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La Iglesia católica no debe seguir llamándose cristiana

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

El Vaticano – el mayor instigador a la guerra

Jesús enseñó el amor a los enemigos y el pacifismo: «Quien tome la espada, bajo la espada morirá».

Sin embargo, los Papas de Roma, como monarcas absolutos de los Estados Pontificios, a menudo han conducido ellos mismos a la guerra y han participado en guerras civiles. Los Papas una y otra vez han provocado y apoyado guerras, instigando a pueblos enteros a luchar unos contra otros, por ejemplo: los bizantinos contra los ostrogodos, los francos contra los longobardos, los normandos contra los Hohenstaufen y viceversa. En el siglo XVII el Vaticano estimuló ardientemente la guerra de los Treinta Años en Alemania, y en 1914 el embajador del Vaticano en Viena incitó a los Habsburgo contra los serbios en la Primera Guerra Mundial.

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial el Papa Pío XII dio a conocer a Hitler que «liberaría a Alemania de cualquier tipo de condenación si combatía a Polonia». (según el historiador alemán Karlheinz Deschner, en su libro Un siglo de la historia de la salvación, Tomo 2, pág. 41 de la edición en alemán). Curas castrenses católicos a ambos lados del frente enviaban a los soldados a la batalla con la «bendición de Dios». El Vaticano apoyó a todos los dictadores fascistas y derechistas en Europa y en Latinoamérica. El cardenal católico alemán Frings fue el primero que después de la Segunda Guerra Mundial exigió el rearme de la República Federal Alemana.

Sacerdotes católicos participaron en forma decisiva en el genocidio de los fascistas croatas contra los serbios ortodoxos de 1941 a l943, en las sangrientas batidas en Argentina de 1976 a 1983 y en el genocidio por parte de los hutus a los tutsis en Ruanda en 1994.

Jesuitas de importancia justificaron incluso la construcción de armas atómicas, y con ello aceptaron estar de acuerdo con la exterminación de pueblos enteros.
El Papa Juan Pablo II dijo durante la guerra del Golfo, en 1991: «Nosotros no somos pacifistas». En 1995 él hizo un llamamiento a la «guerra justa» en Bosnia. Y el Papa actual, cuando aún era el cardenal Ratzinger, pocos meses antes de su elección rechazó el pacifismo como algo «no cristiano». ¡Es decir que él rechazó a Cristo!
El Vaticano hasta en la actualidad continúa justificando la pena de muerte en su catecismo.

Intolerancia en vez de amor al prójimo

Jesús llamó a los hombres a la hermandad y respetó su libre albedrío.

No obstante, la Iglesia siempre persiguió sangrientamente a personas de otras creencias. Desde los marcionistas, pasando por los cátaros y bogumilos, hasta llegar a los valdenses y baptistas, ella exterminó a todos los movimientos que enlazaban con el cristianismo de los primeros tiempos. Con sus consignas sediciosas ella justificó los pogromos contra los judíos, introdujo la Inquisición y atizó la locura de la caza de brujas. La enseñanza cristiana la difundió a fuego y espada y tiene sobre su conciencia el genocidio de los indios americanos y el saqueo de todo un continente. Todavía en estos tiempos el Vaticano persigue a minorías religiosas.

La riqueza de la Iglesia es dinero a precio de sangre

Jesús vivió de forma sencilla y enseñó que el hombre «no debería acumular riquezas que corroen el orín y la polilla».

A través de muchos siglos la Iglesia ha acumulado inmensas riquezas, saqueando a los pueblos, haciendo cobrar despiadadamente el diezmo, enriqueciéndose con la fortuna de las víctimas de la Inquisición y de las quemas de brujas, falsificando documentos, practicando la captación de herencias, asegurándose la liberación de impuestos y subvenciones fiscales, lo que en muchos países todavía sigue vigente. Lo que la Iglesia hace de «bueno» en el mundo, jamás lo financia con su gigantesca fortuna, sino que lo hace exclusivamente con los donativos de los creyentes y con las subvenciones del Estado.

