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La Vieja Religión de la Nueva Era

Estamos considerando las guías o pasos para el entendimiento de las Escrituras y ya hemos hablado de dos pasos, comenzamos a considerar el tercer paso en nuestro programa anterior. El primero fue empezar cada estudio bíblico con oración. El segundo paso es: Leer la Biblia. Y continuamos hoy considerando el tercer paso que comenzamos en el programa anterior y que es: Estudiar la Biblia. Y quisiéramos comenzar hoy desde donde nos detuvimos en nuestro programa anterior.

 El espíritu humano lucha ante esa terrible ignorancia que padece, con un fuerte sentimiento de impotencia e indefensión. ¿Cómo poder cambiar las circunstancias de la vida?, ¿qué hacer ante la fragilidad de una realidad fácilmente desgarrada por el duro golpe de la muerte? Hombres y mujeres de toda época y lugar han creído que la vida continúa después de la muerte, pero ¿qué base tienen para ello?, ¿cómo podemos saber que es algo más que una ilusión? El mundo actual, a pesar de sus grandes conocimientos, continúa lleno de incertidumbres.

El culto a lo irracional, y a todo lo que se ha dado en llamar paranormal, atrae y fascina porque pretende acercarse a esa frontera de lo desconocido, abierta por la actual fragmentación de pensamiento de nuestra sociedad postmoderna. No hay duda que la cultura moderna ha producido un gran vacío espiritual, pero el secularismo materialista no ha podido erradicar la profunda tendencia del ser humano a ir más allá de lo racional, visible y temporal.

El ansia de evasión por escapar de la vida rutinaria, aburrida y repetitiva, nos mueve a buscar otra cosa. Anhelamos la irrupción de un poder desconocido, que transforme nuestra vida con la emoción del descubrimiento de un mundo lleno de posibilidades, donde todos nuestros sueños se hagan realidad. No hay nada malo en construir castillos en el aire. El problema es querer vivir dentro de ellos …
Es así como lo extraño se convierte en sinónimo de sobrenatural, y lo ridículo en espiritual, pero lo opuesto a la razón no es la fe, sino el absurdo. Es por eso una tragedia que la sociedad social haya cambiado el milagro por la superchería, la religión por la secta, y la realidad trascendente por el más burdo fraude. Parece como si la misma confianza religiosa que la modernidad puso en la ciencia y la tecnología, despreciando la religión y la poesía, parece ahora ser depositada con igual fervor en tantas supersticiones y patrañas.

Lo Verdadero y lo Falso
Cuando uno se acerca al mundo del ocultismo, una de las cosas que más te llama la atención es esa frecuente mezcla de una creencia sincera con la práctica habilidosa del engaño. Entre los grandes médium espiritistas del siglo pasado había muchos que creían que podían comunicarse realmente con los muertos, pero todos descubren también muy rápidamente hasta qué punto pueden incrementar sus ingresos y prestigio, consiguiendo secretamente evidencias de sus clientes o recurriendo a la manipulación para producir fenómenos físicos sensacionales.

Basta leer las publicaciones del Comité para las Investigaciones Científicas de las Pretensiones Paranormales ( En 1976 veinticinco científicos, filósofos, escritores, educadores e ilusionistas, se reunieron en EE. UU. en un simposio patrocinado por la Asociación Humanista Americana, para examinar El nuevo irracionalismo anticientífico y pseudocientífico. El resultado fue la fundación del comité conocido en inglés como CSICOP por divulgadores como Isaac Asimov, el matemático Martin Gardner, el astrónomo Carl Sagan, el psicólogo Skinner, el filósofo Paul Kurtz y el ilusionista James Randi. Su revista ha dado lugar ahora a varias publicaciones (la más conocida es el Skeptical Inquirer) y toda una colección de libros (publicados por la editorial Prometheus de Buffalo, Nueva York, algunos de ellos traducidos por Tikal). Su punto de vista está representado en España por la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, que nació de la asociación de Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP), formada por astrónomos como Jaime Armentia o divulgadores como Manuel Toharia, que cuenta con filósofos como Fernando Savater o Gustavo Bueno como miembros de honor. Su antigua revista La Alternativa Racional, se llama ahora El Escéptico. ) para que le entren suficientes dudas al más entusiasta de los parapsicólogos. La historia del ocultismo parece desde el punto de vista escéptico una larga lista de mentiras, supersticiones e ingenuidades, que a veces resulta increíble que alguien haya podido tomarse en serio. Según un estudioso tan poco sospechoso de escepticismo como el Dr. Kurt Koch de Zurich, la cuota de engaño es aproximadamente de un 95%. La propia Asociación Parapsicológica de la Comunidad de Madrid calcula en un reciente informe que no más del 5% de los casos que investigan carecen de indicios de fraude, por lo que la mayor parte de los supuestos fenómenos psíquicos tienen una explicación natural o fraudulenta.

