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La confesión auricular en Australia, Norteamérica y Francia - Capítulo XI

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

Que todos consideren con atención sus solemnes enseñanzas; verán como la confesión auricular está esparciendo, por doquier, las semillas de una inenarrable corrupción en cada lugar, en todo el mundo. Que todos vean cómo el enemigo está exitosamente ocupado, en destruir todo vestigio de honestidad y pureza en los corazones y las mentes de las bellas hijas de sus países.

Aunque he estado en Australia solamente unos pocos meses, tengo una colección de hechos auténticos e innegables acerca de la destrucción de la virtud femenina, por medio del confesionario, que llenaría varios grandes volúmenes, e impresionarían al país con horror, si fuera posible publicarlos todos. Pero para mantenerme dentro de los límites de un breve capítulo, daré sólo unos pocos de los más públicos.

No hace mucho, una joven dama Irlandesa, perteneciente a una de las más respetables familias de Irlanda, fue a confesarse con un sacerdote de Parramatta. Pero las preguntas que le hicieron en el confesionario, fueron de un carácter tan bestial; los esfuerzos hechos por este sacerdote para convencer a su joven penitente temerosa de Dios y honesta, para que aceptara satisfacer los infames deseos de su corrupto corazón, causaron que la joven mujer renunciara inmediatamente a la Iglesia de Roma, y quebrara las cadenas, con las cuales había estado largo tiempo atada a los pies de sus pretendidos seductores. Que el lector lea cuidadosamente su carta, que he copiado de la Sydney (Australia) Gazette, del 28 de julio de 1839, y verá cuan valientemente, y bajo su propia firma, ella no sólo acusa a sus confesores de haberla escandalizado de manera muy infame con sus preguntas, y de haber tratado de destruir en ella el último vestigio de pudor femenino, sino que también declara que muchas de sus amigas habían reconocido en su presencia, que habían sido tratadas de una forma muy similar, por sus padres confesores.

Como esa joven dama era la sobrina de un muy conocido Obispo Católico Romano, y la pariente cercana de dos sacerdotes, su declaración pública hizo una profunda impresión en la mente de la gente, y la jerarquía Católica Romana sintió profundamente el golpe. Los hechos fueron dados por esa irreprochable testigo en forma muy llana y valiente como para ser negados. La única cosa a la que aquellos enemigos implacables de todo lo que es verdadero, santo y puro, en el mundo, recurrieron, para defender su tambaleante poder, y mantener su máscara de honestidad, fue a lo que han hecho en todos los tiempos— "asesinar a la honesta joven muchacha que no habían sido capaces de silenciar". Unos pocos días después, fue encontrada bañada en su sangre, y cruelmente herida, a una corta distancia de Parramatta; pero por la bondadosa providencia de Dios, los pretendidos asesinos, enviados por los sacerdotes, habían fallado en matar a su víctima. Ella se recuperó de sus heridas, y vivió muchos años más para proclamar ante el público, cómo los sacerdotes de Australia, así como los sacerdotes del resto del mundo, hacen uso de la confesión auricular para corromper los corazones, y maldecir las almas de sus penitentes.

Aquí está la carta de esa joven, honesta, y valiente dama:

EL CONFESIONARIO
(A los Editores de la Sydney Gazette).
Mientras leía rápidamente, el otro día, en la Sydney Gazette, un relato del juicio, que se llevó a cabo en la Corte Suprema, el martes 9, al instante, fui impactada con inexpresable asombro ante el testimonio del Dr. Polding, Obispo Católico Romano en esta colonia, y comencé a buscar información, en su periódico, si es que existe alguna diferencia entre los sacerdotes Católicos Romanos ingleses y los irlandeses. Si no la hay, y si lo que el Dr. Polding dice es realmente así, yo debo haber sido tratada ciertamente de forma muy injusta,
por la mayoría de los sacerdotes con quienes me he confesado.

Yo sé muy bien que un sacerdote Católico Romano nunca dirá: "Págueme tanto, y le daré la absolución", porque eso sería dejar al descubierto la maniobra; pero los hechos hablan más fuerte que los preceptos, y yo puedo decir por mi parte, (y conozco de cientos, que podrían decir lo mismo, si se atrevieran); que he pagado al sacerdote, innumerables veces, antes de levantarme de mis rodillas en la confesión, bajo la excusa, como mostraré, de obtener misas y oraciones dichas para la liberación del purgatorio de las almas de mis parientes fallecidos.
Yo fui enseñada para creer que las misas no eran válidas, a menos que no estuviera en un estado de pecado, o en otras palabras, que estuviera en un estado de gracia. Por lo tanto debo ser absuelta, para hacer eficaces a las misas, y todos los Católicos Romanos saben muy bien, que todas las misas deben pagarse, antes de ser dichas. Me dijo un sacerdote, un hombre de buena educación, que cuanto más diera, sería mejor para mi propia alma, y las almas de amigos detenidas en el purgatorio. Fui enseñada a creer que la Iglesia de Roma siendo infalible, e incapaz de errar, su doctrina y sus prácticas eran las mismas en todo el mundo; por supuesto yo quedé muy perpleja al leer el testimonio del Dr. Polding. Creo que él debe estar trabajando bajo un gran error, cuando dice, que está estrictamente prohibido para un sacerdote recibir dinero bajo ninguna circunstancia, o que incluso si algo fuera dado para fines de caridad, es usual darlo en otro momento, "pero no habitualmente", o de otra manera los sacerdotes de Irlanda serían escandalosamente simoníacos. Quizás el Dr. Polding me informará, por qué yo debía, por muchos años, y no sólo yo, sino muchos miembros de mi pobre engañada familia, pagar a los sacerdotes por reliquias—tales como "la palabra de la cruz", "huesos santos", "cera santa", "fuego santo", "partes de ropas de santos", de Roma y otros lugares: "arcilla santa", de las tumbas de los santos; "el Agnus Dei", [n. de t.: una lámina de cera con la imagen de un cordero bendecida por el Papa], "evangelios", "escapularios", "velas benditas", "sal bendita", "manteca de San Francisco", etc.