En Alemania estas subvenciones ascienden –sin incluir en el cálculo los impuestos eclesiásticos y las subvenciones estatales para servicios sociales públicos de la Iglesia– por lo menos a 14 mil millones de euros al año, en subvenciones directas y en exenciones de impuestos. También los sueldos de los obispos con toda «su corte» son pagados por el Estado, en este caso por los Estados federales correspondientes.


El Papa y la Iglesia: anunciadores del mal

Jesús enseñó el Dios del amor, que ama a todos Sus hijos por igual e intenta todo para volver a tenerlos a Su lado. Él no enseñó un infierno eterno. Él tampoco enseñó que había que bautizar a bebés, sino que dijo: «Primero enseñad y después bautizad».

Sin embargo, la Iglesia ha introducido el bautismo obligatorio de los bebés, y lo sigue manteniendo hasta en nuestros días. Un bebé no tiene la posibilidad de defenderse.
Esto está en contra de Jesús de Nazaret; es una manipulación, una limitación anímica para los indefensos niños llevada a cabo por los padres por orden de la Iglesia.
Y por si no fuera suficiente: Sin embargo, la Iglesia difunde hasta nuestros días la imagen pagana de un Dios que castiga, que a los hombres que no siguen a la casta sacerdotal los castiga con la condenación eterna. Con ello causa miedo y terror en innumerables personas, les hace perder la salud anímica y los distancia de Dios. Este es un pecado contra el Espíritu Santo.
Por todas estas cargas anímicas que la Iglesia ha impuesto a las personas surgen muchas enfermedades anímicas, entre ellas las llamadas neurosis eclesiógenas. Como son tantas las personas afectadas por ellas, uno entiende mejor el estado en que está este mundo.

La producción de un complejo de culpabilidad por parte de una Iglesia sexófoba

La Iglesia carga a los seres humanos con terribles complejos de culpabilidad, amenazándolos una y otra vez con culpas y con la condenación eterna. Después tiene el atrevimiento de afirmar que a través de sus sacerdotes ella puede perdonar los pecados, los que ellos sin embargo no pueden perdonar de ninguna manera. (La Biblia ha sido manipulada conscientemente en este aspecto. En realidad las personas son las que deben perdonarse mutuamente sus pecados.
En el Padrenuestro se encuentra aún correctamente: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores»).

Se transmite la sensación de que: «Todos vosotros sois pecadores y seguramente vais a ir al infierno, a no ser que os sometáis a nuestras ceremonias». Esto es un chantaje anímico. Si esto lo hiciera el Estado o una asociación, inmediatamente se intervendría diciendo: eso es terrorismo espiritual.

También la sexofobia de la Iglesia ocasiona graves problemas en la sociedad, sobre todo entre los sacerdotes. El celibato obligatorio no tiene ningún fundamento bíblico, es por tanto una mera tradición de la Iglesia y además un estado antinatural, una expresión de la sexofobia de la Iglesia. A menudo va acompañado de la pedofilia y de los terribles crímenes que resultan de ella.

Niños y jóvenes se convierten en esclavos de los sacerdotes pedófilos

A pesar de todas las declaraciones y bonitos discursos, los delitos sexuales en las filas de los clérigos todavía no se aclaran con rigurosidad. Una y otra vez niños y jóvenes se convierten en esclavos de sacerdotes pedófilos. Durante décadas los sacerdotes pedófilos han sido encubiertos y trasladados de una parroquia a la otra. También esto es un pecado contra el Espíritu Santo, no sólo porque dejan tras de sí a personas jóvenes traumatizadas anímicamente, sino porque además se las distancia de Dios. Los incontables niños de orfanatos de los que se ha abusado en las instituciones católicas, a los que se violó y que además fueron obligados a hacer trabajos forzosos, hasta el día de hoy no han recibido ninguna indemnización.