Cuando uno se siente entonces tentado, a restarle importancia al asunto, considerando que no se trata sino de otra rama de la industria del entretenimiento, la propia literatura escéptica nos enseña también que no podemos confundir los métodos usados por los embaucadores psíquicos con la magia del espectáculo. Es curioso en ese sentido la afición de prestidigitadores como Houdini a desvelar constantemente los métodos de tantos médium fraudulentos. Ilusionistas escépticos como Randi o Booth, y creyentes como Korem y Kole (James Randi, Fraudes paranormales. Tikal, Madrid, 1994; John Booth, Paradojaspsíquicas. Tikal, Madrid, 1994; Danny Korem & Paul Meier, The Faker: Exploding the myths of the Supernatural. Baker, Grand Rapids (Michigan, EE.UU.), 1980; Andre Kole, Miracles or Magic?. Harvest, Eugene (Oregon, EE.UU.), 1984/87), han contribuido de un modo especial a desacreditar los montajes de timadores como el recientemente reaparecido Uri Geller, (El poder de tu mente. Martínez Roca, Barcelona, 1998) cuyos métodos son tan anticuados como conocidos. Pero tan malo es asumir de antemano la presencia de un poder sobrenatural como negar toda fuerza psíquica o espiritual.

Hay que tener en cuenta, además, que el mundo de lo oculto se ve trivializado en toda la cultura juvenil, desde el rock y el cómic hasta el cine gore y la serie B, pasando por tantos juegos de rol y videojuegos. La estética maléfica a base de cuero, tachuelas, sonido atronador y textos perversos, no es a menudo sino una parafernalia más para llamar la atención de jóvenes impresionables, que decoran carpetas y posters con auténtica fascinación por la estética del terror. Esto lo que demuestra sobre todo es un ansia de provocación desesperada en esa búsqueda de identidad adolescente, por la que una imagen te une a una de las muchas tribus urbanas en un nuevo sentido de pertenencia en medio de una generación desorientada.

Muchas personas, sobre todo cristianos, olvidan a menudo que no todo lo que parece satánico realmente lo es. Así el rock toma sus referencias a menudo del ocultismo por razones meramente estéticas. El diablo al que tenían simpatía grupos como los Rolling Stones en una famosa canción de 1968 era más bien la figura idealizada de poetas románticos como Blake o Shelley, que el Gran Engañador de la Biblia (el tema está de hecho inspirado en la novela de Mikhail Bulgakov, El Maestro y Margarita, de 1938, que es en realidad una denuncia del ser maligno que Jagger describe como «rico y con gusto», al estilo del ángel de luz bíblico). Es como un prototipo del Verdadero Hombre, que no está sujeto a tradiciones o códigos morales. Para otros, sin embargo, la explicación es más bien comercial:
La década de los setenta sumergida en duro despertar del sueño hippie, supondría el descubrimiento de la figura del Diablo como un buen reclamo para aumentar las ventas de discos. Black Sabbath sería el primer grupo de rock de carácter claramente satánico. Su sonido tenebroso y su gusto por lo macabro darían origen al heavy metal, género de rock duro que reinaría en los primeros 80, y daría al satanismo el tratamiento más pobre—intelectualmente hablando—de toda la historia del rock, utilizándolo únicamente como parte de su imagen y como vehículo de lanzamiento comercial. (Jota Martínez Galiana, Satanismo y brujería en el rock. La Máscara, Valencia, 1997, pág. 12)