Pero me faltaría el tiempo para repetir los abominables engaños por los que he pagado, y ninguno de ellos podría, de ninguna manera, contarse entre los gastos para viajar de los sacerdotes, ya que los sacerdotes residían en el lugar; pero, quizás, no son estos algunos de los actos que llevarían a un sacerdote a envilecerse con su propia comunidad, como reconoce el Dr. Polding: "hay ciertos hechos a los cuales, intrínsecamente y esencialmente, hay asociadas degradaciones y aborrecimiento", pero yo humildemente y de corazón agradezco a Dios que no tengo, como el Dr. Polding, que esperar hasta haber "sido Protestante", para conocer cómo tales actos deben afectar a todos los que llegan dentro del alcance de su contagio, como yo muy solemnemente protesto, ante Dios y los hombres, contra los refugios de mentira y de adoración idólatra de la Iglesia Papista, por lo cual es mi más fervorosa y constante oración, que no sólo mis propios parientes, sino también todos los que están dentro de sus límites, puedan, por las riquezas de la gracia de Dios, "salir de en medio de ellos, y apartarse", como yo, conforme al camino que ellos llaman herejía—"para que puedan no obstante ser traídos a adorar al Dios de sus padres".

Pero hay una cosa afirmada por el Dr. Polding, en su testimonio, que necesita explicaciones detalladas, ya que o se arroja una muy blasfema consideración de las Santas Escrituras, o el Dr. Polding debe, si él dirige la atención de los Protestantes a las Santas Escrituras, en defensa de la regla de confesión, en la Iglesia Católica Romana, ser totalmente ignorante de lo que el estudiante común en la Academia Maynooth, [un seminario de Irlanda], es maestro; y si no fuera porque estimo a la gloria de Dios mucho más allá de mis propios sentimientos de delicadeza femenina, me rehusaría a reconocer esto que reconozco ahora públicamente, y con vergüenza, que he estudiado cuidadosamente las traducciones de los extractos de la "Teología de Dens", donde es encontrada completamente la verdadera práctica del confesionario Católico Romano, y autorizada públicamente por el Dr. Murray, el Arzobispo Católico Romano de Dublín, y en presencia de mi Hacedor, declaro solemnemente, que como es de horrible e inenarrablemente vil ese libro, se me han hecho preguntas en el confesionario cien veces más repulsivas, las cuales fui obligada a contestar, habiéndome dicho mi confesor: "que siendo avergonzada de responderle, yo estaba en un estado de pecado mortal". Frecuentemente fui obligada a realizar severa penitencia, por repetir a mis compañeras, una parte de estas horribles cosas, fuera de la confesión, y comparando las preguntas que les hacían, (tanto como lo permitía la decencia), con aquellas hechas a mí.

Qué pensará entonces el público Protestante, cuando declare una vez más, y en la misma solemne manera, que la experiencia de ellas, y especialmente la experiencia de una de ellas, fue peor que la mía, siguiendo hechos a las preguntas, lo cual creo prestamente, por las muestras ofrecidas a mí, un día, en el confesionario.