El falso «Santo padre» en Roma

Jesús era un hombre sencillo y humilde que en todo honraba a Dios.
En todas las épocas sus presuntos seguidores se rodearon de toda la pompa que se puede concebir, para lo cual el que tenía que sufrir era el pueblo. Ellos cultivaban el culto a la persona y se dejan reverenciar y titular de «Santo padre», a pesar de que Jesús dijo: «No os hagáis llamar padre», y además: «Sólo Uno es santo, vuestro Padre en el Cielo». En el Padrenuestro llamamos a este padre sencillamente «Padre», pero a Su presunto vicario en la Tierra le tenemos que llamar «su santidad». ¿Es que el sumo sacerdote de la Iglesia de Roma que viste ropajes paganos es acaso más que Dios?

Jesús no quiso una casta sacerdotal
Jesús no instituyó a sacerdotes ni tampoco erigió una Iglesia. Él trajo a los hombres la religión interna del corazón, puesto que «¡El Reino de Dios está dentro de vosotros!».
Sin embargo, de los comienzos positivos del cristianismo temprano, la Iglesia hizo totalmente lo contrario de lo que quería Jesús, esto es: una Iglesia de sacerdotes constituida de forma jerárquica, con ritos, receptáculos, vestiduras y costumbres que comprobadamente provienen todos del paganismo. La Iglesia siempre ató y sigue atando a las personas a estos ritos paganos externos, como a la adoración de los santos, a romerías, a la celebración ritual de la misa, al agua bendita, a ceremonias sacramentales y las mantiene así atadas dentro de una religión que tiende a lo externo.

La Iglesia enemiga de las mujeres y de los niños

Jesús siempre intervino a favor de las mujeres y por su igualdad de derechos.
Sin embargo, la Iglesia desde sus comienzos está oprimiendo a las mujeres, marcándolas como personas de segunda clase, y permitió que en las persecuciones de brujas se las torturase con rebuscados métodos de tortura y se las matase cruelmente. A los hijos ilegítimos de los sacerdotes se les convirtió en esclavos de la Iglesia. Aún hoy en día las mujeres no tienen los mismos derechos en la Iglesia. Los niños que nacen de relaciones amorosas con sacerdotes son alejados de sus padres y se les contenta con una asistencia mínima.

La traición a los animales

Jesús amaba a los animales. Cuando estuvo ayunando en el desierto, éstos se acercaron a Él y se hicieron amigos suyos. Los primeros cristianos vivían principalmente de forma vegetariana y además de a los soldados excluían de sus comunidades también a los cazadores.

La Iglesia continúa negando hasta en la actualidad que los animales tengan alma y continúa justificando hasta en esta época el maltrato repetido y la tortura de miles y millones de animales en los experimentos de laboratorio, en el mantenimiento masivo de animales y en la caza. La indiferencia, más bien el desprecio a la naturaleza y a los animales, fundamentados en las enseñanzas de la Iglesia, tienen una parte importante de culpa en la actual explotación brutal e ilimitada de la naturaleza en toda la Tierra. Al fin y al cabo también la catástrofe climática tiene aquí sus raíces.

A pesar de todas estas claras contradicciones, la Iglesia se sigue denominando «cristiana». Esto es un escándalo que no queremos tolerar más.

¡Basta ya del fraude de etiquetaje por parte de la Iglesia!

Nosotros somos cristianos libres que luchan por el Cristo del Sermón de la Montaña. Nos sentimos unidos y comprometidos con Cristo, el que siendo Jesús de Nazaret vivió entre nosotros. Nadie tiene que hacer que la enseñanza original del Nazareno sea la norma de su vida. Sin embargo, quien dice ser «cristiano», no debería hacer constantemente lo contrario de lo que quería y enseñó Jesús, el gran maestro de la libertad.

Imaginemos que uno de nuestros antepasados ha desarrollado un producto único y de la calidad más alta y lo ha puesto en el mercado. Este producto ganó por de pronto gran reconocimiento entre los consumidores y fue altamente apreciado. Pero entonces vino un pirata ladrón de productos y produjo uno de calidad inferior bajo el nombre de su antepasado, que lleva el mismo nombre pero no tiene valor, es más, que después de poco uso causa incluso daño a los que lo compran.
¿Cómo reaccionaría usted? ¿Se quedaría simplemente impávido o trataría de hacerles notar a sus semejantes el engaño, la piratería del robo del producto y el fraude de etiquetaje, advirtiéndoles de ello?

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