Así el cantante Ozzy Osboume de Black Sabbath, ahora protagonista con su familia de una famosa serie de televisión, parece la figura más oscura del rock, cuando en realidad dice que «es sólo una cosa del espectáculo, no es que seamos satanistas» (Steve Turner, Hungry for Heaven. Rock and roll and the search for redemption. Virgin, Londres, 1998, pág. 102). Alice Cooper, que toma su nombre de una bruja quemada en el siglo XVI (con la que supuestamente entra en contacto por medios espiritistas), no hablaba de satanismo, pero sus conciertos eran un verdadero espectáculo en el que hacía todo tipo de locuras en escena, desde enrollarse serpientes vivas alrededor de su cuerpo, hasta decapitar gallinas y muñecas de goma, simulando ejecuciones. Pero si Osbourne o Cooper estaban poseídos por algo entonces era por el alcohol.

Esta Patenre Paranoia
En 1990 dos adolescentes de un contexto problemático se suicidaron en EE.UU., acusando los padres a la música del grupo Judas Priest por supuestos mensajes subliminales grabados hacia atrás en sus discos. El juez los absolvió, pero Ozzy Osboume recibe entonces tres demandas alegando ser la causa directa del suicidio de otros tres jóvenes por una supuesta técnica que combinaba su sonido con determinadas frecuencias que hacían imposible al oyente resistirse al mensaje que la canción transmitía. Sus álbumes fueron quemados públicamente en círculos fundamentalistas, pero aunque el cantante ganó las tres querellas, todavía se encuentran estudios que pretenden relacionar el rock con la violencia por medio del ocultismo. Un autor alemán llega a decir que ciertos discos han pasado por ceremonias satánicas que han cargado negativamente el producto, por lo que pasan directamente al comprador y aquellos que los escuchan.

La Vieja Religión de la Nueva Era
Aunque el ocultismo es tan antiguo como el hombre, para poder entender históricamente este fenómeno tenemos que entender que sus raíces actuales no están en ese paganismo antiguo que ahora se invoca, sino en una reacción a la secularización de la sociedad occidental del siglo pasado. Ya que el mundo moderno no sólo ha sido conformado por el racionalismo ilustrado del siglo XVIII, sino también por un misticismo romántico que abarca desde el pensamiento esotérico hasta la teología contemporánea.

El siglo XIX las dudas sobre el cristianismo mantenidas desde hacía tiempo y las disputas sobre el rango institucional se intensificaron con el creciente prestigio y autoridad de las ciencias naturales y la complicación cada vez mayor de la exégesis bíblica. Mientrás la tecnología invadía el sentido sacramental de un mundo creado y sustentado por el poder divino, los estudiosos modernos en textología e historia, basándose en disciplinas tales como la filología y la etimología, desmitificaban la Biblia y humanizaban la figura del mismo Cristo. El cristianismo quedó reducido en consecuencia a poco más que una interesante historia tribal con una moral influyente, más o menos encarnada en las instituciones cristianas legales y políticas, jesús, en semejante contexto, no aparecía como el único Cristo, sino como un influyente maestro entre otros muchos, como Buda, Sócrates, Confucio, Manú y Lao Tse.
Debido a esto, los resurgimientos religiosos del siglo XIX tienen la tendencia a identificar la verdadera espiritualidad con el misticismo o el ocultismo: el conocimiento de la realidad definitiva experimentado como algo ajeno a las formas comunes de expresión. Era una manera de salvar lo espiritual de los efectos corruptores de las instituciones religiosas. Y si bien las iglesias establecidas declinaban, nunca fue más fuerte el interés por la religión» (Peter Washington, El mandril de Madame Blavatsky. Historia de la teosofía y del gurú occidental. Destino, Barcelona, 1995, págs. 22–23).