Entonces, si el Dr. Polding solamente me probara, simplemente con las Santas Escrituras, alguna autoridad por lo que he dicho, sobre la Confesión Católica Romana, y que puede ser leído por cualquiera que lo desee, en la Teología de Dens,—prometo volver al seno de la Iglesia Católica Romana. Pero debo dejar por ahora este asunto, sobre el que podría relatar lo que llenaría un volumen de tamaño moderado, y hablar sólo unas pocas palabras sobre la venta de indulgencias, de lo cual el Dr. Polding ha leído solamente "en libros Protestantes". Esto también me asombra, que un obispo en la Iglesia Católica Romana, no conociera nada de estas cosas, y yo haya comprado una, durante el cólera de 1832. En aquel tiempo oí de los sacerdotes de la parroquia publicar desde el altar, que el Papa había concedido una indulgencia; y, como el cólera estaba desenfrenado en Dublín, todos estaban con temor de que se diseminara sobre todo el país, y todo Católico Romano que podía por lo menos arrastrarse hasta la capilla, en la parroquia donde yo vivía, no perdía tiempo en venir. Entre ellos recordaré al sacerdote que me mostró a una mujer anciana, quien, dijo él, no había ido a confesarse por cincuenta años, y quien estaba en el acto de poner su dinero sobre la bandeja, cuando él la señalaba. La indulgencia debía ser obtenida, como lo había publicado el sacerdote, y vi a la mujer anciana poner su dinero sobre la bandeja, donde puse el mío— ella obtuvo su sello de indulgencia, y yo obtuve el mío. ¿Tendrá el Dr. Polding la amabilidad de decirme para qué era el dinero? En obediencia a la indulgencia, era necesario también, decir muchas oraciones, como el "Salterio de Jesús", etc., pero aquellos que no podían debían llevar su rosario a sus sacerdotes, quienes seleccionaban una apropiada cantidad de oraciones para ser dichas por ellos. Las personas daban según su elección, el dinero que querían, pero no fue tomado nada de menor valor que plata. He visto bandejas sobre la mesa de la sacristía de la capilla, en ese tiempo, llenas de plata, dinero y oro, también vi bandejas para el mismo fin, en la Capilla de la calle Marlborough, en Dublín, sobre la pileta de agua bendita.

Cuantas pobres criaturas he conocido, que estaban muy cerca de morir de hambre, suplicando o pidiendo prestado seis centavos, para estar en la capilla en aquel tiempo; pero habría sido casi imposible para mí, a menos que fuera tan insensible como las imágenes que fui enseñada a adorar, especialmente a mi propio ángel guardián, a Santa Inés, a quien, junto a la Virgen María, se me enseñó a rendir mayor adoración que a Dios mismo, que hubiera permanecido sin enterarme de estos ardides, y otros mucho más perversos y abominables, bajo el ropaje de la religión de la mayor autonegación, teniendo tantos sacerdotes relacionados conmigo, siendo obispo un tío mío, y criada entre sacerdotes, frailes, y monjas de casi todas las órdenes, desde mi nacimiento, siendo además yo misma una sumamente celosa Católica Romana, durante mi ignorancia de "la verdad, como está en Jesús". Pero estoy contenta por dejar todos los bienes temporales como ya lo he hecho, al dejar adinerados parientes y antiguos amigos, solamente deseando desde mi corazón, que, como sufrí la pérdida de todas las cosas, pueda "ser más capacitada para tenerlas por estiércol, para ganar a Cristo, y ser hallada en Él, no teniendo mi justicia, (que fui enseñada a apreciar en la Iglesia Católica Romana, y que es por la ley), sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe". Yo sé, señor, que he ocupado mucho de su diario, pero, debería complacer a Dios, que las verdades, las solemnes verdades, que he dicho, sean tan bendecidas como para despertar aunque sea uno de mis semejantes pecadores haciéndoles recapacitar, y salir de ese cautiverio de esclavitud, en el cual sé muy bien, ellos se mantienen, y comiencen a pensar por ellos o ellas mismas, estoy segura de que usted se sentirá doblemente recompensado por el espacio que ha dado a esta carta.

Yo, señor, soy, etc., etc.

AGNES CATHERINE BYRNE.

25 de julio de 1839.

Como algunas personas, con un erróneo sentido de la caridad, pueden ser tentadas a creer que los sacerdotes de Roma, en Australia, se han reformado, y no son tan corruptos actualmente como lo fueron en 1839, que éstas lean el siguiente documento que tomé del Sydney Evening News, del 19 de noviembre de 1878:

