, como seguramente lo serán, a hacer o decir algo contra el honor y la pureza.

¡Maridos y padres! que justamente valoran el honor de sus esposas e hijas más que a todos los tesoros, que consideran esto un bien demasiado preciado para ser expuesto a los peligros de profanación, y que preferirían perder sus vidas mil veces, antes que ver a aquellas que ustedes más aman sobre la tierra caer en las trampas del seductor, lean una vez más y mediten lo que su Iglesia pregunta al sacerdote, después de haber oído a su esposa e hija en confesión: "¿No has, durante o después de la confesión, hecho o dicho ciertas cosas con una intención diabólica de seducir a tus pacientes femeninas?"

Si su sacerdote permanece sordo a estas palabras dirigidas a su conciencia, ustedes no pueden ayudar prestando atención a ellas y entendiendo su significado pleno. Ustedes no pueden estar tranquilos y sin temer nada de aquel sacerdote en esas estrechas entrevistas con sus esposas e hijas, cuando los superiores de él y la misma Iglesia de ustedes tiemblan por él, y cuestionan su pureza y honestidad. Ellos ven un gran peligro para ambos, el confesor y su penitente; porque saben que la confesión ha sido, muchas veces, el pretexto para causar las más vergonzosas seducciones.

Si no hubiera verdadero peligro para la castidad de las mujeres, al confesar a un hombre sus pecados más secretos, ¿creen ustedes que sus papas y teólogos serían tan necios para admitirlo, y para hacer preguntas a los confesores que serían las más insultantes y fuera de lugar, si no hubiera razón para ellas?
¿No es arrogancia e insensatez, de parte de ustedes, creer que no hay peligro, cuando la Iglesia de Roma les dice, positivamente, que hay peligro, y usa los más fuertes términos al expresar su inquietud y temor?

¡¿Por qué su Iglesia ve las razones más acuciantes para temer por el honor de sus esposas e hijas, así como por la castidad de sus sacerdotes; y ustedes aún permanecen despreocupados, indiferentes al horrendo peligro al que están expuestos?! ¿Son ustedes como el pueblo judío en el pasado, al que le fue dicho: "Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis"? (Isaías vi. 9).

Pero si ustedes ven o sospechan el peligro del que son advertidos; si los ojos de su inteligencia pueden sondear el espantoso abismo en donde las personas más amadas de su corazón están en peligro de caer, entonces es necesario que las guarden de los caminos que llevan al temible despeñadero. No esperen hasta que sea demasiado tarde, cuando ellas estén muy cerca del precipicio para ser recatadas. Ustedes pueden creer que el peligro está distante, cuando está inminente. Aprovechen la triste experiencia de tantas víctimas de la confesión que han sido irremediablemente perdidas, irrecuperablemente arruinadas por la eternidad. La voz de la conciencia, del honor y de Dios mismo, les dicen que pronto puede ser muy tarde para salvarlas de la destrucción, por la negligencia y demora de ustedes. Mientras agradecen a Dios por haberlas resguardado de las tentaciones que han resultado fatales a tantas mujeres casadas o solteras, no pierdan un solo momento en tomar las medidas necesarias para librarlas de tentación y caídas.

En lugar de permitirles ir y arrodillarse a los pies de un hombre para obtener la remisión de sus pecados, guíenlas a los pies del agonizante Salvador, el único lugar en donde ellas pueden asegurarse el perdón y la paz eternos. ¿Y por qué, después de tantos intentos infructuosos, intentarían más tiempo lavarse en un lodazal, cuando las aguas puras de la vida eterna son ofrecidas tan libremente a través de Jesucristo, su único Salvador y Mediador?

En vez de buscar su perdón de un pobre y miserable pecador, débil y tentado como ellos, que vayan a Cristo, el único hombre poderoso y perfecto, la única esperanza y salvación del mundo.

¡Oh pobres engañadas mujeres Católicas! ¡No escuchen más las engañosas palabras de la Iglesia de Roma, que no tiene perdón, ni paz para usted, sino sólo trampas; que les ofrece esclavitud y vergüenza en pago por la confesión de sus pecados! Pero escuchen más bien las invitaciones de su Salvador, quien ha muerto en la cruz, para que ustedes pudieran ser salvadas; y quien, Él sólo, puede dar descanso a sus almas cansadas.

Oigan sus palabras, cuando Él les dice: "Venid a mí, oh vosotros pesadamente cargados, aplastados, por así decirlo, bajo la carga de vuestros pecados, y yo les daré descanso. . . Yo soy el médico de vuestras almas. . . Aquellos que están sanos no necesitan de un médico, sino aquellos que están enfermos. . . . Venid, entonces a mí, y seréis sanados. . . . Yo no he rechazado ni perdido a nadie que haya venido a mí. . . . invocad mi nombre. . . . creed en mí. . . . arrepentíos. . . . amad a Dios, y a vuestro prójimo como a vosotros mismos, y seréis salvados. . . Porque todo el que cree en mí e invoca mi nombre, será salvado. . . . Cuando sea levantado entre el cielo y la tierra, atraeré a todos hacia mí. . . ."

¡Oh, madres e hijas, en vez de acudir al sacerdote por perdón y salvación, acudan a Jesús, quien está invitándoles tan insistentemente! y más cuanto más necesidad tienen de ayuda y gracia divina. Aún, si son tan grandes pecadoras como María Magdalena, pueden, como ella, lavar los pies del Salvador con las fluentes lágrimas de su arrepentimiento y de su amor, y como ella, pueden recibir el perdón de sus pecados.

¡A Jesús, entonces, y a Él sólo, acudan para la confesión y el perdón de sus pecados; porque allí, solamente, pueden encontrar paz, luz, y vida para toda la eternidad!

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