Es en esa época cuando surgen las principales sectas contemporáneas, con todo su milenarismo pero también su profunda espiritualidad. Es en ese sentido que podemos hablar de las sectas como «las cuentas impagadas de la Iglesia» (J. K. Van Baalen, Plagios de la religión cristiana. Clie, Tarrasa, 1996, pág. 365). El liberalismo teológico asumió el espíritu de la época en un falso optimismo y confianza en las infinitas posibilidades del ser humano guiado por la luz de su razón y su ideal. Y aunque el fundamentalismo a su vez, como reacción al modernismo intenta mantener las verdades tradicionales acerca de Dios, la Escritura, el ser humano y el mundo, se basa cada vez más en sentimientos, emociones e intuiciones que en la verdad revelada de la Escritura.

Lo cierto es que la sociedad moderna ha rechazado ambas alternativas, y ahora vivimos en una generación sedienta de experiencias. El hedonismo actual juega no sólo con el sexo y la droga, sino también con la magia y la espiritualidad. Tenemos una religión a la carta, sin exigencias ni compromisos, y sobre todo un amplio supermercado espiritual para elegir. El individuo se forma su propio credo, combinando aquello que más le interesa con lo que mejor le funciona. Pragmatismo e individualismo aparecen así unidos en una misma sed de poder espiritual que está en la base de todo pensamiento mágico.

¿Por qué revive el paganismo, y por qué ya no nos satisface el cristianismo, que es la religión establecida en occidente? Ninguna religión dura eternamente, y muchos ocultistas y astrólogos dirían que el cristianismo, con su veneración por el autosacrificio, fue la religión propia de la Era de Piscis. Ahora hemos entrado en la Era de Acuario, la era del humanismo. En esta era se descubrirá en todos los hombres y mujeres la divinidad, representada por el Dios y la Diosa; y no únicamente en un solo hombre perfecto, que murió hace muchos años. (Vivianne Crowley, La antigua religión en la nueva era. La brujería a examen. Arias Montano, Móstoles, 1991, pág. 22)

Si la modernidad coloca al hombre en el centro del universo, la postmodernidad está viviendo ahora sus consecuencias. El éxito y la autosatisfacción son lo más importante. El mundo parece girar alrededor nuestro, pero estamos profundamente desorientados. No tenemos modelos que nos digan cómo debemos y podemos ser. Lo que está bien para uno, no tiene por qué serlo para otro. Es lo que el psiquiatra suizo Paul Tournier llama «la tentación mágica» (Biblia y medicina. Andamio / Clie, Tarrasa, 1998, cap. XIV) la divinización de la criatura frente al Creador.
Nuestro sueño es tan antiguo como las primeras páginas de la Biblia, donde escuchamos la astuta voz de la serpiente prometiendo: «seréis como Dios» (Génesis 3). Es el espíritu mágico que acecha tanto a creyentes como a agnósticos, cristianos y paganos. A unos les produce miedo y terror, pero a otros un hambre increíble de ese poder y sus manifestaciones. Por eso cada vez más nuestro problema no va a ser tanto la incredulidad como los peligros de una fe ciega.

La propia Escritura plantea así el problema del hombre: el dilema no es tanto entre creer o no creer, sino entre la confianza en un ídolo y dios falso o el Dios vivo y verdadero. El hombre es idólatra por naturaleza, por lo que la religión humana es naturalmente pagana. La pregunta bíblica no es si Dios existe o no, sino en qué clase de dios creemos. El hecho es que adoramos y servimos todo tipo de cosas, ideas y personas, sobre todo a nosotros mismos, pero como dice la canción de Bob Dylan:
tienes que servir a alguien;
puede ser al diablo, o puede ser al Señor,
pero tienes que servir a alguien …

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