"Uno de los más grandes conjuntos que alguna vez fueron vistos dentro del Salón Protestante en la calle Castlereagh, asistió la última noche en respuesta a un anuncio publicando que una dama brindaría una conferencia sobre el asunto: 'La señora Constable mal, y el ex-sacerdote Chiniquy bien, en relación con la confesión auricular; probado por la experiencia personal de la dama en Sydney'. El edificio estaba densamente lleno en todos sus espacios, y no había lugar para estar de pie. Sobre la plataforma, alrededor de ella, y en las galerías había gran número de damas. El pastor Allen entonces abrió el acto presentando el himno 'Roca de la eternidad abierta para mí'. El Sr. W. Neill, (el banquero), fue votado para la presidencia. La dama conferenciante, la señora Margaret Ann Dillon, una dama de edad intermedia, pulcramente vestida, fue entonces presentada a la audiencia. Al principio se mostraba algo temblorosa y confusa, lo cual explicó que era debido principalmente a la cruel y despiadada carta que había recibido esa noche, anunciando la muerte de su marido. Ella dijo que no había sido criada en la fe Católica Romana, pero después de mucha reflexión se había unido a esa Iglesia, porque había sido llevada a creer que ésta era la única Iglesia verdadera. Durante años luego de unirse a la Iglesia, asistió fielmente a sus deberes, incluso la confesión auricular. No era su intención insultar a los Católicos Romanos al presentarse públicamente, sino refutar los argumentos de la Sra. Constable, y mostrar que las afirmaciones del ex-sacerdote Chiniquy eran verdaderas. Nada más que su deber para con Dios le habría motivado a acudir ante ellos de esta manera pública. Esta era su primer aparición pública; por lo tanto, ellos deben tolerar sus imperfecciones; pero ella hablaría con verdad y arrojo. Su disertación se referiría enteramente a su propia experiencia personal con la confesión auricular. Después de algunos comentarios adicionales, se requirió al Sr. Neill que leyera la siguiente carta, enviada por la dama conferenciante al Arzobispo Vaughan: 'No. 259 Kent Street, Sydney. 12 de abril de 1878. A su Gracia el Arzobispo Vaughan. Pueda esto complacer a su Gracia: He estado durante bastante tiempo muy deseosa de traer un asunto sumamente doloroso ante su atención, y que me ha causado considerable pena. Varias razones me impidieron hacerlo hasta ahora, y solamente es cuando percibo el objeto de mi queja aparentemente no castigado por su conducta, como escuché que fue el caso, que decidí apelar a usted, sintiéndome segura de obtener la corrección. Alrededor del año 1876, residía en la calle Clarence, en esta ciudad, y mientras sufría una aguda enfermedad fui visitada por el Padre Sheridan, de Santa María, como también por el Padre Maher. Del primero recibí los ritos finales de la Iglesia, porque se suponía que yo estaba en mi lecho de muerte. Media hora después que el Padre Sheridan me había dejado, el Padre Maher llegó, e insistió en realizar el servicio para mí, lo cual rechacé. Había sobre la mesa una botella con coñac, y al lado un vaso que contenía una pequeña cantidad de aceite de ricino para mi uso. El Padre Maher deseaba algo del licor, y mi esposo, que estaba en la habitación, le pidió que se sirviera. Él hizo así, usando el vaso que contenía la medicina, y descubriendo el error, vació algo más de licor en un vaso limpio, y lo tomó. Entonces quiso que mi marido dejara la habitación. Entonces se acercó al lado de mi cama con la apariencia de querer administrarme los ritos de la Iglesia, y yo le reprendí, cuando puso sus manos violentamente sobre mí, y me hizo las más indecorosas propuestas. En mi lucha al resistirme, mi bata quedó muy desgarrada. Él me aseguró que no se me dañaría si accedía a sus terribles planes, (exclamaciones de ¡Oh! ¡Oh!), diciendo que él estaba bajo las santas órdenes, y eso no sería juzgado como un pecado por la Iglesia, o palabras con ese sentido. (Conmoción). Finalmente, encontré la fuerza para llamar a mi esposo; y, cuando se hizo presente, el Padre Maher fue obligado a dejar la habitación. Yo estaba temerosa de decirle a mi marido lo que sucedió, porque estaba segura de que usaría la violencia con el Padre Maher. Después del hecho, me enteré que había sido suspendido por alguna otra causa, y que era inútil que hiciera algo sobre la cuestión. Pero como, en el mes presente, lo he visto pasando por mi puerta vestido con un atuendo normal de sacerdote, y siendo evidente para mí que él todavía está bajo cierto control, me decidí a hacer el reclamo que tan abundantemente se merece. Agrego que cuando mi esposo lo condujo fuera de la casa, él (el Padre Maher) estaba bastante intoxicado con el licor que había tomado.—Yo soy, con mucho respeto, la humilde servidora de su Gracia, MARGARET ANN DILLON'. La señora Dillon procedió luego, muy extensamente, a relatar en forma minuciosa los hechos del incidente mencionado en la carta, y cómo el Vicario General (el Deán Sheridan) fue donde ella estaba para silenciar el asunto.
En un largo diálogo con el reverendo Deán, ella afirmó que él aseguró que el Arzobispo Vaughan había derramado lágrimas sobre su carta, y que él, (el Deán), había sabido siempre que ella era una buena mujer. En respuesta a una pregunta, el Deán le dijo que 'una vez sacerdote siempre sacerdote'; pero ella replicó, 'una vez en infamia, siempre en infamia'. Posteriormente, un sacerdote la visitó, y le preguntó por qué no iba a la iglesia. Ella le explicó que, teniendo tres niños que cuidar, no podía ir. Una vez, un sacerdote vio la Biblia Protestante junto a algunos otros libros sobre la mesa, y él le dijo: 'Veo que tiene algunos libros heréticos aquí; debe tomarlos y quemarlos'. Ella le dijo que no lo haría; y él dijo: 'Si no me da esos libros, no le daré la absolución'. Ella dijo que no le importaba, y él dejo el lugar.

La dama leyó luego de la Teología de Dens, Vol. VI., página 305, acerca de las doctrinas del confesionario. Ella sostuvo que los sacerdotes en la casilla del confesionario se comparaban con Dios, pero afuera de ésta sólo eran hombres. Ella no expresaría el sucio lenguaje que había sido forzada a oír y a responder en la casilla del confesionario. No sólo ella, sino también su hija podía testificar las abominaciones del confesionario. Ella se había casado dos veces, y al poco tiempo de la muerte de su primer marido, envió a su hija a confesarse.

El sacerdote dijo a la hija que su padre muerto, que había sido un Protestante, era un hereje, y estaba en el infierno. Ella urgió a las mujeres Católicas que no debían enviar sus hijos para ser insultados y degradados por el confesionario. Ella esperaba que ellas mantendrían a sus hijos alejados de éste, porque los sacerdotes les hacen preguntas sugiriendo perversidades de la clase más grosera, y llenando sus mentes con pensamientos carnales por primera vez en sus vidas. (Ovación). Ella recomendaría firmemente a todos los hombres Católicos Romanos que no permitieran que los sacerdotes permanecieran solos con sus esposas, [n. de t.: o sería mejor aún que abandonaran definitivamente toda asociación con esa falsa iglesia]. Napoleón adoptó un plan por el cual él mismo idearía las preguntas que debían hacerse a su hijo en el confesionario. Si Napoleón era tan cuidadoso de su hijo, cuanto más deben serlo aquellos que están en una nivel de vida más humilde. La señora Dillon, entonces, leyó extractos de la Teología de Dens y otros libros de textos, que ella afirmaba eran las obras estándar de la Iglesia Católica Romana, para refutar los argumentos de la señora Constable. Su experiencia, así como la de muchas otras, claramente probaban que la causa de la mayoría del gran número de chicas en las calles se origina en las abominables preguntas que deben contestar en la casilla del confesionario. (Ovación). No solamente la mayoría de estas chicas eran Católicas, sino que nuestros hospitales e instituciones benéficas están llenas con aquellas cuyas tempranas vidas fueron degradadas en el confesionario. (Oigan, oigan). Finalmente, la señora Dillon trató brevemente sobre la cuestión del sacramento, afirmando que los sacerdotes tienen mucho cuidado de beber el vino—la sangre de Cristo—, y el pueblo tiene la pastilla,—el cuerpo de Cristo. (Risas). La señora Dillon volvió a su asiento en medio de tumultuoso aliento. Frecuentemente sus comentarios crearon gran sensación y estallidos de aplausos. El Reverendo Pastor Allen leyó una carta enviada esa noche a la dama conferenciante, conteniendo un extracto del S. M. Herald, publicado hace cuatro años, acerca del castigo de un Abate por conducta indigna como sacerdote con cuatro jóvenes damas en el confesionario. Se aprobó un vigoroso voto de agradecimiento a la dama conferenciante, y un honor similar fue otorgado al Sr. Neill, por presidir. La bendición y el canto del Himno Nacional cerró el acto alrededor de las nueve y media.

¿Ha visto el mundo alguna vez un hecho más repugnantemente corrupto que el de ese sacerdote? ¿Quién no será conmovido con horror ante la vista de ese confesor, que lucha contra su moribunda penitente, y desgarra su bata, cuando ella está en su lecho de muerte, para satisfacer sus viles inclinaciones?

¡Qué horrible espectáculo es presentado aquí, por las manos de la Providencia, ante los ojos de un pueblo Cristiano! ¡Una mujer moribunda obligada a forcejear y luchar contra su confesor, para mantener su pureza y honor intactos! ¡Su bata desgarrada por el bestial sacerdote de Roma!

Que los norteamericanos que quieren conocer más precisamente lo que está sucediendo entre los padres confesores y sus penitentes femeninas en los Estados Unidos, vayan al hermoso pueblo de Malone, en el Estado de Nueva York. Allí verán, por los registros públicos de la corte, como el Padre McNully sedujo a su bella penitente, la señorita McFarlane, quien estaba alojada con él, y de quien él era el profesor. Verán que los enfurecidos padres de la joven dama le acusaron y obtuvieron un veredicto de $2.129 por daño, que él se rehusó a pagar. ¡Fue apresado—quebrantó su encarcelamiento, fue a Canadá, donde los obispos lo recibieron y lo emplearon entre los confesores de las jóvenes irlandesas del territorio!

¿No se repiten todavía en todo el mundo los ecos de los horrores del convento de monjas en Cracow Austria? A pesar de los esfuerzos sobrehumanos de la prensa Católica Romana para suprimir o negar la verdad, ¿no ha sido probado por la evidencia que la desdichada monja Barbary Ubryk fue encontrada absolutamente desnuda en un sumamente horrible, oscuro, húmedo y sucio calabozo, donde era retenida por las monjas porque se había rehusado a vivir la vida de infamia de ellas con su Padre confesor Pankiewiez? ¿Y no ha corroborado ese miserable sacerdote todo lo que se le acusaba, al poner un fin, como Judas, a su propia infame vida?

Yo encontré, en Montreal, un sobrino de la monja Barbara Ubryk, que estuvo en Cracow cuando su tía fue encontrada en su horrible peligro. Él no sólo corroboró todo lo que la prensa había dicho acerca de las torturas de su pariente cercana y la causa de ellas, sino que también renunció públicamente a la Iglesia de Roma, cuyo confesionario él sabía personalmente, son escuelas de perdición.

Yo visité Chicago por primera vez en 1851, ante el insistente pedido del Obispo Vandevelde. Esto era para abarcar Illinois, tanto como pudiéramos, con Católicos Romanos de Canadá, Francia, y Bélgica, para que pudiéramos poner ese espléndido Estado, que era entonces una especie de desierto, bajo el control de la Iglesia de Roma. Entonces interrogué a un sacerdote sobre las circunstancias de la muerte del fallecido Obispo. Ese sacerdote no tenía ninguna clase de razones para engañarme y no admitir la verdad, y con una mente evidentemente angustiada me dio los siguientes detalles, que aseguró, eran la exacta aunque muy triste verdad:

"El Gran Vicario, M. . ., se había enamorado de su hermosa penitente, la dotada Monja, . . . , Superiora del Convento de Lorette. La consecuencia fue que para encubrir su caída, ella fue, con el pretexto de renovar su salud, a una ciudad del oeste, donde pronto murió al dar a luz a un niño nacido muerto".

Aunque estos misterios de iniquidad habían sido mantenidos en secreto, tanto como fue posible, bastante de ellos había llegado a los oídos del Obispo para llevarle a decir al confesor que estaba obligado a averiguar sobre su conducta, y que, si era encontrado culpable, sería inhabilitado. Ese sacerdote de forma atrevida e indignada negó su culpa; y dijo que estaba contento por esa investigación. Porque se jactaba de que estaba seguro de probar su inocencia. Pero después de una reflexión más madura, cambió de opinión. ¡¡¡Para salvar a su obispo de los problemas de esa investigación, le suministró una dosis de veneno que le alivió de las miserias de la vida, después de cinco o seis días de sufrimiento, que los doctores tomaron como una enfermedad común!!!

¡Confesión auricular! ¡Estos son algunos de tus misterios!

La gente de Detroit, Michigan, todavía no se ha olvidado de aquel amable sacerdote que era el confesor, "de moda", de las damas Católicas Romanas jóvenes y viejas. Todos ellos recuerdan todavía, la oscura noche durante la cual partió a Bélgica, con una de sus más bellas penitentes, y $4.000 que había tomado del dinero de su Obispo Lefebvre, para pagar sus gastos de viajes. ¿Y, quién, en esa misma ciudad de Detroit no simpatiza todavía con ese joven doctor cuya hermosa esposa huyó con su padre confesor, para, debemos suponer caritativamente, ser más beneficiada con la constante compañía de su espiritual y santo (?) médico?

Que mis lectores vengan conmigo a Bourbonnais Grove, y allí todos les mostrarán al hijo que el Sacerdote Courjeault tuvo de una de sus bellas penitentes.

¡Protestantes de rodillas! Que están hablando constantemente de paz, paz, con Roma, y que están humildemente postrados a sus pies, para venderles sus mercancías, u obtener sus votos, ¿no entienden su suprema degradación?

No nos respondan que estos son casos excepcionales, porque estoy listo para probar que esta inenarrable degradación e inmoralidad son el estado normal de la mayor parte de los sacerdotes de Roma. El Padre Hyacinthe ha declarado públicamente, que el noventa y nueve por ciento de ellos, viven en pecado con las mujeres que ellos han destruido. Y no solamente los sacerdotes comunes están, en su mayoría, hundidos en ese profundo abismo de infamia secreta o pública, sino también los obispos y papas, con los cardenales, no son mejores.

¡Quién no conoce la historia de aquella interesante joven muchacha de Armidale, Australia, quien, últimamente, confesó a sus distraídos padres, que su seductor había sido nada menos que un obispo! ¡Y cuando el padre enfurecido persiguió al obispo por los daños, ¿no es un hecho público que él consiguió £350 del obispo del Papa, con la condición de que emigraría con su familia, a San Francisco, donde esta gran iniquidad podría ser encubierta?! Pero, desafortunadamente para el criminal confesor, la muchacha había dado a luz a un pequeño obispo, antes de irse, y puedo dar el nombre del sacerdote que bautizó al hijo de su propio santo (?) y venerable (?) obispo.

¿Olvidará el pueblo de Australia alguna vez la historia del Padre Nihills, que fue condenado a tres años de cárcel, por un crimen inmencionable con una de sus penitentes?
Esto trae a mi mente el deplorable fin del Padre Cahill, quien cortó su propia garganta hace no mucho, en Nueva Inglaterra, para escapar de la persecución de la hermosa muchacha que había seducido. ¿Quién no oyó del gran Vicario de Boston, que aproximadamente hace tres años, se envenenó para escapar de la sentencia que iba a ser arrojada contra él al día siguiente, por la Corte Suprema, por haber seducido a una de sus bellas penitentes?

¿No ha sido toda Francia conmocionada con horror y confusión por las declaraciones hechas por la noble Catherine Cadiere y sus numerosas jóvenes amigas, contra el padre confesor, el Jesuita, John B. Girard? Los detalles de las villanías practicadas por ese santo (?) padre confesor y sus cómplices, con sus bellas penitentes, son tales, que una pluma Cristiana no puede volver a escribirlas, y ningún lector Cristiano aceptaría tenerlas ante sus ojos.

Si este capítulo no fue lo suficientemente largo, yo diría como el Padre Achazius, superior de un convento de monjas en Duren, Francia, acostumbraba a consagrar a las damas jóvenes y mayores que se confesaban con él. El número de sus víctimas fue tan grande, y sus rangos sociales tan altos, que Napoleón pensó que era su deber llevar ese escandaloso asunto delante suyo.

La forma en que este santo (?) padre confesor acostumbraba conducir a muchachas nobles, mujeres casadas, y monjas del territorio de Aix-la-Chapelle, fue revelado por una joven monja que había escapado de las asechanzas del sacerdote, y se casó con un oficial superior del ejército del Emperador de Francia. Su marido pensaba que era su deber dirigir la atención de Napoleón a las acciones de ese sacerdote, por medio del confesionario. Pero las investigaciones que fueron dirigidas por el Consejero del Estado, Le Clerq, y el profesor Gall, estaban comprometiendo a tantos otros sacerdotes, y a tantas damas de los más elevados niveles de la sociedad, que el Emperador fue totalmente abatido, y atemorizado de que la exposición de esto a toda Francia, causaría que el pueblo renovara las tremendas matanzas de 1792 y 1793, cuando treinta mil sacerdotes, monjes y monjas, habían sido colgados, o disparados sin misericordia, como los más implacables enemigos de la moralidad pública y la libertad. En aquellos días, aquel ambicioso hombre estaba necesitado de los sacerdotes para forjar las cadenas con las cuales el pueblo de Francia sería firmemente atado a las ruedas de su carruaje.

Él ordenó abruptamente a la corte investigadora que cesara la indagación, bajo el pretexto de salvar el honor de muchas familias, cuyas mujeres solteras y casadas habían sido seducidas por sus confesores. Pensó que la prudencia y la vergüenza estaban urgiéndole a no levantar más el oscuro y pesado velo, detrás del cual los confesores ocultan sus prácticas infernales con sus bellas penitentes. Él determinó que era suficiente encarcelar de por vida al Padre Achazius y sus compañeros sacerdotes en un calabozo.

Pero si giramos nuestras miradas desde los humildes sacerdotes confesores hacia los monstruos que la Iglesia de Roma adora como los vicarios de Jesucristo—los sumos Pontífices—los Papas, ¿no encontraremos horrores y abominaciones, escándalos e infamias que superan todo lo hecho por los sacerdotes comunes detrás de las impuras cortinas de la casilla del confesionario?

¿No nos dice el mismo Cardenal Baronio, que el mundo jamás vio algo comparable a las impurezas y los inmencionables vicios de un gran número de papas?

¿No nos dan los archivos de la Iglesia de Roma la historia de esa famosa prostituta de Roma, Marozia, quien vivió en concubinato público con el Papa Sergio III, a quien ella elevó a la así llamada silla de San Pedro? ¿No tuvo ella también, un hijo de ese Papa, a quien ella también hizo un papa después de la muerte de su santo (?) padre, el Papa Sergio?

¿No pusieron la misma Marozia y su hermana, Teodora, sobre el trono pontificio uno de sus amantes, bajo el nombre de Anastasius III, que fue seguido pronto por Juan X? ¿Y no es un hecho público, que el papa habiendo perdido la confianza de su concubina Marozia, fue estrangulado por orden suya? ¿No es también un hecho de pública notoriedad, que su seguidor, León VI, fue asesinado por ella, por haber dado su corazón a otra mujer, todavía más degradada?

¡El hijo que Marozia tuvo del Papa Sergio, fue elegido papa, por la influencia de su madre, bajo el nombre de Juan XI, cuando no era todavía de dieciséis años! Pero habiendo reñido con algunos de los enemigos de su madre, fue golpeado y enviado a la cárcel, donde fue envenenado y murió.

En el año 936, el nieto de la prostituta Marozia, después de varios encarnizados encuentros con sus oponentes, triunfó en tomar posesión del trono pontificio bajo el nombre de Juan XII. Pero sus vicios y escándalos llegaron a ser tan intolerables, que el erudito y célebre Obispo Católico Romano de Cremorne, Luitprand, dice de él: "Ninguna dama honesta osaba mostrarse en público, porque el Papa Juan no tenía respeto por muchachas solteras, ni por mujeres casadas, o viudas—era seguro que serían corrompidas por él, incluso sobre las tumbas de los santos apóstoles, Pedro y Pablo.

Ese mismo Juan XII fue matado de inmediato por un caballero, que lo encontró cometiendo el acto de adulterio con su esposa.

Es un hecho bien conocido que el Papa Bonifacio VII había causado que Juan XIV fuera aprisionado y envenenado, y poco después de morir, el pueblo de Roma arrastró su cuerpo desnudo por las calles, y lo dejó, horriblemente mutilado, para ser comido por perros, si unos pocos sacerdotes no lo hubieran enterrado secretamente.

Que los lectores estudien la historia del famoso Concilio de Constanza, convocado para poner un fin al gran cisma, durante el cual tres papas, y a veces cuatro, estuvieron todas las mañanas maldiciéndose unos a otros y llamando a sus oponentes Anticristos, demonios, adúlteros, sodomitas, asesinos, enemigos de Dios y el hombre.

Como cada uno de ellos fue un infalible papa, de acuerdo al último Concilio del Vaticano, estamos obligados a creer que estuvieron acertados en los cumplidos que se tributaron unos a otros.

A uno de estos santos (?) papas, Juan XXIII, [n. de t.: no el del siglo XX sino del siglo XV], habiéndose presentado ante el Concilio para dar una explicación de su conducta, se le comprobó por medio de treinta y siete testigos, la mayor parte de los cuales eran obispos y sacerdotes, haber sido culpable de fornicación, adulterio, incesto, sodomía, simonía, robo, y asesinato. También fue probado por una legión de testigos, que él había seducido y violado a 300 monjas. Su propio secretario, Niem, dijo que había mantenido en Boulogne, un harén, donde no menos de 200 muchachas habían sido las víctimas de su lascivia.

¿Y qué podríamos no decir de Alejandro VI? Ese monstruo que vivió en incesto público con sus dos hermanas y su propia hija Lucrecia, de quien tuvo un hijo.

Pero me detengo—me sonrojo por ser forzado a repetir tales cosas. Nunca las hubiera mencionado si no fuera necesario no solamente para poner un fin a la insolencia y a las pretensiones de los sacerdotes de Roma, sino también para hacer que los Protestantes recuerden por qué sus heroicos padres han hecho sacrificios tan grandes y luchado tantas batallas, derramado su sangre más pura e incluso muerto, para quebrantar las cadenas con las que estaban atados a los pies de los sacerdotes y los papas de Roma.

Que mis lectores no sean engañados por la idea de que los papas de Roma en nuestros días, son mucho mejores que aquellos de los siglos noveno, décimo, undécimo y duodécimo. Ellos son absolutamente lo mismo—la única diferencia es que, hoy, ellos tienen un poco más de cuidado para esconder sus secretas orgías. Porque ellos saben bien que las naciones modernas, iluminadas como están, por la luz de la Biblia, no tolerarían las infamias de sus antecesores; muy pronto los arrojarían al Tíber, si osaran repetir en pleno día, las escenas de las que los Alejandro, Esteban, Juan, etc. etc., fueron los protagonistas.

Vayan a Italia, y allí los mismos Católicos Romanos les mostrarán las dos hermosas hijas que el último Papa, Pío IX, tuvo de dos de sus amantes. Ellos les dirán, también, los nombres de otras cinco amantes—tres de ellas monjas—que tuvo cuando era un sacerdote y un obispo, algunas de ellas todavía viven.

¡Pregunten a aquellos que conocieron personalmente al Papa Gregorio XVI, el antecesor de Pío IX, y después que les hayan dado la historia de sus amantes, una de las cuales era la esposa de su peluquero, les dirán que él era uno de los más grandes ebrios en Italia!

¿Quién no ha oído del bastardo, que el Cardenal Antonelli tuvo de la Condesa Lambertini? ¿No ha llenado Italia y el mundo entero con vergüenza y disgusto el pleito legal de aquel hijo ilegítimo del gran cardenal secretario?

Sin embargo, nadie puede estar sorprendido de que los sacerdotes, los obispos, y los papas de Roma estén hundidos en un abismo de infamia tan profundo, cuando recordamos que ellos son nada más que los sucesores de los sacerdotes de Baco y Júpiter. Porque no sólo han heredado sus poderes, sino que también han conservado sus mismas ropas y mantos sobre sus hombros, y sus gorros sobre sus cabezas. Como los sacerdotes de Baco, los sacerdotes del Papa están obligados a nunca casarse, por las impías y perversas leyes del celibato. Porque todos saben que los sacerdotes de Baco eran, como los sacerdotes de Roma, célibes. Pero, como los sacerdotes del Papa, los sacerdotes de Baco, para consolarse de las restricciones del celibato, habían inventado la confesión auricular. Por medio de las secretas confidencias del confesionario, los sacerdotes de los antiguos ídolos, tanto como aquellos de los recién inventados dioses hostia, sabían quienes eran fuertes y débiles entre sus bellas penitentes, y bajo el velo "de los misterios sagrados", durante la celebración nocturna de sus misterios diabólicos, ellos sabían a quien dirigirse, y hacer sus votos de celibato un yugo fácil.

Que aquellos que quieren más información sobre ese asunto lean los poemas de Juvenal, Propertius, y Tibellus. Que estudien a todos los historiadores de la antigua Roma, y verán la perfecta semejanza que existe entre los sacerdotes del Papa y aquellos de Baco, en referencia a los votos del celibato, los secretos de la confesión auricular, la celebración de los así llamados "misterios sagrados", y la inmencionable corrupción moral de los dos sistemas de religión. De hecho, cuando uno lee los poemas de Juvenal, piensa que tiene delante suyo los libros de Dens, Liguori, Lebreyne y Kenrick.

Esperemos y oremos que pronto pueda llegar el día cuando Dios mirará en su misericordia sobre este mundo maldecido; y entonces, los sacerdotes de los dioses hostias, con su celibato fingido, su confesión auricular destructora del alma y sus ídolos serán barridos.

En ese día Babilonia—la gran Babilonia caerá, y el cielo y la tierra se regocijarán.

Porque las naciones no irán más ni apagarán su sed en las impuras cisternas cavadas para ellas por el hombre de pecado. Sino que irán y lavarán sus vestiduras en la sangre del Cordero; y el Cordero las hará puras por su sangre, y libres por su palabra. Amén.

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